Zelotismo, discipulado o fariseísmo... ¿donde estás, Cristo?

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Esto no es un análisis bíblico profundo. Esto no es una guía a sus decisiones personales, que a usted le toca tomar solo ante Dios.

Esto es solo un desahogo, la opinión libre de una cristiana que busca de Dios tanto como todos, y que lucha con similares conflictos internos, en plena honestidad. Con la esperanza de que mi propio conflicto te impulse a hablar más con Dios sobre el tuyo.

Habiendo aclarado esto, he de decirlo, no es un facilismo quedarse en la opinión. Yendo al grano, ¿qué deben hacer, decir, pensar un cristiano honesto cuando ve las disímiles grabaciones de cubanos plantados a la puerta de otros cubanos, gritando groserías, insultos y agresiones que parecen salidas de lo más triste de los años setenta, simplemente porque alguien piensa diferente?

¿Qué debe hacer, decir, pensar un cristiano honesto, en medio de un debate nacional que rasga el velo de aparente tranquilidad y subyace tras el rostro de tantos compatriotas en estos días?

A la mente me vienen como resortes los versículos de siempre, “someterse a las autoridades”, “ser pacificadores”, “dar al César lo que es del César”, pero al mismo tiempo, y a la misma mente, me viene el pulso caliente de la sangre de Cristo vivo, un Cristo tan lleno de Gracia como de Verdad, que es más que letra fuera de contexto, que usó las palabras “víboras”, “hipócritas”, “sepulcros blanqueados” en la cara de los abusones poderosos, con la libertad de quien siente por los aplastados.

No hay escándalo por escándalo. No excusemos nuestras ansias de sumarnos a los ánimos circundantes en ningún pasaje que enarbolar como un capricho. Ayer, como hoy, fue tan tentador convertirse en zelote, y sabía tanto a justicia como hoy. Pero en tiempos más injustos y más violentos Dios priorizó (palabra de orden) trabajar por la salvación real y duradera. Tal vez esa es la clave, la prioridad. Que no se trate de obviar lo injusto, sino de priorizar el trabajo del evangelio, la liberación radical del espíritu, que todo lo cambia:

cuando Jesús podía haber comulgado con el zelotismo, con el ansia de liberación de los israelitas bajo el poderoso peso de una Roma sangrienta y brutal, priorizó, priorizó, priorizó (dedicó lo mejor de sus energías, tiempo y esfuerzos) el trabajo espiritual, la liberación duradera y completa, menos ruidosa, más real.

“Ah, no me salgas con esa, que es para esconderte", dirán todos. "Eso no es lo de hoy, lo que estamos viviendo.” Pero seamos claros. No es asunto de cobardías. ¿Era esa Roma menos triste y desesperante que cualquier contexto actual? No lo creo.

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Jesús podía haber evitado la persecución, el asesinato de los apóstoles, la sangre derramada de la iglesia misma, cuando coincidió en época y espacio con los conflictos políticos de pobres avasallados y poderosos corruptos y abusadores.

Jesús podía, con un simple mover de dedos, y debía, según muchos, haber librado a Israel de un poder político tan cruel, que traería tanta muerte, tanta injuria, que había clavado en el alma misma de Jerusalén monstruosidades tan absurdas como la muerte de los bebés de un año, bajo el mandato herodiano.

Jesús podía haberse desecho de todo el inmenso aparataje de injusticias que sometía a personas humildes, viudas, ancianos  mal alimentados y desdentados al pago de impuestos desgarradores e imposibles.

Jesús, el Todopoderoso Mesías, podía haber sacudido los cimientos agrios de un engranaje de poder y corrupción que hacía de los sacerdotes y funcionarios públicos las sanguijuelas de viejos e indefensos.

¿Quién que sea sincero no entiende la decepción de tantos hebreos cuando vieron que Jesús no hizo eso? ¿Quién no siente en su pulso el palpitar rebelde de aquellos zelotes, ávidos por espantarse de una vez de los lomos a los abusadores romanos y a los más perros israelitas romanizados y desvergonzados?

Qué cansancio, que tristeza, pesaba sobre las espaldas hebreas debajo de tantos años de exprimir su identidad y sus bolsillos en la más triste miseria. Qué deseo por aquel Mesías que aligerara la carga de un pueblo cansado.

¿Quién, que sea honesto, no entiende las expectativas sobre un salvador a caballo?

¿Por qué no lo hiciste, Jesús? ¿Por qué es hoy el dilema distinto que el de aquellos zelotes? ¿Tenemos hoy un camino diferente que la misma decisión de ser zelotes (justicieros políticos), discípulos (justicieros espirituales) o fariseos (injustos políticos y espirituales)?

¿Acaso no son las mismas tres opciones, en otro tiempo y espacio?

¿Qué decidió Jesús entonces?

¿Por qué no se siente suficiente esa decisión?

¿Por qué necesito torcer la Biblia buscando alguna revelación no vista, algún mensaje oculto que me muestre algo más propio de este tiempo y mi decisión?

Esté cada uno convencido ante Dios en su propio entendimiento.

Una cosa es clara: Jesús priorizó la misión liberadora del alma. Comprendió sus razones, pero no se fue a pelear por los zelotes, nada lo descentró de su labor de liberar espiritualmente, la verdadera salvación. Pero tampoco dijo que los impuestos eran justos, no se sentó a celebrar con los publicanos que siguieran pisoteando a los pobres, no comulgó con que abusaran de viudas y de humildes, y prometió con ira que la justicia de Dios veía todo.

Jesús sabía, Jesús sentía, Jesús sufría. Jesús alzó la voz para poner en palabras su dolor por los aplastados bajo la rueda dentada de un poder cruel.

Decido caminar la cuerda difícil del evangelio, por sobre todo. Decido priorizar la batalla que cambia libera las almas desde adentro.

Pero yo también sé. Yo también siento. Yo también sufro.

Yo también hablo.

Eso lo tengo claro.

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