9. Os he escrito por carta, que no os juntéis con los fornicarios;

10. no absolutamente con los fornicarios de este mundo, o con los avaros, o con los ladrones, o con los idólatras; pues en tal caso os sería necesario salir del mundo.

11. Más bien os escribí que no os juntéis con ninguno que, llamándose hermano, fuere fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón; con el tal ni aun comáis.

1 Cor.9-11

 

Me decía un pastor de mi adolescencia que hay cristianos, cristinos y cretinos. y en estos días lo recuerdo mucho más, cuando en Bolivia un líder de la violencia en las calles enarbola el nombre de Cristo para justificar sus decisiones absolutamente políticas.

Donald Trump menciona a cada rato algo acerca de Jesús o invita a un par de pastores a orar por él en la Casa Blanca. Al siguiente día, de todos modos, puedes verlo despotricando odio hacia cualquier minoría que le moleste por alguna peregrina razón, como el color de su piel o su procedencia étnica.

Bolsonaro, en Brasil, se confiesa seguidor de Trump, que diga, de Cristo. Se autoproclama, como el mandatario norteo, evangélico. Sí, esa palabra que recuerda a Evangelio, precisamente.

Hace apenas unos días un nuevo personaje en el continente, el opositor a Evo Morales, Luis Fernando Camacho , aparece públicamente con una Biblia en la mano y gritando a viva voz que regresará a Dios al Palacio presidencial boliviano.

Al mismo tiempo, apoya las violentas protestas en su país en las que decenas han sido heridos y el presidente, máxima autoridad constitucional ha debido salir como un perro amenazado a resguardar su vida.

Camacho enarboló durante la semana el texto cristiano como bandera de lucha en su intento por forzar la renuncia del mandatario, reelegido el 20 de octubre bajo acusaciones de opositores.

“No estoy yendo con las armas, voy con mi fe y mi esperanza; con una Biblia en la mano derecha y su carta de renuncia en mi mano izquierda”, dijo en un masivo mitin el lunes pasado en la ciudad de Santa Cruz.

El anuncio lo hizo en la plaza “El Cristo Redentor”, el lugar más simbólico de la oposición de esa ciudad de 1,7 millones de habitantes, la más poblada de Bolivia.

Camacho, abogado de 40 años, suele aparecer con un rosario en la mano derecha, y con ello, por supuesto, pretende asegurarse el apoyo de los cientos de católicos que en las regiones latinoamericanas, las de mayor cantidad de devotos de esa religiòn en el mundo entero, habitan hoy menos pobres que antes del mandato de Morales.

Por la mente de los discípulos de Cristo que ven estas imágenes deben pasar como en catarata los cientos de versículos bíblicos que se violan cada vez que un personaje político de estos alude a la palabra de Dios o a su nombre para ganar simpatía de algún sector popular en su causa. Sobre todo, cuando se trata de maltrato o violencia hacia civiles.

Y de seguro pasa mucho dolor al simplemente pensar lo que el corazón de Cristo debe sentir ante tales falacias. Eso de tomar el nombre de Dios para alguna causa que es contraria a sus principios es cosa bien seria.

Pero tras estos llamados al nombre de Dios, hay mucho más de humano. Según una encuesta realizada por la Corporación Latinobarómetro en 2017, más del 80% de la población adulta de América Latina afirma profesar algún tipo de credo religioso. De ellos, seis de cada diez se identifican como católicos.

El cristianismo en América Latina (si bien definido como incluyente de católicos, protestantes y hasta testigos de Jehová por igual) sale en números como la religión mayoritaria. Y eso, sumado a la variable de los bajísimos niveles de educación, y sus subsecuentes incompetencias interpretativas en comunidades abietamente fanáticas con ritos y tradiciones, deja un escenario vulnerable para manipuladores.

De ahí a usar símbolos y lenguaje que cale en la simpatía de este tipo de masas va un paso demasiado fácil.

Mientras el mundo está atento a la llegada de Evo Morales a México como asilado político, y se debate entre simpatizantes y detractores, los verdaderos discípulos de Cristo deberemos apostar por dar gloria a nuestro Señor, ese que es nuestro Presidente máximo, y orar fervientemente porque la violencia cese, y porque el nombre de Dios no sea difamado por ninguno de los que no le temen.

Oremos y esperemos que quienes así actúan lleguen a comprender lo que están acumulando para sí, y se arrepinetan de ello. Lo que sí tenemos por seguro es que estos hombres que ignoran la autoridad de Dios no podrán burlarlo. Y cualquier persona sobre quien caiga esa espada de Damocles, merece las más grande de las compasiones.