“Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditaras en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino y todo te saldrá bien(Josué 1:8)”.

Algo que cautiva nuestro interés cuando nos embarcamos en una determinada empresa es ver los beneficios que dicha acción produce. De la misma manera, nos  desmotivamos  cuando no vemos ningún beneficio en aquello que hacemos. Tomando esta realidad de nuestro actuar como punto de partida, cabria preguntarnos: ¿Hay algún beneficio en dedicar tiempo a la meditación bíblica?

Parece una falta de respeto y algo demasiado simple que hagamos esa pregunta, porque la respuesta es más que obvia: ¡claro que hay beneficios en la meditación bíblica! En épocas pasadas no habría tenido sentido preguntar eso, porque la iglesia se daba constantemente a la meditación y recogía los frutos de cultivar el conocimiento espiritual a través de ella. Pero hoy tristemente si lo tiene, ya que vivimos en una época de la iglesia donde de forma general se responde positivamente a esta pregunta, pero la verdad es que no sabemos de qué estamos hablando. Tal práctica nos resulta desconocida.

Examinando nuestro texto

Si leemos nuestro texto con un poco de detenimiento nos daremos cuenta que habla de los beneficios de la meditación, si bien no de una manera particular si lo hace de forma general.

Ya en el versículo 5 Dios le había dicho a Josué lo siguiente: “Nadie te podrá hacer frente en todos los días de tu vida; como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré, ni te desampararé.” Ya Dios le había declarado el fin, pero faltaban aun los medios para lograr ese fin. Y es que Dios cuando decreta un fin, juntamente con el decreta los medios para lograr ese fin.

Si continuamos analizando nuestro texto veremos que la preposición “para” establece la conexión entre las cláusulas “Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditaras en él” y “que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino y todo te saldrá bien” La enseñanza de esta porción de las escrituras es clara: si no meditamos en las escrituras no podremos guardar las escrituras, y si no guardamos las escrituras no podremos tener éxito en cumplir la voluntad de Dios. ¿Ves la conexión? Este es el principio general.

Los puritanos y cuáqueros elaboraron largas y exhaustivas listas sobre los beneficios de la meditación, aquí solo veremos dos generales, de los cuales, se pueden sacar muchos particulares.

La meditación nos permite cultivar el conocimiento espiritual.

¿Qué significa “conocimiento espiritual”? El conocimiento espiritual es un conocimiento que no solo está en la mente, no es mero intelectualismo, sino un conocimiento que se alberga en el corazón[1] y  mueve la voluntad en pos de cumplir los mandamientos del Señor. Es la meditación la encargada de establecer un puente entre nuestra mente y nuestro corazón para que la información que estamos procesando en la mente pueda ir al corazón y accione nuestra voluntad.

Muchas veces somos incapaces de cultivar este tipo de conocimiento porque no estamos meditando concienzudamente en las escrituras, pensamos que cumplimos cuando “leemos las escrituras” o “escuchamos una predicación” o hacemos cualquier otro tipo de actividad intelectual con respecto a las escrituras. Pero si no sacamos tiempo para meditar es como si nos sentáramos a la mesa y nos deleitáramos comiendo toda clase de manjares gustosos al paladar pero no los digiriéramos.

Es en el proceso de digestión donde los alimentos son transformados en sustancias químicas que el cuerpo necesita, de igual forma, la meditación es ese proceso por el cual la palabra de Dios nos nutre y nos hace crecer espiritualmente. Escuchemos atentamente las palabras de Tomas Watson:

Hay tanta diferencia entre el conocimiento de una verdad y la meditación en una verdad como lo hay entre la luz de una antorcha y la luz del sol. El sol tiene un dulce efecto: hace crecer las plantas y florecer las hierbas. Así que el conocimiento no es más que una antorcha encendida en el entendimiento, que tiene poco o ningún efecto: no hace al hombre mejor. Pero la meditación es como el brillo del sol: opera en los afectos, enardece el corazón y lo hace más santo. La meditación se apodera de la vida que hay en una verdad.[2]

Cuando leemos col 3:16-17 y efesios 5:18-19, pasajes paralelos, recibimos una fuerte impresión de que estos pasajes enseñan que en la medida que la palabra de Dios more en nosotros en esa misma medida seremos llenos del Espíritu Santo, y en ambos pasajes todo el contexto apunta, primariamente, a que la llenura del Espíritu se traduce en una vida llena de frutos de correcta conducta ética y moral conforme a lo que Dios nos ha ordenado: en nuestro hogar con nuestros cónyuges, con nuestros hijos, en nuestro trabajo, en la comunidad cristiana, etc. Una vida que agrada a Dios en todas las áreas.

La mayoría de los exégetas que he consultado apoyan esta tesis, y ciertamente, toda la escritura apoya esta tesis. Hermanos, debemos entender que el Espíritu Santo no opera en un vacio; Él opera a través de la palabra. No entender esto nos conducirá inevitablemente a abrazar determinadas formas de espiritualidad que son incorrectas y dañinas.

 

La meditación nos permite tener una vida de oración de calidad.

Aunque nuestro pasaje no menciona explícitamente la oración, sabemos por las escrituras la capital importancia que tiene la oración en la vida espiritual del cristiano. Dirá alguien, ¿Qué tiene que ver la meditación con la oración? Dejaré que las palabras de Tomas Watson respondan esa pregunta:

“La meditación es una suerte de deber a medio camino entre la Palabra y la oración, y está relacionada con ambas. La Palabra alimenta la meditación, y la meditación alimenta la oración. Debemos oír para no estar equivocados, y meditar para no estar sin fruto. Estos deberes siempre deben ir de la mano. La meditación debe seguir al oír y preceder a la oración.[3]

 

La meditación es el combustible que mueve el carro de la oración. La oración entendida bíblicamente no es un intento de hacer que Dios responda mis caprichos, es más bien un medio para que Dios cumpla su voluntad. Solo una mente instruida en la palabra puede conocer la voluntad de Dios y solo un alma dada a la meditación puede entregarse apasionadamente a la oración.

El teólogo Karl Barth, conocido por ser el fundador de la Neo-ortodoxia,  movimiento con algunos desatinos teológicos, no obstante, acertó cuando expreso lo siguiente:

“La oración sin estudio, es ciega, y el estudio sin oración, es estéril.[4] 

Tristemente muchos cristianos hoy día se jactan de su poco conocimiento y reflexión de las escrituras y al mismo tiempo presumen de una vida de oración espléndida y brillante, si eres uno de ellos, te digo con toda sinceridad y base bíblica: estás terriblemente engañado.

Entreguémonos al estudio y meditación de las escrituras y veremos estos frutos florecer en nuestras vidas.

 

[1] No uso la palabra corazón en un sentido biológico, sino en el sentido bíblico como el asiento mismo de nuestra personalidad.

[2] Sermons of Thomas Watson, citado en, Beeke, Joel, La Espiritualidad Puritana y Reformada.

[3] The Works of Thomas Watson, citado en, Beeke, Joel, La Espiritualidad Puritana y Reformada.

[4]Barth, Karl, Introducción a la teología evangélica.