Héctor Campos

Aveces andamos por la vida como cazadores de milagros, buscando una señal que nos revele la beatitud de Dios; perdemos tiempo escrudiñando de un lado para otro y no nos damos cuenta de que lo que realmente necesitamos está al alcance de una oración. A veces buscamos en ostentosidades la bendición del cielo, olvidando que en las cosas simples, como en una grano de mostaza, puede florecer la fe suficiente para echar abajo todas nuestras montañas. Hoy conocí a un hombre que me hizo pensar en la importancia de la sencillez, de las aparentes “pequeñeces”, un hombre que me enseñó a mirar los obstáculos no como frenos, sino como trampolines.

Héctor Campos es un pastor costarricense de unos 37 años, viaja a Cuba para compartir con los jóvenes, animarlos y bendecirles. La pasión de los jóvenes cubanos por Dios es lo que me mueve a venir cada año –me dice-, y una sonrisa se le asoma por el rostro, hoy muy feliz, pero hace algún tiempo, su vida se hundía por minutos en el lodo más oscuro del pecado.

“Nací en un hogar cristiano, toda mi familia lo era, eso -de cierta forma-, me limitaba a hacer cosas que los demás hacían. A los trece años tuve un encuentro personal con Jesucristo, donde le dije: Señor yo quiero seguirte, quiero servirte, quiero ir a las naciones. Esa fue mi petición en ese momento, en medio de un mensaje en el que Dios estaba llamando personas a servirle.

Pero poco a poco me fui metiendo en las cosas típicas de la juventud, con mujeres, drogas, alcohol, violencia, música de todo tipo y, aunque continuaba asistiendo a la iglesia, el mundo me arrastraba más y más. Incluso, era, hipócritamente, líder de jóvenes, mientras consumía drogas a escondidas. Tenía a Dios en el corazón y no podía continuar con ambas cosas, así que, tontamente, abandoné la iglesia para seguir las drogas.”

Así comienza a contarme su historia este pastor “diferente” que una vez tuvo el pelo largo, de semblante noble y palabra dulce, de sonrisa sincera y lágrimas apasionadas. “Ingresé a la universidad –continúa-, y me dediqué a disfrutar, como quien dice, de la vida loca y aquellos vicios que venía arrastrando se intensificaron. Sin embargo, una madre que siempre ora es una gran bendición para cualquier familia. Mi mamá es una mujer de oración y siempre me puso, junto a mis hermanos, en sus plegarias a Dios.

Me iba bien los estudios, era “buena gente” en la casa, pero en la calle era otra cosa. Sabía que lo que hacía estaba mal, porque tenía conocimiento de la palabra de Dios y constantemente afrontaba crisis internas en las que me preguntaba por qué continuaba con aquello que no estaba bien delante del Señor, sin embargo no podía dejarlo porque me gustaba.”

A este hombre, hoy pastor de misiones de la iglesia Vida Abundante, de la provincia de Heredia, el Señor lo rescató de la forma más artística posible; cuando parecía que se perdía para siempre en la maldad, Jesús le demostró que no es un dios encasillado entre las cuatro paredes de un templo, juzgando a los demás por su parecer y le tocó el corazón de una manera bastante peculiar.

“Estaba lejos de la iglesia, pero me reunía con algunos amigos cristianos, quienes un día me invitaron a un teatro que radicaba en mi provincia, Heredia. Aquello me asustó un poco, no sabía de qué manera podría funcionar un teatro cristiano, pero fui a verlo porque me fascina mucho este arte. La obra me encantó, la disfruté; tenía poco tiempo de fundado ese lugar, conversé con el líder principal, a quien ya conocía; fuimos juntos al colegio, nos habíamos visto en la iglesia, etc. Hablé con él y le dije que me gustaría estar ahí y me quedé.

La universidad fue un desierto espiritual para mí, ya estaba a punto de graduarme y pensé que el teatro me encaminaría otra vez. Efectivamente, comencé a buscar de Dios, a utilizar mis dones artísticos actuando, haciendo comedia; era un teatro diferente, en que se llevaba la palabra de Dios, no era religioso, pero siempre hablaban de Cristo. Se veían manos levantadas, compromisos, eso me empezó a gustar y sentí que era lo que quería del cristianismo. No me imaginaba vivir encerrado en iglesias, entre cuatro paredes. Llegué a ser director artístico del teatro, después fui director general y ahí fue cuando comencé a crecer de verdad. Decidimos hacer un teatro en la ciudad, donde la gente anda buscando algo que hacer. Si un joven busca algo para hacer, normalmente lo que encontrará será un bar o una discoteca, entonces decidimos hacer un teatro que hiciera competencia a todas esas cosas, un lugar donde los jóvenes van, se divierten y al final, siempre, se les habla de Cristo. Hacemos números de teatro, danzas, monólogos y circo, vamos a diferentes lugares del país y fuera de este también. “

“Pasado un tiempo el pastor Rudy Corea, quien también trabajaba conmigo en el teatro, me pidió ayuda para fundar una iglesia, le respondí que sí y fundamos una iglesia también. A partir de ese momento he experimentado un crecimiento increíble en los últimos catorce años.”

