Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mi, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque  todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mi, la hallará (Mt 16:24-25).

Cuando empezamos a leer el evangelio de Juan en el capítulo uno, encontramos una de las verdades más enigmáticas que se nos presenta en toda la Biblia: la encarnación de Cristo. El versículo uno nos dice que el Verbo ─palabra, en otras versiones─ estaba en el principio con Dios y que el verbo era Dios. Luego en el versículo catorce nos dice que este Verbo se hizo carne y habitó entre los hombres. ¡He aquí el misterio de la encarnación!

Jesús caminó sobre esta tierra como un hombre completo, pero también, con la plenitud de la deidad, Dios mismo. No era Dios con un revestimiento humano como si fuera un poco de maquillaje. Él fue realmente un hombre de carne y hueso, pero Dios mismo a la vez. Un misterio que nuestras mentes finitas no podrán descifrar jamás de este lado de la eternidad.

Podemos observar que durante su ministerio Jesús llamó a las personas a que le siguieran y caminaran junto a él. Mientras caminó en forma humana por la Tierra este llamado al seguimiento fue obedecido por muchos con el acto físico de poner sus pisadas en tierra y caminar tras él siendo parte de su equipo de viaje. Pero Jesús estaba consciente de que no siempre estaría en la tierra para tener seguidores en este sentido físico (Jn 16: 5,7).

Por lo tanto, la demanda de seguirle no era solo pertinente para las personas de aquellos días mientras él estaba en esta Tierra, sino para las personas de todos los tiempos. No solo debían seguirle aquellos que tuvieron la oportunidad de caminar físicamente junto al Dios-encarnado, también debemos hacerlo nosotros hoy. Hasta que Jesús regrese, él espera que nosotros sus discípulos aquí en la Tierra le sigamos.

Ha quedado claro el punto de que nosotros hoy día también debemos seguirle, ¿pero que significaron esas palabras tanto entonces como ahora?

Ciertamente este mandato implica abandonar el control de nuestras vidas y someternos a su autoridad. Cuando escucho hablar de este llamado generalmente los creyentes hacen esta observación y aunque es correcta no es lo único que implica este llamado.

Tomar nuestra cruz y seguirle también implica que debemos unirnos a él en lo que él fue enviado hacer. Cuando Jesús dijo a Pedro y a Andrés: síganme y los convertiré en pescadores de hombre (Mr 1:17), no estaba haciendo un llamado al evangelismo profesional de elite, estaba utilizando una imaginería que ellos pudieran entender y se aplica a todo aquel que sigue a Cristo. Esta demanda exige que todo aquel que sigue a Jesús también debe participar de la labor que él vino a realizar, y lo que él vino a realizar nos los dice repetidamente. Veamos algunos ejemplos en las escrituras:

Porque el hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos (Mr 10:45).

Porque el hijo del hombre vino a buscar y  salvar lo que se había perdido (Lc 19:10).

No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento (Lc 5:32).

El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia (Jn 10:10).

Cristo vino a morir por los pecadores, a salvarlos de sus pecados y darles vida eterna y un nuevo propósito por el cual vivir: la gloria de Dios. El que sigue a Jesús está llamado a ser un instrumento en las manos de Dios para que los pecadores vengan a Cristo. Eso no es solo tarea de los “evangelistas profesionales”.

Tomar nuestra cruz y seguirle también implica participar del sufrimiento. Ser colaboradores en la tarea que él vino a realizar implica compartir sus sufrimientos. Debemos tener presente que Jesús siempre enfatizó esta cuestión cuando llamaba a los personas a seguirle. Él sabía que se dirigía hacia la cruz y demanda que nosotros hagamos lo mismo.

Una vez cumplido el tiempo, Jesús afirmó su rostro para ir a Jerusalén sabiendo exactamente lo que le pasaría en aquel lugar (Mr 10: 33-44). Pero Jesús también  sabía que aquellos que le siguieran serían partícipes de ese dolor y sufrimiento (Jn 15:20). Es por eso que debemos entender que la condición a toda prueba en su demanda de seguirle es estar dispuestos a sufrir junto a él.

El énfasis está en negarnos a nosotros mismos y llevar nuestra cruz. Y la cruz significaba una sola cosa en aquel tiempo: muerte. Debemos morir al yo egocéntrico y estar dispuestos a participar de los sufrimientos de la cruz cuando llegue el momento y tengamos por seguro que dicho sufrimiento llegará. No todos los experimentaremos de la misma forma y con la misma intensidad, pero todos sufriremos en algún momento por causa de seguir  a Cristo fielmente.

 

¿Qué significa todo esto en la práctica para nosotros, en nuestro día a día?

Imagen de Michael Belk tomada de Protestante Digital

Está claro que a nuestras vidas vendrán pruebas y tribulaciones. Y vendrán en muchas ocasiones directamente a causa de nuestra proclamación del mensaje de la cruz. ¿Pero cómo debemos comportarnos en medio de los agravios y el sufrimiento? Debemos recordar que Jesús no murió para hacer nuestra vida más fácil o próspera ─el mensaje de la teología de la prosperidad es muy llamativo, pero simplemente ofrece lo que satanás le ofreció a Jesús en el desierto.

Jesús murió para salvarnos del pecado que nos condenaba y nos separaba de Dios. Ciertamente bendiciones de todo tipo pueden llegar a nuestras vidas concedidas por su divina providencia, pero lo que la teología de la prosperidad presenta es una aberración antibíblica promovida por lobos disfrazados de ovejas ─en algunos casos ya ni siquiera usan el disfraz, la gente es tan ignorante de la Biblia que no les hace falta. Jesús dio su vida para eliminar todos los obstáculos que nos impedían tener gozo y deleite en Dios.

Algo que nos ayudará a no perder ese gozo es recordar que el sufrimiento es temporal, pero nuestro deleite en él será para siempre. El sufrimiento siempre estará presente en esta vida de una forma u otra, pero Jesús no nos llama a sufrir eternamente:

Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse (Ro 8:18).

Ningún sufrimiento que tengamos pasar en esta vida puede compararse con el gozo que brota de andar en la luz con Jesús:

Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida (Jn 8:12).

Mis queridos hermanos, nuestro señor Jesús nos ha prometido estar siempre a nuestro lado, no importa cuán dura y difícil sea la situación:

He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amen (Mt 28:20b).

Dios te bendiga.