“Día tras día continuaban unánimes…

y partiendo el pan en los hogares, comían juntos con alegría

y sencillez de corazón, alabando a Dios…”

(Hch. 2:46-47).

“y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien,

esto es, a los que conforme a su propósito […] son llamados”

(Romanos 8:28)

 

 

Cuando la iglesia comenzó a entender que debía expandir en todos los sentidos del reloj las buenas nuevas del Evangelio, puede que esto no haya sido solo la respuesta a un llamado de amor de Dios. La persecución de los primeros siglos más bien obligó a los que se consideraban Hijos de Dios a separarse, a huir, y llegar a allí donde de otro modo tal vez nunca hubieran acudido.

Esparcidos por territorios lejanos a sus hogares, los cristianos comenzaron a vivir la prueba de olvidar a Dios y sus hábitos de oración y crecimiento, o, por otro lado, aferrarse a Él y seguir reflejándolo en medio de poblaciones paganas, marcadas por ritos a veces sangrientos y la violencia de la vida del mundo.

Para los que asumieron el reto, las cosas no se pusieron siempre más fáciles. Perseguidos, discriminados o asesinados, muchos de los misioneros “involuntarios” hallaron la muerte en tierras lejanas, tras haber vivido la crisis de desarraigo propia del emigrante, y muchas veces sin que la respuesta a su oración fuera la salvación de sus verdugos.

Sin embargo, a partir de ese hecho de dispersión y dolor nació la enorme potencialidad de que la verdad llegara a cientos de nuevos lugares, y de ahí, se replicara —¿debo decir como un virus de amor?— a tierras insospechadas.

Crecía el cuerpo de Cristo para siempre. Caminaba Dios en todo el planeta pocos siglos después. Pero todo tuvo su origen en la durísima dispersión de la iglesia primitiva.

Eso lo sabemos con la certeza de quien se aprende una vieja fábula. “Sí, ya todos saben eso”, pensarán muchos lectores. Pero resulta un poco más difícil pensar en esa historia cuando atravesamos, como en la actualidad, por las crisis de “dispersión” que hoy nos azotan. Las preguntas sobre alguna voluntad de Dios emergen sin aparente respuesta.

¿Por qué permite Dios que algo como un virus que afecta a todos por igual aparezca, obligando a la iglesia a dejar de realizar sus encuentros, y a sus hijos a permanecer en casa? ¿Acaso Dios permite esto porque son los últimos tiempos? ¿Acaso porque necesitamos aprender algo? ¿O hacer algo distinto?…

Tal vez hay cosas que necesitamos recordar. Cosas que necesitamos dejar o poner en segundo lugar, o cosas que necesitamos aprender a hacer.

Los pasajes bíblicos que nos identifican como iglesia a las personas que han creído el evangelio y siguen a Cristo son numerosos (cf. Ef. 1:22-23, 2:19; 1 Co. 3:16,6:19, 12:13; 2 Co. 6:16; 1 Pe. 2:5). La Iglesia, algo que también sabemos de memoria, no son los muros, los megatemplos, ni las sistemáticas reuniones de domingos y viernes en la noche. tampoco es Iglesia cada uno de sus elementos por separado. Iglesia no es la Santa cena de una vez al mes, no es el bautismo celebrado con refrigerio después, ni es la costumbre de acudir al mismo sitio a hacer las mismas cosas.

Aunque todo eso podría ser contenido dentro de la iglesia. La verdadera iglesia seguimos siendo nosotros, si es que elegimos diariamente andar en la voluntad y los hechos del Espíritu, fructificando con acciones de amor, servicio, evangelismo… cada día.

Como comenta en el sitio Coalición por el evangelio el teólogo Fabio Rossi, “el hecho de que no podamos reunirnos en un edificio no significa que dejamos de ser la iglesia. Esta verdad nos ofrece un fundamento sólido para saber cómo podemos seguir siendo iglesia, incluso cuando no es posible reunirnos.”

Así que tal vez es hora de repensar cosas que hemos estado valorando demasiado y poner en su sitio otras que a veces hemos dejado de lado.

Tiempo de calidad con Dios

Si ya no hay que correr al trabajo cada mañana. Si no hay que llegar temprano al gimnasio ni a llevar a nuestros hijos a la escuela, puede que la primera reacción sea negativa. Lo normal, es que sicológicamente los tiempos de cambio y readaptación nos molesten. El ser humano es criatura de hábitos y desearía siempre seguir el mismo patrón sin interrupciones. Hasta que se da cuenta de que ese patrón, sin variaciones, puede afectarle o simplemente el cambio no está en su control.