Pero una gran tempestad se le avecinó a Héctor Campos, una para la que no estaba preparado, un capítulo repentino que nunca concibió en el guion de su vida y que puso a prueba, no solo su ministerio, sino su fe en aquel que tiene preparado, para quienes le aman, un final feliz.

“Mi esposa es fundadora del teatro en el cual trabajábamos, yo llegué un año después de creado, hicimos una amistad bonita, la profundizamos y nos casamos, tuvimos un tiempo lindo. Ninguno de los dos queríamos hijos entonces, estábamos en la misma línea, en ese sentido. A los seis años de casados decidimos que era tiempo de disfrutar algo juntos y que podríamos analizar ser padres. En ese momento ella deja las pastillas, pero presentó una alergia en su cabeza. Trabajaba en un lugar donde tenía un seguro médico que le cubría cualquiera tipo de tratamiento, así que fue a atenderse la alergia. Cuando el médico la diagnosticó –de hecho fue un médico cubano-, le dijo que no le parecía que fuera normal, que no era una alergia de la nada. Fue sometida a varios exámenes y aparecieron algunas pelotitas, le hicieron placas, ultrasonidos y una incisión para extraer una muestra.

“El resultado demostró que tenía cáncer, un Linfoma de Hodgkin, ella tenía apenas veintinueve años. Fue un golpe muy duro para ambos, sobre todo porque yo era pastor, me golpeó mucho espiritual y emocionalmente. Mi trabajo era visitar enfermos, darles ánimo a ellos y a su familia, pero en ese momento era yo el afectado y la persona que Dios me había dado. Me pelee con Dios un par de meses, en los que le preguntaba “¿si yo te sirvo por qué me haces esto?” Fueron meses muy duros, empezamos quimioterapia, radioterapia. Fue un año complicado. Un día se sentía muy mal, con un dolor muy fuerte, se salió de la cama y me dijo, llorando, que quería morirse, pero que no quería ser tan egoísta y que no se moría sólo por mí, le pedí que acudiéramos a Dios para que Él hiciera algo, que si tenía que llevársela yo daba el paso de fe, porque la amaba tanto que no quería verla sufrir.

“Oramos juntos y le dije “Dios yo sé que tú sanas y lo haces de forma milagrosa y sanas cuando llamas a tu presencia, porque dice tu palabra que en ella no habrá llanto ni dolor”, mi esposa iba a ser sana en cualquier momento, ya sea aquí en la tierra de una forma milagrosa o allá en el cielo. Oramos así y luego nos quedamos dormidos. Al otro día fue a su sesión de quimioterapia y fue raro porque no se sentía mal, pasaron los días y no se sentía nada, le faltaban tres quimioterapias, las hicimos pero no tenían efecto, ya no se sentía nada, le hicieron análisis para ver su progreso y estaba totalmente limpia, sin cáncer. Aun así decidieron hacerle radioterapia para descartar cualquier indicio. Precisamente en esa fecha nos habían invitado a participar en un evento en Cuba y como ella no podría venir, pues yo tampoco quería, iba a quedarme a su lado pero me lo negó, dijo que alguien tenía que venir a testificar lo que Dios había hecho con nosotros, fue un tiempo estupendo. Dios la ha sanado, intentamos tener hijos, pero por ahora no se puede, esperamos que ocurra más adelante porque Dios tiene el control y el tiempo es de Él.”

Con una muestra tan extraordinaria de amor y poder, a Héctor Campos no le fue difícil renunciar a su profesión de Ingeniero Agrónomo, algo que en su contexto significaba ser un hombre exitoso y con mucho dinero. Prefirió ofrecer su vida al servicio al Señor y ha sido de bendición a miles de jóvenes cubanos.

“Es increíble cómo viven el evangelio los jóvenes en Cuba. Me motiva la transformación constante que hay en ellos, una juventud apasionada, con hambre de Dios, de su palabra, una juventud que sale de las iglesias a alcanzar a otros. Poder ser parte de eso me impacta. Yo siempre he dicho que en el lodo cenagoso del que Dios me sacó, quedó mucha gente y no puedo quedarme callado, sabiendo que ellos mueren en medio de eso lodo. Si Dios me pudo salvar a mí, creo que puede salvar a cualquiera.”

Le pido un último favor, que le envíe un mensaje a través de las páginas de Maranata a la juventud cubana. Le digo que no debe estar triste, que Dios no le ha regalado hijos biológicos, pero que en Cuba tiene muchos hijos espirituales. A Héctor se le enjugan los ojos, me disculpo por hacerlo llorar, me da un abrazo y pronuncia el agradecimiento más profundo que he escuchado jamás; se seca las lágrimas y dice: “Dios los puso aquí para algo, no están aquí en vano, Él los hizo y tiene un propósito grande. Creo que esta generación va a ver ese propósito, ese avivamiento que Dios está dando a esta isla. Sigan adelante, que los obstáculos no son frenos, sino trampolines, úsenlos para brincar más alto, para llegar a donde Dios los quiere llevar.”

Fotografía: Ernesto Herrera Pelegrino

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