Aunque ande en valle de sombra de muerte,

 No temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo;

Tu vara y tu cayado me infundirán aliento.

Sal 23:4

Cualquier proceso por el que valga la pena pasar

se volverá más difícil antes de que sea más fácil,

eso hace que aprender sea un regalo

aunque tu maestro sea el dolor.

Todo marchaba bien. Al menos eso parecía, pero un día la bomba estalló. Repentinamente todo se vino abajo. Ya no había remedio, por más que lo intentó no fue posible hallarle una solución. De pronto se vio preguntándose. ¿Qué pasó? ¿Cómo llegó a esto? ¿Qué hizo mal? ¿Qué le faltó? ¿Por qué a él? ¿Dónde estaba Dios?

Estaba desconcertado, un vacío insoportable le embargó como una camisa de fuerza irrompible, los pensamientos corrían involuntariamente una y otra vez al mismo monólogo insoportable de reflexión y esa sensación dolorosa de fría soledad, que invitaba a pedir: “basta ya, quítame la vida…”

Cuántas veces hemos escuchado esta historia, o peor cuántas veces hemos sido los protagonistas sorprendidos, desesperados y desorientados, sin una solución. Experimentamos el andar en el valle de sombra de muerte, y luego ese terrible sentimiento de que Dios no está con nosotros, creemos que no puede estarlo porque de lo contrario no experimentaríamos lo que estamos viviendo o es que no le importa nuestro sufrimiento.

Las promesas y las enseñanzas bíblicas fallan en inspirarnos, animarnos, en darnos el optimismo que deseamos experimentar en tales circunstancias. Todo parecen ilusiones, falacias de fanáticos, nuestra mente acostumbrada a los textos insignes del “triunfalismo”, y que tantas veces empleamos para animar a los que estaban en tal condición, comienzan a tener otro sabor y en su lugar evocamos los pasajes de la teología del “fatalismo”: en el mundo tendréis aflicción, siete veces cae el justo, bienaventurado los que lloran… Tratamos de entender, pero nada consuela.

Luego las autoacusaciones o las asignaciones de responsabilidad, el minucioso escrutinio de cada acto pecaminoso, indigno, falta u omisión que amerita un castigo como el que estamos sufriendo de parte del divino juez. El inventario crece y las oraciones de arrepentimiento brotan entre el dolor, la desesperación y el llanto, pero no funciona, no hay alivio, porque no hay paz para el impío a dicho Jehová.

Luego ese silencio de Dios…

Nunca sabremos el por qué, ¿fue disciplina, juicio, consecuencia de nuestros actos, prueba? en fin, el Soberano no da razones. Con el tiempo nuestros ojos comienzan a ver que Él siempre estuvo allí infundiendo a través de una rara manera, callada e invisible, el aliento. Luego nos sentimos privilegiados, el tiempo y ese enorme mecanismo de adaptación con que el Creador nos dotó va borrando lentamente el dolor, atrás quedan los días grises, dando paso a un espíritu más sensible y comprensivo, temeroso, tolerante, menos juzgador y dependiente.

Quedan menos ínfulas de grandeza o suficiencia y asoman las pieles brillantes de fragilidad humana, que irán endureciéndose con el tiempo hasta adoptar esa vieja forma de soberbia e independencia. Y el Trasquilador comenzará a preparar una nueva oportunidad para quitar nuestro caparazón de la vieja naturaleza y dejándonos otra vez sorprendidos por las circunstancias…