Por eso el segundo paso del cambio es la adaptación. Cuando nos adaptamos a que tendremos que permanecer en casa, la mente se abre a nuevas oportunidades. Comenzamos a buscar libros que siempre quisimos leer, visitas virtuales a museos, proyectos que habíamos dejado en pausa, o asuntos pendientes que nos interesaban pero no hallaban espacio en la agenda.

Uno de esos asuntos que vergonzosamente aplazamos o acortamos es el tiempo de calidad con nuestros seres queridos, y con nuestro Dios.

De aplazar tiempos de calidad con Dios llegamos al extremo de desconocerlo, de volverlo un ente lejano e impersonal del que sabemos mucho sin hablarle o escucharle directamente.Y olvidamos incluso todo lo que se disfruta su compañía.

Por eso la cuarentena puede pasar de ser un incómodo cambio a ser el tiempo que Dios te permitió tener para crecimiento espiritual. Para descubrir de qué trata eso que tanto menciona La Biblia, pero descubrirlo por ti mismo: de qué trata deleitarse en Dios.

Puedes trazar un plan de oración especial, de ayunos, elegir un lugar de la casa donde decores a tu gusto para reencontrarte de un modo especial con tu Señor. Puedes poner todos los detalles que necesites para entrar en intimidad especial y abrir una nueva etapa. Buscar a Dios en persona está en tus genes, fuiste creado y comprado para eso, y una vez que rompas el hielo de la distancia, todo fluirá del lado correcto.

Te recomendamos hacer tus propios “rituales”, porque funcionan como motivadores para abrir nuevas etapas espirituales. Por ejemplo, no es lo mismo asumir que “oraremos más en la cuarentena”, que disponerte a “40 días de oración matutina para abrir un nuevo ciclo en tu vida espiritual”. ¿Ves la diferencia? Se trata de convertir verdaderamente la cuarentena en un retiro espiritual.

De seguro, no saldrás igual de esos tiempos de calidad.

Tiempos de lectura provechosa

Toda esa calma para dedicarte a deleitarte en la Biblia puede estar ahora llegando. Si eres de los que siempre leen el Nuevo testamento y cree que el Antiguo lleva más concentración, o tienes la nostalgia de lograr leer toda la biblia de nuevo, esta es la ocasión.

Separa conscientemente un espacio en el horario del día en que tengas menos interrupciones, y cumple a cabalidad. Entrar en el universo espiritual y cultural de la biblia es un regalo que se disfruta al máximo, y cada lectura es un recuerdo que nunca te deja.

También hay un sinnúmero de libros escritos por autores cristianos que echarán combustible a tu vida devocional si tan solo haces una lista digna (próximamente Maranata Cuba te ofrecerá una lista de lectura ara estos días de encierro provechoso).

Leer esos volúmenes que llevas almacenando en tu disco duro o tu teléfono sin renunciar a borrarlos es algo que ahora puedes comenzar como proyecto.

Incluso, si nos ponemos bien positivos, ¿por qué no habrías de comenzar a escribir tú mismo, si es que te interesara alguna vez?  Las posibilidades son múltiples.

Devocionales familiares

Si tienes la dicha de que tus seres queridos son, como tú, Hijos de Dios, es buen momento para dinamizar los devocionales en familia, porque ahora esos serán tus cultos o servicios, así que es tiempo de realizarlos con la mayor dedicación, con tiempos para diferentes funciones de la adoración a Dios.

Pero también es tiempo de esa comunión más sutil que es la que Dios diseñó para que viviéramos cada día. Servir a quienes viven con nosotros, contarnos anécdotas, testimonios personales, guardar en memoria instantes familiares que muchas veces no tenemos chance de concretar, como la sencillez de conversar de lo que nos gusta o preocupa, son también modos de compañerismo que podemos explotar durante la cuarentena.

Por favor, te rogamos incluir en tus oraciones especiales con sentida profundidad a las personas afectadas, sobre todo a aquellas que no tienen un hogar o que de alguna manera, son más vulnerables. Quienes han perdido un familiar, quienes no tienen economía para sostenerse en estos tiempos, o los enfermos. Esto no solo activará la respuesta de Dios, sino que te dará una perspectiva distinta de tu situación.

