También les refirió Jesús una parábola

sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar

(Lc 18:1).

En su libro La Oración Poderosa que Prevalece, Wesley L. Duewel cita las palabras de O. Hallesby [pág. 32]:

No existe peor manera en que un hijo de Dios pueda entristecer a Jesús que descuidando la oración…muchos descuidan la oración hasta tal punto que su vida espiritual se apaga gradualmente.

Podría comenzar con la clásica y gastada pregunta: ¿Qué es la oración? Y argumentar un poco al respecto. Pero más allá de las respuestas que humanamente le hemos dado: hablar con Dios, comunión con Dios, etc., me gustaría citar las palabras de Edward M. Bounds porque captan un elemento de verdad esencial en cuanto a la naturaleza de la oración:

La oración nace del cielo y no puede definirse con palabras humanas.[1]

Cuando descuidamos la oración somos como machetes sin filos que cuando chocan contra la hierba la doblan, pero no la cortan. Nos volvemos infértiles y no estamos preparados para que Dios nos utilice. Es por eso, que la falta de oración aparte de significar apatía para con Dios es un pecado cometido contra el amor de Dios.

Cuando analizamos la vida de Jesús registrada en los evangelios, vemos que siempre fue su intención formar discípulos de oración. Sus demandas en cuanto a la oración son tan enfáticas que encontramos en los evangelios un amplio abanico de enseñanzas suyas sobre el tema.

Aunque en nuestra falible lógica humana pudiéramos pensar que el hijo de Dios no tenía ninguna necesidad de orar, ─ ya que era el mismísimo de Dios encarnado─  nos demostró todo lo contrario. Él estableció el perfecto ejemplo a imitar por nosotros.

La Escritura lo presenta orando constantemente. Su vida de oración fue tal ejemplo que sus discípulos, seguramente impresionados por su práctica, le pidieron que les enseñara a orar. Jesús era completamente humano al igual que divino, y como hombre, nos enseñó a tener comunión con Dios mediante la oración y a depender completamente de él.  Veamos algunos ejemplos del registro bíblico.

 

Jesús madrugaba para orar:

Levantándose muy de mañana, siendo aun muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba (Mr 1:35).

Jesús buscaba el tiempo para estar a solas con Dios:

 Despedida la multitud, subió al monte a orar aparte; y cuando llego la noche, estaba allí solo (Mt 14:23).

Jesús pasaba noches enteras en oración:

En aquellos días el fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios (Lc 6:12).

Está claro que debemos orar y Jesús nos dejó un ejemplo práctico digno de imitar. ¿Pero por qué debemos orar?

La Biblia no solo nos muestra la vida práctica de Jesús sino también lo que Jesús enseñó sobre la oración. La primer base que Jesús estableció para la práctica correcta de la oración es que esta es la relación establecida de un Padre con su hijo (Mt 6:9) y no una mera relación contractual entre un hombre y una deidad indignada y caprichosa. En primer lugar, Jesús nos enseñó a orar por la gloria de Dios. Jesús dijo:

Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo (Jn 14:3).

La oración es el medio que Dios ha diseñado para mostrar su poder, plenitud, misericordia y grandeza en medio de nuestras necesidades. Sencillamente, la oración glorifica a Dios porque nos pone en la posición del ciervo que brama por las aguas en el desierto (Sal 42: 1) y pone a Dios en la posición de la fuente que nos puede saciar completamente (Jn 4:14).

Cuando oramos Dios es glorificado porque nuestra oración es plena, es evidencia de que dependemos completamente de él. Por tanto, cuando logramos las cosas todo el crédito y la alabanza son para él.

Las palabras de Edward M. Bounds en una de sus magistrales obras sobre la  oración lo describen perfectamente:

La oración encierra en sí toda la fuerza y potencia de Dios. Puede obtener cualquier cosa de Dios, pues eleva su voz en el Nombre de Cristo, y no hay nada demasiado bueno ni demasiado grande para que Dios no pueda otorgar en ese Nombre. Los hijos de Dios que oran descansan en Él para todas las cosas. La fe del hijo depositada en el Padre se hace evidente por medio de su petición. Es la respuesta a las oraciones la que convence a los hombres no solamente de que hay un Dios, sino de que es un Dios que se preocupa por los hombres y por los asuntos de este mundo. La oración contestada es la credencial de nuestra relación como sus representantes aquí.[2]

 

 

[1] Troncoso Magdalena,  Ana. Lo mejor de Edward M. Bounds, p. 41.

[2] Ibid, p. 53.