Amamos al Dios de los milagros y sus señales. Amamos el momento en que Dios sana justo delante de nosotros pese a una oración tibia. El libro de Hechos. El tiempo de los testimonios en la iglesia porque es la mano misma de Dios obrando. Amamos el momento en que un alma confiesa «ahora sí creo», con los ojos muy abiertos. O el momento en que una cárcel es convertida totalmente a Cristo.

Es ese momento de la señal viva, el minuto levísimo en que una persona abre los ojos internos y la señal llega, cuando notamos, lejos de rutinas y frases aprendidas, que en efecto hemos creído a un Dios más vivo que nosotros mismos.

Eso es precisamente la cárcel San Francisco de Gotero, en El Salvador. O quizás deberíamos decir la iglesia, porque es el lugar en que 1 600 reos, expandilleros de los peligrosos maras, con sus caras tatuadas por una vida de violencia, han recibido a Jesucristo para cambiar para siempre el escenario.

El Salvador es, según datos de la ONU en 2016, el país más violento del mundo

Desde agosto del pasado año la historia había comenzado a atraer la atención de medios internacionales, y hace poco el diario español El País, uno de los más prestigiosos en temas de actualidad y cultura, ha dedicado un especial que ha hecho resonar la historia de estos seguidores de Cristo.

Tatuajes en el alma

El artículo publicado en El País habla de algunos de los hechos del pasado de estos nuevos cristianos.

«En esta cárcel hay algunos presos que han participado en las más horribles matanzas de los últimos años. Entre ellas la del municipio de Opico, en abril de 2016, cuando un grupo de pandilleros de la 18-R llegó en busca de miembros de la pandilla contraria.

«Al no hallarlos, se cebaron con ocho empleados de una compañía eléctrica y tres jornaleros que pasaban por allí. Primero dispararon contra uno de ellos, luego desnucaron a otro, ametrallaron al resto y los remataron a machetazos. Mientras, uno de ellos grababa entre risas con su teléfono la escabechina.

«O la matanza en un microbús en la colonia Jardín de Mejicanos, en 2010, en la que un grupo de pandilleros quemó vivos a 17 personas dentro del vehículo que rociaron de combustible y al que cerraron las puertas para impedir que escaparan. El que logró salir fue tiroteado.»

Estas son las imágenes que suelen tener las pandillas, o maras, en El Salvador. Foto: Tomada de La Noticia SV

Así lucen ahora los expandilleros convertidos a Cristo cuando se reúnen a orar juntos y a adorar. Foto: Tomada de El País

Mara Salvatrucha (MS-13), 18-Sureños y 18-Revolucionarios son las tres pandillas en las que estos cientos de jóvenes faltos de amor, y con familias disfuncionales, creyeron haber hallado el lugar al que pertenecer.

Las maras les ofrecían una ilusión de grupo y orden. Pero eso no duraría demasiado. Y la factura llegaba.

De allí salieron tatuados no solo en la piel, sino arrastrando una condena penal y otra, más pesada, de espíritus cansados.

Por eso el pastor Manuel Rivera pudo mirarles a la cara, donde se vieron reflejados con sus mismos tatuajes, para darles un mensaje diferente.

Esta vez venían a hablarles de un amor realmente permanente: un Dios que les buscaba desesperadamente, y que había muerto por cada uno de ellos.

De gritos a cánticos

«La tranquilidad llegó a esta prisión gracias a la Biblia y a los pastores», le cuenta un carcelero a la periodista española. En esta iglesia disfrazada de cárcel todos ordenan, limpian, alaban, oran, y se respira paz y hermandad auténticas.

Entre los testimonios de los cristianos, también hay muchos que asombran por lo violento del pasado que se deja atrás: «Me di cuenta de que estaba matando y defendiendo calles que no eran mías, sino de Cristo», dice Jorge Stanley, de 27 años, condenado a 97 años de cárcel por «homicidios, extorsión, robo con violencia…».

La cárcel-iglesia sigue dando de qué hablar. Los medios suelen retratarla como un sitio intrigante por su historia, y reconocen la labor del pastor como si de dos días de trabajo se tratara.

Pero detrás de esta conversión completa y maravillosa, hay un trabajo en oración desde 2015, y por supuesto, un Dios que se mueve de maneras asombrosas.