Durante mi vida he conocido a cientos de personas que proclaman ser cristianos, auténticos seguidores de Jesús. Ya sean bautistas, pentecostales o protestantes en general. También pastores, cantantes o alguna otra cosa.  Y la verdad es que la mayoría de ellos me han hablado con cierta manifestación de orgullo en su voz. Me da la impresión que mucha gente que está dentro de las iglesias no han entendido que lo que son, lo son por la gracia de Dios y nada más.

En lo personal nunca he reclamado pertenecer o tal o mas cual iglesia ─no digo que este mal ser miembro de una determinada iglesia, de hecho, es algo bueno─, pues  creo que todas las iglesias ─hablo de iglesias evangélicas que creen en la inspiración e inerrancia de las Escrituras y los dogmas centrales del evangelio─  tienen sus cosas buenas y sus puntos débiles.

Están constituidas por seres humanos y sobran los comentarios, es evidente que ninguna es perfecta. Es por eso que nunca me he aferrado a idolatrar tal o mas cual denominación como hacen muchos. Por ello, en primer lugar siempre he declarado ser un servidor de Cristo, un adorador de Jesús porque trato de vivir para él y glorificarle en todo lo que hago. Aunque sé que estoy muy lejos de ser perfecto.

Adorar es algo maravilloso. Levantar nuestras manos en señal de dependencia y sentir seguridad. Cantar coros para su gloria, sentir la unción del Espíritu Santo cayendo sobre uno y sentir tan cerca al Dios vivo, es algo hermoso. Pero estamos gravemente equivocados si creemos que solo eso es adoración.  Que solo eso es adorar al Dios vivo.

La adoración en el sentido tradicional ─hago esta distinción porque popularmente en las iglesias cuando se habla de adoración es para referirse a esa concepción─ es algo bueno para el adorador y forma parte de la adoración que Dios recibe con agrado, pero solo es una pequeña porción de ella. Hay otras cosas importantes que Dios quiere que hagamos y no simplemente que estemos dentro de los templos cantando y levantando “manos santas”. Dios quiere que vayamos a los campos y tomemos parte en la cosecha de las almas.

El objetivo final de Dios es salvar a los pecadores del infierno para que estos le adoren eternamente. Entonces, no podemos tomar parte en esa empresa si estamos todo el tiempo encerrados en la iglesia con nuestros hermosos programas. Para esta labor se requieren personas que ofrezcan más que adoración tradicional y oraciones dentro de un templo. Se necesitan personas dispuestas a utilizar su dinero y recursos. Personas dispuestas a derramar lágrimas debido a las tribulaciones y decepciones. Personas dispuestas a cargar con burlas, rechazo y maltratos. Personas dispuestas a enfrentar oposición. Resumiendo, personas cuya adoración no se limite a cantos y manos levantadas dentro de los templos. Y lamentablemente no hay muchos de ellos hoy día en las iglesias, ni siquiera en aquellas que presumen de sus enormes membrecías.

Hace muchos años ya decidí convertirme en unas de esas personas con la Gracia y ayuda de Dios. Pero entendí que no es fácil, no se trataba de diversión, pero es algo necesario. Cuando era joven no tenía la más mínima idea que mi vida tomaría este camino.

¿Sabías que las almas salvadas son la recompensa de Cristo por su sufrimiento en la cruz? Lo antes dicho es cierto, aquí te muestro un asombroso pasaje de las escrituras. Estos son versos proféticos del libro Isaías relacionados con una conversación entre Jesús y el Padre, apunta a Jesús. Jesús aun no había nacido por lo que es un verso profético, dice así:

Pero yo dije: por demás he trabajado, en vano y sin provecho he consumido mis fuerzas; pero mi causa está delante de Jehová y mi recompensa con mi Dios. Ahora pues, dice Jehová, el que me formó desde el vientre para ser su siervo, para hacer volver a él a Jacob y para congregarle a Israel (porque estimado seré en los ojos de Jehová, y el Dios mío será mi fortaleza); dice: poco es para mí que tú seas mi siervo para levantar las tribus de Jacob, y para que restaures el remanente de Israel; también te di por luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta lo postrero de la tierra (Is 49: 4-6).

El gran misionero Rheinland Bonnke siempre decía: “el trabajo misionero es siempre una actitud de agradecimiento por el calvario” y tenía razón sobre eso. Estoy bien lejos de ser perfecto pero he aprendido con el tiempo a tratar con las personas y a vencer fortalezas, a manejar decepciones y seguir siempre adelante sin retroceder. También aprendí que sería un objetivo claro de las fuerzas del infierno al rescatar las almas del infierno y que me he involucrado en una guerra que durará toda mi vida en esta tierra. Pero gracias a Dios, en su amado hijo Jesucristo podemos vencer cualquier dificultad. Pero las cicatrices de la batalla son inevitables.

¿Estamos dispuestos a mostrar nuestras cicatrices por causa del evangelio  con la frente en alto? ¡Ellas son nuestros trofeos cuando vayamos a casa con Jesús! Escucha, ¿Por qué es conocido más Jesús? ¿Por su predicación, caminar por encima del agua, sanar enfermos, echar fuera demonios? ¡Jesús es más conocido por sus cicatrices! Y al igual que Jesús nosotros seremos conocidos en los cielos por nuestras cicatrices adquiridas en nuestras luchas por el avance del reino de Dios en esta tierra. Tenlo por seguro que es así. Lo más glorioso es que nunca nos rindamos y sigamos caminando hacia adelante por fe.

Mis queridos hermanos y hermanas. Les pido que nunca se rindan y permanezcan al lado de Cristo. He tenido ciertos momentos en mi vida donde he querido rendirme, pero no lo he hecho porque Dios siempre me ha dado el poder para no detenerme. Simplemente no puedo rendirme  y abandonar la tarea que Dios me ha encomendado. He visto muchas veces la mano de Dios en mi vida de modo que nunca renunciaré, no puedo hacerlo.

Podemos tener momentos de debilidad, podemos tener momentos donde queramos descansar, pero debemos volver a la pelea y cumplir nuestro llamado. No nos conformemos con darle solo a Jesús pequeñas propinas de oración, démosle una adoración verdadera y completa y eso es algo que cuesta sacrificio y entrega a un alto nivel de compromiso. En el proceso podemos ser heridos y lastimados pero es importante que lo hagamos. Tomemos nuestra cruz y sigamos las pisadas de Jesús y vivamos un cristianismo vivo y auténtico que construya el reino de Dios en el corazón de los hombres sin importar el costo. Digamos: aquí estoy Señor, envíame a mí.