Posmodernismo vs consagraciónSegún el criterio de algunos autores el cristianismo contemporáneo se ha dejado llevar por los senderos de la conveniencia de Dios. Avalan esta declaración por el hecho de que para muchos creyentes, su “Señor” no es más que un ser poderoso con quien se puede hacer un buen negocio. Tal vez por esta causa los mensajes y estudios bíblicos que oímos frecuentemente nos exhortan a buscar una ‘fe’ que nos ayude a obtener, a través de ella, cuantas cosas necesitamos para supuestamente “vivir mejor”. Cierto es, como algunos han expresado, que el materialismo, el consumismo y el utilitarismo marcan en muchas ocasiones nuestras experiencias con Dios. Lamentablemente podemos decir que si algo está faltando en esta generación es precisamente el espíritu de sacrificio, entrega y consagración que caracterizaron a los siervos de Dios en épocas pasadas.

El escenario que nuestro mundo postmoderno nos presenta tiene entre sus características más notables la forma superficial con que los hombres (entiéndase género humano) asumen sus relaciones. Pocos quieren adquirir un compromiso formal que presuponga algo duradero. Según el criterio de muchos hay peligro en la entrega total. Hoy se tiene la creencia de que todo es relativo, y se especula en la suposición de que nada es para siempre. Por tanto, algunos creen que lo que en este momento se torna fuente de primordial interés para alguien, puede que mañana no signifique mucho para él. Otros, sencillamente temen comprometer su libertad por una causa o persona, aunque la consideren importante. El orgullo que proviene del egoísmo característico del presente siglo ha llevado a muchos a optar por amistades frívolas, donde no medien los lazos de afecto personal ni estorben las emociones. Nos enseñaron que no debemos ser controlados por otros, y se le teme a cualquier tipo de dominación. Razones estas que nos llevan a no entregarlo todo, a ser superficiales, a escondernos tras un muro invisible que de alguna manera nos proteja. Desafortunadamente esta superficialidad se evidencia también en la relación con Dios.

Sin embargo, sabemos que nuestro Señor es un Dios que quiere tener un vínculo especial con el hombre y desea que en esta relación medien los sentimientos (Mt 32:27). Dios no se conforma con la superficialidad. Espera de sus hijos entrega, amor, compromiso, consagración (Ro 12:1).

Todo el que ha llegado a conocer a Cristo reconoce que el Señor ha demandado siempre una entrega absoluta. Jesús no busca personas que le dediquen un domingo en su apretada agenda. desea relacionarse con aquellos que le den el primer lugar en sus vidas, personas que individual y espontáneamente se consagren a su servicio, no siguiendo siempre el sendero más placentero, pero sí el más seguro. Solo esos lograrán impactar al mundo postmoderno, del que todos somos parte, con el mensaje significativo y siempre fresco del evangelio. Claro que esta prédica debe ir ejemplificada por una forma de vida diferente. El mundo actual debe entender que por mucho que avance la ciencia, los criterios filosóficos, las modas, etc., Dios no ha cambiado su mensaje ni sus planes.

No nos confundamos, hoy al igual que siempre, el Señor busca hombres que presenten sus cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios (Ro 12:1). Aquellos profetas y siervos de los que leemos sus historias en Las Escrituras fueron personas consagradas que libraron a Israel de malas decisiones, aconsejaron a reyes, guiaron al pueblo y le dieron palabra de aliento y orientación en medio de crisis y situaciones diversas. Si queremos ser de los hombres y mujeres que se levanten con una palabra de parte de Dios a esta generación, necesitamos imitarlos.

No lo dudes, saldrá beneficiada la congregación que cuente con tales hombres. Saldrá beneficiado el mundo cuando se multipliquen los líderes cristianos a los que realmente les preocupe cumplir el ministerio que recibieron de parte de Dios, y con su vida de servicio consagrado honrar al que los rescató de las tinieblas de este mundo.

Sé que no todo es negativo, pues creo que a pesar de vivir en una época donde algunos solo esperan recibir algo de Dios a cambio de sus servicios; a pesar de reconocer que la iglesia del presente no carece tanto de líderes como de siervos; aún hoy el Señor, al igual que antaño, se ha guardado miles de rodillas que no se han doblado a los ofrecimientos de este mundo. Hombres y mujeres que desean ofrecerse sin temor como un sacrificio vivo en el altar de Dios. Esos que salvando las distancias dicen junto a David Livingstone: “¡Qué pena que no tenga más para dar!”. Tú puedes ser uno de esos.

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