Cita: Mt 5:13-14

Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con que será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres. Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. 

Vivimos en mundo duro y plagado de males, donde los niveles de maldad y destrozo son cada vez mayores. A las personas les cuesta, cada vez más,  creer que las cosas van a mejorar y que la felicidad añorada llegará algún día. En este deprimente contexto cabría preguntarnos: ¿qué bien perdurable puede lograr el cristianismo en un mundo como este?, ¿tiene algo realmente valioso que ofrecer el cristianismo que pueda cambiar esta realidad tan sombría? Si bien en las bienaventuranzas nuestro señor Jesucristo ha descrito el carácter esencial de sus discípulos, en las metáforas de la sal y la luz indica su influencia benefactora en este mundo.

Para explicar qué tipo de  influencia tendrían sus discípulos,  Jesús usó dos metáforas tomadas  de la vida hogareña. En todo hogar, por muy pobre que fuera, se usaba y todavía se usa, sal y luz. El mismo Jesús de seguro observó en muchas ocasiones a su madre usar la sal mientras cocinaba y poner luz en los candeleros cuando caía la noche. La sal y la luz son, simplemente, artículos indispensables en cada hogar.

La necesidad de luz es más que obvia: sin luz no podemos ver, y si no podemos ver, no podemos hacer nada por más que queramos. ¿Alguna vez has estado en algún lugar que no conoces y de repente se ha quedado a oscuras completamente? Es indescriptible la sensación de desorientación que se produce en nosotros cuando  eso pasa. ¿Te ha pasado? Una sensación paralizante recorre nuestro cuerpo y empezamos a dar pasos entrecortados con nuestras manos estiradas al frente con la esperanza de agarrar algo que nos sirva de guía.

Por otro lado, la sal tiene variedad de usos. Cuando Jesús pronuncio estas palabras se usaba básicamente como condimento y antiséptico (preservador). Una de las cosas que más disfruta el ser humano, sobre todo el cubano, es comer.

Una comida gustosa al paladar es una de las experiencias más agradables que podemos disfrutar, sin embargo, todo eso se va a la basura si falta la sal. ¿Has probado alguna vez una comida desabrida? No importa lo apetitosa que luzca; una comida insípida es una experiencia traumática. No niego la importancia que tiene la sal como condimento, pero en los tiempos de Jesús tenía otro uso igual de importante: el de preservar.

Recordemos que en aquellos tiempos no existía la refrigeración. Hoy es muy fácil abrir la puerta del refrigerador y guardar lo que queremos conservar, pero en aquellos tiempos la carne tenía que ser curada con sal para su preservación de lo contrario se descompondría paulatinamente de forma inevitablemente.

Ahora bien, ¿Qué nos dicen estas metáforas? ¿Qué se proponía enseñar Jesús específicamente? Veamos algunas cuestiones generales y en artículos posteriores trataremos cada metáfora de forma particular.

Somos distintos

Imagen tomada del sitio Unsplash

La verdad esencial y primaria que descansa detrás de estas metáforas y que es común a ambas, es que la iglesia y el mundo son dos comunidades completamente distintas. Pero aunque son diferentes interactúan entre sí: “vosotros sois la sal de la tierra”, “vosotros sois la luz del mundo”, en ambas afirmaciones hay una acción  interactiva implícita en el vocablo “ser”. Ahora, es vital que entendamos que el fundamento de dicha interacción descansa en la distinción que existe entre estas comunidades.  ¡Oh mi querido hermano! Es muy importante afirmar esto, ya que vivimos tiempos donde está teológicamente  de moda borrar la distinción entre la iglesia y el mundo.

Hace unas décadas viene creciendo y tomando fuerza un sospechoso movimiento “ecuménico” donde se han venido derribando pilares teológicos que delimitaban la geografía de la verdadera iglesia. Muchos hemos tenido que observar con impotencia como han sido derribado dichos pilares y como ha sido minada la efectividad de la iglesia por no tener en cuenta que nuestra efectividad se fundamenta en nuestra distinción. Por otro lado, la iglesia ha absorbido las tendencias culturales de este mundo. Hoy tenemos más actividad que nunca en nuestras iglesias, y menos efectividad también. Es increíble la poca sabiduría que se tiene en las iglesias para valorar cuáles son las convenciones culturales de la sociedad que podemos abrazar y cuáles no. Hasta que punto podemos llegar sin comprometer la pureza del evangelio y por derivación nuestra efectividad a la hora de actuar.

Un mundo en tinieblas y descomposición

También, estas metáforas nos dicen algo sobre ambas comunidades. El mundo es un lugar que se encuentra en tinieblas, tiene muy poca o ninguna luz en sí mismo. Necesita una fuente de luz externa que lo ilumine.

Por otro lado, el mundo está en contante descomposición, las cosas no están mejorando como ilusamente dicen muchos humanistas. Este mundo está en caos: es un lugar oscuro y putrefacto que avanza rápidamente a la destrucción.

Pero nosotros (la iglesia), hemos sido llamados a ser luz en medio de las tinieblas y a fungir como sal en medio de tanta putrefacción. Contrario a lo que puedan pensar los sabios y académicos de este siglo con su sabiduría mundana, somos nosotros, los que  podemos hacerle bien a este mundo caído con la verdad de Dios (el evangelio), no ellos, con su sabiduría caída.

Te lo resumiré en palabras sencillas: la sal es completamente diferente a aquello que sala y su eficacia reside precisamente en ello. La luz es completamente diferente a aquello que ilumina y su eficacia reside precisamente en ello. Una iglesia que ha perdido su distinción,  es una iglesia que no está siendo efectiva. Podrá tener un programa bien cargado, pero no estará haciendo otra cosa que congraciarse con el mundo. No estará siendo sal y luz.