Películas y música cristianas

De tantas maneras de edificar tu vida en la cuarentena, las películas y la música inspiradora no son poca cosa.

Te proponemos en este enlace una lista de filmes que puedes encontrar gratuitamente en Internet y de estreno reciente, que han sido premiados o han tenido muy buena acogida en cines de todo el mundo, por sus mensajes motivadores. Igualmente, si prefieres no arriesgarte, e ir por las “viejas confiables”, en este enlace puedes hallar 40 títulos muy vistos del cine de tema cristiano.

Con respecto a la música, hay un sinfín de opciones que puedes copiar de algún punto audiovisual cuando aún están abiertos, antes de que se decrete el toque de queda que llegará pronto. O igualmente, algún hermano te la podría proporcionar. Puedes aprovechar para explorar nuevos intérpretes que no conocías, y saciar la curiosidad, en incluso actualizarte.

Llama para dar aliento

Tal vez no puedas tener la conectividad a Internet que tengan otros países, pero sí puedes llamar por teléfono a tus hermanos para infundirles esperanza y un poco de relajación.

No necesitas dar un discurso, tan solo llamar para conversar de cualquier cosa sencilla puede mantener vivo el compañerismo en tiempos de desasosiego. ponte al día con hermanos y amigos que hace rato no ves, e incluso con personas queridas que no son creyentes y necesitan tu palabra de ánimo.

Más que las palabras que digas, importará con qué actitud positiva les hables 😉

Lanzarse al valor

Imagen tomada de La Gaceta cristiana

En medio del brote en Wuhan, cuando ni siquiera se conocía bien el virus y los chinos sucumbían al pánico, un grupo de cristianos decidieron marcar la diferencia. Se apostaban en lugares púbicos armados solo de sus nasobucos y la presencia de Dios, y desde allí, regalaban a los escasos y asustados transeúntes mascarillas y mensajes cristianos.

Dejaron la seguridad del hogar para llevar el mensaje de esperanza a los más desesperados, y levantaron el Evangelio en medio del terror, mostrando su serenidad y su paz ante otros.

No sabemos si quienes vieron este gesto tomaron una decisión por Cristo, pero lo que sí sucedió es que el testimonio de sus hijos fue levantado, y la palabra de salvación fue más escuchada. A la vez, estos discípulos fueron fortalecidos en la fe como ningún culto de domingo podría haberlo hecho.

Desde Maranata Cuba no confundimos fe con imprudencia, ni alentamos a incumplir las reglas de prevención, pero sí te animamos a encontrar maneras seguras y sencillas de servir al evangelio en momentos en que más que nunca las personas necesitan aliento y paz, un mensaje de verdadera esperanza y una advertencia sobre los tiempos que corren.

Posibilidades de mostrar a Dios hay más que nunca, sobre todo, en el obsequio de máscaras que puedas hacer, si tienes habilidades con la costura, en el uso de redes sociales para dar mensajes breves, educados y certeros, y sobre todo, en tu propio comportamiento de serenidad y amor hacia otros.

Cultiva tu relación de pareja

Los mimos con más tiempo, la conversación más pausada, los cuentos que nunca logras compartir, ahora tienen chance. Actualízate con tu pareja sobre lo que sea que necesiten compartir, busca ideas sobre citas en casa, hagan cosas románticas, en su propio estilo de romanticismo, y hablen de proyectos y sueños a futuro.

Prepara programas y proyectos nuevos

Imagen tomada de Wikihow

Estando en casa puede surgir la chispa de organizar programas y actividades, si eres líder, o de soñar un nuevo camino si no eres responsable de nada pero deseas comenzar con algo. Incluso puedes pensar o repensar tu proyecto de vida.

Lee sobre ello, planea diseños de eso que te interesa, clases, encuentros, salidas, mensajes… lo que sea, puede encontrar el silencio inspirador en este intervalo sin salir del hogar. Puedes también adelantar trabajo de mesa que en otros tiempos es muy difícil preparar.

Valorar la vida

Nunca es más valioso un paseo por el parque, de la mano de quien amamos, que cuando no podemos realizarlo. Jamás valoraremos tanto sentir un árbol a nuestro lado, o entrar a un café con un buen amigo, que ahora que no podremos hacerlo. Y en lugar de quejarnos por ello, la idea es que sepas agradecer a Dios por cada ocasión en que has hecho algo así sin siquiera notar que era una bendición o un privilegio.

