Las imágenes me conmovían. Un mar de pueblo despedía con lágrimas a la vibrante Alicia, ahora reducida a la mortalidad que nos toca a todos. Decenas de cubanos apostados junto a su tumba le gritaban bravos, y la vitoreaban, como si les costara demasiado bajar su telón para siempre.

Es el sentimiento natural. El miedo a la muerte. El dolor por la muerte. Por mucho avance científico y mucho que lo sepamos, la mente humana siempre reaccionará al hecho de morir conmocionándose. En efecto, no fuimos creados para ese destino de polvo y huesos, por eso perder a personas como Alicia hacen a todos lamentarse el doble, como si esas almas en particular nos parecieran irreductibles a una loza fría.

Honras fúnebres de Alicia Alonso. Foto de Abel Rojas Barallobre

Pero los mitos también mueren. No importa cuán titilante sea la leyenda ni cuantos cencerros dorados la circunden, incluso si llegan desde el más sincero amor, las leyendas morirán. Excepto una: y su nombre es Jesucristo.

Los verdaderos seguidores de Cristo ven en episodios como el luto cubano por Alicia un momento de especial dolor, porque se siente la impotencia de que los otros no acepten la esperanza de vida que está disponible para ellos.

Viendo tantas imágenes dolorosas de la despedida, niños y abuelos por igual llevando sus rosas en mano, y sus miradas lacrimosas, me seguía preguntando por qué la iglesia de Cristo no hace más y mejor por esparcir esa verdad que salvaría a todos del desconsuelo.

No tuve para mí respuesta. Apenas el compromiso personal de esforzarme más. De intentar que otros sepan que Cristo tiene la única esperanza disponible, y una que no se lleva la tumba.

Pero mientras mi pecho se debatía en esos dolores por mis “hermanos de mortalidad”, me topé por esa avenida sórdida de las redes sociales, con un fariseíto de este siglo.

Pregonaba a toda voz debajo del post de algún dolido cubano que “lucifer debía estar haciendo fiesta”, y que “estará junto a lenin, Fidel y Mao” por no aceptar la salvación de Dios.

Mi reacción no pudo ser otra que estupor, y lo confieso, ira.

Más allá de la verdad de que solo Cristo puede salvarnos, había demasiadas cosas mal en su comentario, en la actitud condenatoria, en el mal momento para decirlo, en todo el contexto de dolor contrastando con una falta de empatía que nada se me pareció al corazón amante de Cristo.

¿Puede ser que alguien que conoce íntimamente a su Señor, todo lo ancho y profundo de su inmenso amor, pueda decirse seguidor de Jesús y proferir sentimientos tan bajos y fríos? ¿Una persona que ha tenido un encuentro con Cristo, el mismo Señor que murió por sus asesinos, puede aprovechar un momento de dolor de sus paisanos para juzgar a los otros desde alguna tarima moral supuesta, y lo peor, en nombre de ese Cristo sufriente? ¿Por qué la elección de condenar antes de llorar junto a los que sufren me parece más política, tendenciosa, y hasta grupera, que cristiana?

Realmente mi mente no alcanza a entender en qué se parecen el corazón de Cristo y la actitud de estos fariseítos modernos, que sienten que cualquier momento de pérdida es bueno para gritarles a los otros que su familiar o su conocido estarán ardiendo “con Lucifer”. Así mismo, en esos términos, en el mismo momento del llanto y la conmoción. Me parece tan infantil como ese absurdo “te lo dije” con que celebramos una sensación de triunfo por encima del dolor ajeno.

Ojalá se tratara de un perdido excepcional. De un hipócrita por cuenta propia. Pero otros momentos similares me confirman que se trata de corazones duros, que realmente no han conocido el amor de Dios, y tienen que acomodarse en una religión que les abrigue un poco. Dignos de lástima.

Este mismo año, cuando las redes se inundaban de imágenes sobre los derrumbes, familias afectadas que habían perdido todo, personas heridas, gente que tenía que empezar de cero a causa de unos vientos caprichosos que arrancaron de la tierra a media capital, había por ahí quien se hacía llamar líder de una gran iglesia cristiana que aprovechaba para apuntar con el dedo en vez de llorar con los que lloraban. El momento le parecía el adecuado al “líder” para sembrar teorías sobre la homosexualidad en Cuba y sus hipotéticas conexiones con alguna ira divina tipo Zeus vengador.

Un “líder cristiano”, lo entrecomillo porque difícilmente lo creo, posteaba esta insinuación tras el paso de un tornado que devastó a varias familias en La Habana.

El “justiciero cristino”, como lo podríamos llamar, se sentía superior a las decenas de cubanos jóvenes que viajaban en ese mismo instantes a levantar con sus propias manos las paredes caídas de sus compatriotas sin pensar en porqués o pasados.

Yo le decía entonces sin pelos en la lengua que esas manos habían sido más cercanas a las de Cristo. Y no me arrepiento ni siquiera ante la roja alfombra de “realeza eclesial” que lo rodea. La realeza de Cristo es mayor, y mejor.Los jovencitos que corrieron a ayudar estuvieron más cerca del corazón de un Dios perdonador, misericordioso, y mártir, que aquel dedo que apuntaba en medio del llanto y el quiebre ajeno.

Habrá que ver, iglesia de Cristo, cómo hay gente que se nos disfraza. Habrá que ver, Señor, como nos falta para conocerte mejor, para enterarnos de que en medio del desastre, aún cuando sí podría deberse a un pecado de los que sufren, tú, yo lo sé, estás con el corazón partido porque le haya tocado la peor consecuencia. Mi Señor está llorando porque tengan que terminar en polvo, porque hayan elegido el mal camino, o porque simplemente nosotros, en vez de usar el tiempo para anunciarles la verdad, hayamos elegido meternos a una religión, y esperar al desastre para apuntar con el dedito.

Ese que apunta en medio del llanto ajeno no sé quién es, pero una cosa sí sé, tengamos cuidado, porque ese no es nuestro Dios.