18 sabiendo que no fuisteis redimidos de vuestra vana manera de vivir

heredada de vuestros padres

con cosas perecederas como oro o plata, 19 

sino con sangre preciosa,

como de un cordero sin tacha

y sin mancha, la sangre de Cristo.

 (1 Pedro 1:18‭-‬19 – LBLA)

 

No sé cuántas veces he escuchado esas canciones. «Oh, Señor, renuévame…»; «Limpia mis manos, Señor»; «Déjame entrar ante ti»; «Dame tus ojos, para ver»… Todos esos versos, convertidos en clamor, se levantan con lloros, gemidos, y caras de compunción que ruegan en posturas de vergüenza. Con los ojos húmedos, las manos alargadas por el suelo, hay quienes hasta entonan una especie de grito de dolor que roza lo morboso con un piano de fondo.

Cualquiera que entre en este momento al lugar donde se llevan a cabo tales rogativas, enmarañadas con «música de adoración», puede pensar al menos algo así: «esta gente está un poco loca, pero, ciertamente están rogando a Dios con mucha sinceridad y humillación».

Lo que sí es muy poco probable que piensen es: «Wow, he llegado a la iglesia de Dios, esta es la gente que me muestra verdaderamente el rostro de Cristo, y es genial». O algo como, «Esta gente sí que se siente salva y bendecida, es contagioso».

Lo gracioso es que esa última impresión es precisamente la que Dios demanda que provoquemos. Al menos así parecen indicarlo todos esos pasajes, y largas cartas en que se habla de «frutos del espíritu», ser «luz del mundo», o de ser reconocidos por el amor —no por el eterno ruego— entre unos y otros. O aquellos otros en que nos aseguran eufóricamente que fuimos comprados por su gracia, redimidos, y rescatados, y que debemos vivir agradecidos por eso.(Efesios 1:7; Rom.3:23; Ap.5:9-10; Juan 8:36 etc.)

¿Acaso la Redención no ocurrió hace más de dos mil años? ¿O es que solo yo me imagino a Dios escuchando esos ruegos con cara de fastidio? Siempre me lo suelo imaginar como… «A ver, no has entendido que me pides algo que ya hice? Acaba de vivirlo y basta de ruegos que te paralizan».

No significa que no deba ponerse a cuentas y huir del pecado. Por supuesto que eso es una cuenta diaria que estará juntoa nosotros toda la vida. Vivir vidas santas es cosa bien seria para quienes siguen a Cristo, y traer delante de Èl nuestras malas obras del día, una obligación. Pero es algo muy distinto vivir anhelando angustiosamente una transformación, que recobrarla rápidamente en el momento en que la perdimos.

Pero habría que preguntárselo en serio. Por qué seguimos una y otra vez eligiendo clamar y rogar con estas canciones acompañadas de llantos interminables, eternamente pidiendo alguna gracia o limpieza que no logramos alcanzar. Por qué siempre «renuévame, límpiame, santifícame, lava mi ser…»? ¿Por qué no «gracias por renovarme, gracias por limpiarme, gracias por santificarme, gracias por lavar mi ser…»?

Probablemente, una de las causas de este rogar por algo ya sucedido en lugar de vivirlo se deba a que desconocemos todo el peso de gloria que hubo en el acto redentor de Cristo. ¿Será que, en efecto, no calculamos el tamaño de lo que Dios hizo ese día por nosotros, y las mil maneras en que podemos activar todo eso y vivirlo?

La Redención, un paquete completo

Como explica para el ministerio Got Questions, Biblical Answers, «los beneficios de la redención incluyen la vida eterna (Apocalipsis 5:9-10), el perdón de los pecados (Efesios 1:7), la justificación (Romanos 5:17), libertad de la maldición de la ley (Gálatas 3:13), adopción dentro de la familia de Dios (Gálatas 4:5), liberación de la esclavitud del pecado (Tito 2:14; 1 Pedro 1:14-18), paz con Dios (Colosenses 1:18-20), y la morada permanente del Espíritu Santo (1 Corintios 6:19-20)»

Entonces, concluye el autor, uno fue redimido es ser perdonado, santificado, justificado, bendecido, liberado, adoptado y reconciliado. (Salmos 130:7-8; Lucas 2:38; y Hechos 20:28). »

Si usted, en efecto, exploró cada uno de esos pasajes, habrá notado que la redención incluyó mucho más que tan solo quitar la culpa acumulada una vez. Si su santidad, su justificación y su bendición fueron de hecho incluidas en el paquete completo del acto redentor, todo toma otro sentido.

Cuando comprendemos la inmensidad de lo que significó realmente la redención en aquella cruz, por un lado, podemos comprender mejor por qué el agradecimiento a lo que Dios hizo ese día es tan eufórico —no se nos ocurre otra palabra— y a la vez enfático en toda la Biblia. O sea, si usted mira el acto de la cruz como algo realmente incompleto, y toma solo una de las aristas que aquel día se le regaló, puede que sienta que se exagera al mencionarlo por todos lados en las escrituras.

