Mt 5: 5

Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.

El mundo nos dice que son felices aquellos que poseen una elevada autoestima, aquellos que piensan bien de sí mismos. Esta palabra está de moda hoy en día, no solo en el mundo, sino también, en la comunidad evangélica.

Los psicólogos, tanto ateos como cristianos, nos hablan de lo importante que es que todos tengamos una alta autoestima e incluso nos hablan de las consecuencias negativas que pueden venir sobre aquellos que tienen baja autoestima.

No es mi propósito en este artículo demostrar la falacia de este razonamiento proveniente de la psicología:  creada por hombres como Sigmund Freud, Carl Rogers, Carl Jung, Alfred Adler. Hombres que aborrecían la idea de un Dios y desarrollaron esta disciplina para demostrar que el verdadero conocimiento del hombre no empieza con Dios sino en el hombre mismo.

La Biblia nos enseña todo lo contrario: el problema del hombre no es su falta de autoestima como nos dicen los psicólogos, sino, que tiene demasiada autoestima. Ese es el problema real del hombre, por eso el mundo es un lugar tan corrompido.

El mundo exalta a las personas agresivas, a los que son capaces de obtener lo que desean sin importar el precio que haya que pagar; sin importar a quien haya que aplastar. Este es el mensaje universal que recibimos en cada película. Las películas, series, novelas, en el 99.99 % de los casos, están basadas en ideas de conquista y venganza. Esto es lo que el mundo exalta.

Pero Cristo dice: “bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad”. Muchas personas rechazan el concepto de mansedumbre porque asocian esta virtud con determinadas debilidades de carácter. Veamos algunos conceptos erróneos que las personas tienen.

 Cobardía

A muchos lo primero que le viene a la mente cuando piensan en la palabra manso es alguien que es cobarde. Alguien sin convicciones, que a todo le dice que sí por miedo a meterse en problemas con los demás. Pero esto, es una comprensión totalmente equivocada.

Nuestro señor Jesucristo fue una persona mansa, sin embargo, el nunca tuvo problema en decir las cosas como eran y en enfrentar a la élite religiosa de su tiempo. Uno de los ejemplos en la vida de Jesús que mejor ilustra que ser manso no es ser un cobarde o alguien falto de convicciones se narra en el evangelio de marcos: Jesús entra en el templo y al ver que se había convertido en establecimiento de negocios tomó una actitud enérgica y contundente contra dicha situación (Mr 11:15-17).

Y es este mismo Jesús, el que nos dice: “aprended de mi que soy manso y humilde de corazón (Mt 11:29)”. La mansedumbre no es cobardía, ni falta de convicciones.

Indolencia

Otra cosa que se asocia con bastante frecuencia a la mansedumbre es la indolencia. Muchas personas ni siquiera se inmutan en medio de circunstancias adversas y difíciles y entonces muchos piensan: que persona más mansa.

Pero la verdad es que estamos ante alguien que es un indolente, alguien que no tiene la fuerza de voluntad necesaria para hacer lo que se debe hacer y, en otros casos, alguien que es incapaz de sensibilizarse con la situación de los demás.  Ser manso, no es ser una persona sin capacidad de reacción cuando las circunstancias lo ameritan.

Buena educación

Muchas personas han sido educadas para tener una conducta apropiada en determinadas situaciones. De modo que se pueden comportar a un gran nivel de dignidad humana en medio de momentos dolorosos y ofensivos; estas personas han aprendido el difícil arte de la diplomacia. Pero esto no necesariamente significa ser manso.

Este tipo de comportamiento puede deberse a la educación adquirida, el ejemplo que nos dieron nuestros padres, la constitución de nuestro temperamento, y otros disimiles factores. Pero la mansedumbre de la que está hablando Jesús aquí, es una gracia divina. En la carta a los gálatas el apóstol Pablo nos dice que la mansedumbre es un fruto del Espíritu (Gl 5:23).

Entonces, ¿Qué es? ¿Qué significa ser manso? Cierto puritano definió la mansedumbre como, poder bajo control: una persona mansa es aquel que puede controlar su carácter. Vemos a una persona actuar de cierta forma y decimos: “que fuerza de carácter tiene” cuando en realidad es un débil que es  incapaz de controlarse. No es lo mismo poseer fortaleza de carácter que poseer un carácter agresivo.

Salomón nos dice en Proverbios 16:32: “Mejor es el que tarda en airarse que el fuerte; Y el que se enseñorea de su espíritu, que el que toma una ciudad”. Contrario a lo que piensa este mundo la mansedumbre no es un signo de debilidad sino de fortaleza.

Me gusta la forma en que lo expresa el Dr. Martyn Llody-Jones en su libro El Sermón del Monte en dos volúmenes: “La mansedumbre es tener un entendimiento adecuado de nosotros mismos. La cual se manifiesta en la conducta y actitud hacia otros”.

Una vez que hemos llegado a entender la realidad de nuestra condición: que no somos nadie ni tenemos nada, que nuestra propia justicia es un trapo de inmundicia delante de Dios y que, por lo tanto, dependemos completamente de Él (Dios), entonces,  seremos mansos para con Dios y mansos para con nuestros semejantes.