Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros. (Jn 14:16-17)

Crecí escuchando declaraciones falsas sobre el Espíritu Santo. Me decían «es una fuerza activa», y la herejía la ilustraban con toda clase de comparaciones absurdas. Me engañaron terriblemente… y lo lamento.

Al conocer a Jesús y relacionarme con la Palabra de Dios me encontré con una enseñanza completamente nueva para mí. El Espíritu Santo es una persona no una fuerza; posee inteligencia, voluntad y emoción (1 Co 2:10-11;1Co 12:11; Ro 15:30).

Fue un gran descubrimiento. Al principio no podía comprenderlo, lo confieso; pero el estudio de La Biblia me quitó toda duda. Finalmente concluí que la evidencia bíblica me lleva a asegurar que el Espíritu Santo no es algo que tiene poder, es alguien todopoderoso; es Dios.

Algunos dicen que existen cristianos que exaltan la importancia del Espíritu y le dan una preponderancia no necesaria. Para muchos creyentes el interés que tienen en la Tercera persona de la Trinidad es solo teológico, y se asombran cuando los cristianos hablan o predican sobre sanidades, manifestaciones de poder o cualquier otra obra del glorioso Espíritu de Dios.

El Credo de los Apóstoles contiene diez artículos sobre la persona de Cristo y uno sobre el Espíritu Santo; proporción que demuestra el interés de muchos.

La iglesia de Cristo vive bajo la dispensación del Espíritu. El mismo Señor Jesús anunció su llegada con palabras muy significativas: «Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré» (Jn 16:7).

Foto: Maykel Espinosa

Tal vez, los discípulos que oyeron al Señor en aquel momento no comprendieron en toda su magnitud lo que esto significaba, pero los cristianos hoy lo sabemos: el Espíritu tiene una función que hacer en el mundo y en la iglesia.

Dice la Escritura: «Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio…» (Jn 16:8-14) El Espíritu ha tratado repetidamente con toda persona que hoy forma parte del cuerpo de Cristo y está tratando con aquellos que ni siquiera han oído hablar de él.

En la iglesia el Espíritu obra de una manera no menos maravillosa: sella, mora en el creyente, produce el nuevo nacimiento, bautiza, regenera, santifica, consuela, nos guía a toda verdad, reparte dones, nos da poder para el servicio, nos revela a Jesús y lo glorifica…

Bien dijo alguien: El Espíritu Santo no solo supliría la ausencia de Jesús, sino que completaría su presencia.

Tendencias doctrinales

Con respecto al Espíritu la iglesia ha tomado varias vertientes; unos mantienen la teología sin la experiencia, otros quieren solo la experiencia.

De manera que muchos minimizan y subvaloran su obra magnífica. ¡Y esto es terrible! Otros quieren poseer el poder, ver los dones manifestados, los milagros sucediendo, pero conocen poco o nada del Dios en el nombre del cual suceden los milagros.

Por otra parte vemos con tristeza y con un poco de enojo, que se levantan hoy personas que practican y enseñan herejías en nombre del Espíritu, falsifican la manifestación de los dones e imitan con gritos y algarabías su revelación genuina y extraordinaria.

Lamentable sería que nos pase lo que dijera Clendennen: «La iglesia todavía tiene una teología del Espíritu Santo, pero ninguna conciencia viva de su presencia… La Teología sin la experiencia es como la fe sin obras: está muerta».

Necesitamos entonces reenfocarnos, estudiar las Escrituras, ver al Espíritu actuar y darle el merecido lugar que debe tener en la iglesia hoy. Pablo le decía a los efesios: «No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu…»(Efesios 5:8)

Foto: Maykel Espinosa

Realmente creo que nos conviene oír la exhortación y dejar la costumbre de ser oidores olvidadizos para convertirnos en hacedores de la Palabra de Dios. Necesitamos al Espíritu obrando, guiándonos a toda verdad.

Retomemos en nuestros púlpitos la enseñanza acerca del glorioso Espíritu de Dios y vivamos la experiencia renovadora de tenerlo en nuestras vidas.

Sí, hablemos del Espíritu, pero llenémonos de él, hagámoslo si queremos no solo mantenernos, sino avanzar; si deseamos despertarnos de entre tantos que duermen y predicar no con palabras de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder (1 Co 2:4).

Hagámoslo si queremos que los dones vuelvan y se manifiesten en la Iglesia; si nuestro interés es caminar con la verdad en medio de tanto error teológico; si anhelamos glorificar eficazmente a nuestro Señor y Salvador.

No dudemos, el Espíritu Santo es nuestro consolador; sin él obrando, guiando, bautizando, ministrando, revelando, la iglesia se convierte en no más que un club social sin poder espiritual, sin guía de lo alto, sin la luz divina que nos lleve a vivir en santidad,y sin el poder para hacer con efectividad la obra a la que Dios nos ha llamado.

En fin, hablemos del Espíritu, pero hagamos mucho más: llenémonos de él.