Pero si esto le sucede es precisamente porque usted no ha comprendido todo lo que le fue regalado gratuitamente. y aunque suene increíble, hay muchos cristianos que viven sin haber conocido en profundidad el Evangelio que predican.  De ahí, por supuesto, que tampoco se apropien de él a plenitud.

Si lo pensamos con calma, una persona que siente que solo fue perdonada, y desconoce que también fue santificada, estará constantemente rogando y arrastrándose en el mismo pecado sin convencerse de su liberación en Cristo. No asumirá una postura de más autoridad espiritual, sino una eterna autoflagelación angustiosa.

Alguien que solo sabe que fue justificado de los pecados antiguos, pero desconoce que hay bendición gratis para él, estará también constantemente preocupado por obtener y pedir más cosas, en lugar de comprender la naturaleza de lo que es verdadera bendición y disfrutar en agradecimiento la que sí ha recibido.

Es lógico también que el diablo haya orquestado precisamente ese plan cuando Cristo logró vencer en la cruz: «si ya compró tanto para sus redimidos, entonces me encargaré de que no lo sepan, o al menos no lo sepan completamente», habrá dicho la criaturilla.

Y de ahí es muy probable que cientos de esos cristianos legalistas, marcados por la frustración y el siempre anhelar de Dios algo más sin lanzarse a vivirlo, estén determinados por un desconocimiento claro de su adopción.

Pero hay otras razones más allá del desconocimiento para quienes viven esperando el evangelio, como si aun esperaran al Mesías.

Parece más fácil ser esclavo

Sí, ya nos dimos cuenta de que el titular puede resultar confuso. Pero la verdad es que esta idea se vive demasiado en cientos de iglesias. El estancamiento espiritual de muchos cristianos nominales que no practican su salvación se debe muchas veces a que el cautiverio es una zona de confort muy conocida.

En las situaciones de la vida diaria, esto es una situación cotidiana. Por ejemplo, la dificultad de personas ansiosas para vivir sin síntomas de ansiedad, o de los deprimidos para ser más alegres, muchas veces no se debe a que no tengan herramientas para brillar, sino a que esa zona de confort los ha habituado a no tener que hacerlo, y comenzar a buscar su camino les suena demasiado arriesgado.

Trayéndolo a contexto, cada quien toma de la redención y de Cristo aquello que quieren, a medida que se siente listo para hacerlo. Tal vez por eso el Señor continuamente graduaba sus mensajes, para que aquellos con un nivel espiritual más avanzado se alimentaran a su ritmo, al igual que quienes aún no asumían otros niveles de su naturaleza como hijos. De ahí, por ejemplo, «el que tiene oídos para oír, que oiga».

Si usted se siente muy acomodado en ser un cristianito de iglesia, que acude a muchos encuentros y canta todas las canciones, y se pone a cuentas de los pecados, probablemente, no le interese experimentar que también le fue comprada una bendición para hacer la voluntad de evangelismo, compañerismo, visitar, alentar, vivir en comunión, amar a otros en nombre de Cristo, etc.

Así que usted será del grupo de los que solo toman una parte, y no vivirá todo eso que le fue regalado, por pura comodidad, y por miedo a comenzar a hacerlo.

Lo desconocido, siempre trae demasiadas incertidumbres. «Cuando empiece a caminar en Cristo totalmente, ¿perderé mis rutinas? ¿tendré que renunciar a mis horarios? ¿Dios me exigirá dejar esa relación y salir a hacer su voluntad a cualquier hora? ¿Cambiarán mis ritmos de vida como los conozco?

Casi las mismas preguntas que en ese momento antes de la conversión, sí. Y el mismo miedo a brillar completamente en el Espíritu y a todo lo que podría implicar.

El tiempo presente

Así que si el ser humano suele evadir su presente por miedo a afrontar cosas inesperadas, evadir el presente como hijos de Dios sigue los mismos patrones, pero supone pérdidas mucho más preocupantes. Vivir rogando a Dios cosas que ya sucedieron, en lugar de atreverse a vivirlas en realidad; clamar por una santidad de la que podemos apropiarnos para ponernos a cuentas y escapar del pecado deliberado con determinación; llorar para tener los ojos de Dios al vivir cada día, en vez de activarnos en la mañana y asumir nuestra visión espiritual, ya regalada, puede sumirnos en esos eternos y amargados cantos que se disfrazan de la más honesta adoración.

Cambiemos los tiempos del verbo de esos ruegos, para hacer el experimento. Nos quedaría algo así, «Oh, Señor, gracias por renovarme…»; «Limpiaste mis manos, Señor»; «Me dejas entrar ante ti»; «Me diste tus ojos, para ver»…

No sé a ti que lees, pero a mí, me suena mucho más parecido a lo que diría y haría un seguidor de Cristo. En próximas reflexiones estaremos hablando sobre cómo apropiarnos de ese «paquete gratuito» que nos regalaron, para ponerlo en práctica y salir del estancamiento 😉