Agradezcamos, si es preciso en una lista escrita, o verbalizando ante los que nos acompañan, cada cosa buena que hemos podido hacer gracias a Dios. Cada visita a un hermano, cada reunión de alabanza, cada fiesta de un amigo, cada concierto o paseo a la playa en un grupo… todo eso fue siempre una bendición muy poco valorada. y cuando lo recobremos, de seguro habrá que dar las mejores acciones de gracias a Dios, y habrá que pedir perdón por caminar tan apurados sin detenerse en los pequeños placeres de una flor diseñada para ti, o de un grupo de niños que corretea muy cerca y de ese murmullo de alegría que circunda un cine cuando los enamorados esperan para entrar .

Recientemente se hacía viral un mensaje de la sicóloga italiana Francesca Morelli, en el que pedía a la humanidad dejar de buscar culpables y concentrarse en hallar el aprendizaje de esta experiencia pandémica. La doctora, sin conocer a Dios, apela a un “universo” que supuestamente pone en orden algunas cosas. Por momentos, insinúa que somos culpables pagando su culpa. Pero en el Espíritu, dejando de lado sus imprecisiones, tal vez podríamos aprovechar de su mensaje ese deseo de agradecer y aprender, que los cristianos deberíamos tener más que ningún otro grupo humano.

En una era en la que el cambio climático está llegando a niveles preocupantes por los desastres naturales que se están sucediendo, a China en primer lugar y a otros tantos países a continuación, se les obliga al bloqueo; la economía se colapsa, pero la contaminación baja de manera considerable. La calidad del aire que respiramos mejora, usamos mascarillas, pero no obstante seguimos respirando…
En un momento histórico en el que ciertas políticas e ideologías discriminatorias, con  fuertes reclamos a un pasado vergonzoso, están resurgiendo en todo el mundo, aparece un virus que nos hace experimentar que, en un cerrar de ojos, podemos convertirnos en los discriminados, aquéllos a los que no se les permite cruzar la frontera, aquéllos que transmiten enfermedades. Aún no teniendo ninguna culpa, aún siendo de raza blanca, occidentales y con todo tipo de lujos económicos a nuestro alcance.
En una sociedad que se basa en la productividad y el consumo, en la que todos corremos 14 horas al día persiguiendo no se sabe muy bien qué, sin  descanso, sin pausa, de repente se nos impone un parón forzado. Quietecitos, en casa, día tras día. A contar las horas de un tiempo al que le hemos perdido el valor, si acaso éste no se mide en retribución de algún tipo o en dinero. ¿Acaso sabemos todavía cómo usar nuestro tiempo sin un fin específico?
En una época en la que la crianza de los hijos, por razones mayores, se delega a menudo a otras figuras e instituciones, el Coronavirus obliga a cerrar escuelas y nos fuerza a buscar soluciones alternativas, a volver a poner a papá y mamá junto a los propios hijos. Nos obliga a volver a ser familia.
En una dimensión en la que las relaciones interpersonales, la comunicación, la socialización, se realiza en el (no)espacio virtual, de las redes sociales, dándonos la falsa ilusión de cercanía, este virus nos quita la verdadera cercanía, la real: que nadie se toque, se bese, se abrace, todo se debe de hacer a distancia, en la frialdad de la ausencia de contacto. ¿Cuánto hemos dado por descontado estos gestos y su significado?
En una fase social en la que pensar en uno mismo se ha vuelto la norma, este virus nos manda un mensaje claro: la única manera de salir de esta es hacer piña, hacer resurgir en nosotros el sentimiento de ayuda al prójimo, de pertenencia a un colectivo, de ser parte de algo mayor sobre lo que ser responsables y que ello a su vez se responsabilice para con nosotros. La corresponsabilidad: sentir que de tus acciones depende la suerte de los que te rodean, y que tú dependes de ellos.
Dejemos de buscar culpables o de preguntarnos por qué ha pasado esto, y empecemos a pensar en qué podemos aprender de todo ello. Todos tenemos mucho sobre lo que reflexionar y esforzarnos. Con el universo y sus leyes parece que la humanidad ya esté bastante en deuda y que nos lo esté viniendo a explicar esta epidemia, a caro precio.

Habría que añadir solamente a sus palabras. Aprovecha esta pausa vital para lo más deleitoso: en tiempos en que no sabemos cuánto quede en esta Tierra, no lo pospongas más, ten una cita con Dios.