Si te identificaste con el Cristo Crucificado para salvarte, hazlo también con el Resucitado, para que no pierdas la salvación.

Seguimos reflexionando en este tema. Todos o casi todos hemos guardado, de alguna manera, la Semana Santa. Le hemos dado mucho valor a la entrada triunfal, a las palabras de Jesús en la cruz, a la resurrección… Pero eso son hechos que, aunque fundamentan nuestra salvación, quiero específicamente hacer énfasis, en la que rebosa la copa de la bendición. ¿Por qué? Porque, como dijera Pablo, la vanidad de la fe, radica en no conocer la dimensión para la vida, que este acto, la resurrección, trajo como consecuencia.

Yo acepte a Cristo como Señor y Salvador, pero eso de la resurrección…no del todo. Y después, le puse más atención al modelo de vida cristiana que me enseñaban, que la que el Resucitado quería vivir a través de mí. Me interesé más en saber lo que Él quería hacer en mí, que lo que yo podía hacer con Él, en mí.

Es que apreciaba más lo que Cristo había sufrido por mí, que el gozo que Él quería que yo sintiera, con su resurrección y compañía diaria. Un día leí en la carta a los colosenses en su capítulo 3, algo que disparó mi fe. Leí: Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. 2Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. ¡Entendí!

Si me había identificado con la crucifixión y muerte de Cristo para salvarme, también tenía que hacerlo con su resurrección.

Lo primero, había cambiado mi condición de vida, por haber recibido la potestad de ser hecho hijo de Dios, pero tenía que «hacerme»: Juan 1:12. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios

Y… ¿Cómo lo haría, solo por creer en lo primero? ¡Imposible! Por eso, no solo que Cristo había muerto por mis pecados, sino que, por haber resucitado, vivía conmigo para darme el poder para desarrollarme en esa potestad; para impartirme la confianza de vivir con Él, y la paz necesaria en cada aflicción que se presente en la vida. De corazón, te digo, con el Crucificado, no lo entendía muy bien; con el Resucitado, disfruto esa compañía.

¿Sabes por qué relaciono el estado actual de las cosas, con la resurrección? Primero, por la cercanía reciente de la Semana Santa. Y segundo, porque en medio de este trato de Dios con el mundo, tampoco entendemos esa extraña manera de ser de Dios.

Ahora, si hemos resucitado con Cristo, es porque nos identificamos con su muerte por nuestros pecados. Pero estamos buscando las cosas de arriba, o sea, en el Resucitado que está en nosotros, y no las del mundo.

Porque no entender las obras y operaciones extrañas, y enfrentar las adversidades, ignorando u olvidando que nuestra vida está escondida en Él, y no entre los condenados, es nuestra tendencia. Es por eso que juzgamos mal la obra extraña de Dios, por desconocerla y no entenderla, y rogamos como cree nuestra mente finita y no la del Resucitado que vive en nosotros.

Reflexione en esta escena que nos describe Lucas en su Evangelio, entre los participantes del momento previo a la resurrección:

Y uno de los malhechores que estaban colgados le injuriaba, diciendo: Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros. (él no sabía, que Jesús estaba haciendo eso precisamente. Porque era a la manera extraña de Dios)

40Respondiendo el otro, le reprendió, diciendo: ¿Ni aun temes tú a Dios, estando en la misma condenación? 41Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; más éste ningún mal hizo. 42Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. 43Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.

Cuando juzgamos la manera extraña de Dios hacer las cosas, sin ver detrás de ello su buen propósito, incluyendo la resurrección, como el incentivo fundamental de nuestra fe, puede que roguemos como el primer ladrón del relato «a nuestra manera». Y no reconozcamos la grandeza de Dios como lo hizo el segundo.

Note, que aquél primero, moriría sin ver a Jesús en el paraíso. El otro en cambio, que reconoció en Él, la posibilidad de salvarse, El Señor le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso. Medita en esto. No digo que seas ladrón o estés en una situación crítica como la de este hombre, pero… hablando de resurrección ¿Tu ruego es para estar con Jesús, en un mañana, en el paraíso?

Realmente todos quisiéramos que Dios pasara de nosotros esta copa, pero como hijos de Dios, desarrollando la potestad que nos dio sobre las cosas, diremos como Jesús cuando oraba en Getsemaní antes de la cruz, para resucitar y estar con nosotros: Más no se haga mi voluntad, sino la tuya.

No olvides: Nuestras vidas están escondidas en Dios, porque moramos bajo su sombra. Ahí, ciertamente el bien y la misericordia, nos seguirán todos los días, en cualquier condición que estemos.

Lea aquí la primera parte de este artículo.