Texto bíblico: Mt 5:5

Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.

De forma general pensamos en los diferentes aspectos de la vida, primariamente, en función de nuestra relación horizontal: en la forma que actuamos y reaccionamos ante las personas que nos rodean. Pero esta metodología es equívoca. El cristiano debe aprender a relacionarse primero con Dios y luego con sus semejantes.

¿Qué significa esto en el contexto de la mansedumbre? El que es manso para con Dios será manso para con todos los demás, el que nos es manso para con Dios no será manso para con los que le rodean.

En este artículo veremos cómo se manifiesta la mansedumbre en el creyente, pero, en su relación vertical: en su relación para con Dios.

En primer lugar, la mansedumbre para con Dios se muestra en una sumisión a su voluntad, sobre todo, cuando nos encontramos en situaciones aflictivas. La biblia nos narra varias situaciones en que podemos observar esta característica en la práctica.

Cuando Samuel (1ra Sam 3:18) anunció a Elí que sus hijos morirían por el pecado, Elí dijo: “Jehová es, haga lo que bien le pareciere”. El hombre manso guarda silencio ante el actuar de Dios porque él sabe que Dios posee toda sabiduría y, por tanto, todo lo que Dios hace está bien hecho. Este hombre también sabe que todo lo que Dios permite en la vida del creyente es para bien. Tenemos el ejemplo de Job, quien guardó silencio en su corazón y no atribuyó despropósito alguno a Dios en Su actuar.

Es curioso el hecho de que Dios permitió lo que permitió en la vida de Job y nunca le reveló el propósito por lo cual lo hizo. Usted puede leer todo el libro y verá que Dios nunca le dijo a Job por qué permitió todas esas desgracias en su vida. Tenemos que tener presente que Dios es Dios, que el actúa con sabiduría y que no somos nadie para demandar explicaciones. Pero podemos estar seguros, de que Él (Dios) siempre estará obrando correctamente  no importa la situación que estemos atravesando.

El problema radica en que muchas veces decimos que creemos en la sabiduría de Dios cuando la realidad es que estamos descansando en nuestra propia sabiduría. ¿Cómo se manifiesta esto en nuestras vidas? Cuando el obrar de Dios en nuestras vidas produce cosas que nos benefician y nos hacen sentir bien decimos: “Wow, que tremendo es Dios, que grande, que sabio”.

Pero cuando Dios en su providencia divina nos conduce a situaciones difíciles y engorrosas donde nada parece tener sentido entonces empezamos a murmurar y a cuestionar la sabiduría de Dios. Es en este tipo de situaciones donde podemos comprobar si realmente estamos confiando en Dios o en nuestra propia sabiduría.

No podemos confiar en Dios, únicamente, cuando su obrar satisface nuestra lógica y nuestros deseos porque eso mostraría que estamos confiando en nuestra lógica y no en Dios y, peor aún, que andamos detrás de las cosas que Dios pueda darnos y no de Dios mismo.

Es en esos momentos que podemos examinar nuestro corazón para ver si amamos a Dios por quien es Él o por las cosas que nos da. Esa fue la insinuación de Satanás cuando se presentó delante de Dios (Job 1). En el versículo 9 del capítulo 1 Satanás le responde a Dios: ¿acaso teme Job a Dios de balde? En otras palabras: “¿tú crees que Job te ama y te sirve de gratis? No, nada de eso. Job te teme y hace tu voluntad por todos los beneficios que le das. Déjame arruinar su vida para que veas cómo te maldice en tu misma cara”. Satanás le estaba insinuando a Dios que Job era un interesado. Como conocemos el resto de la historia sabemos que Satanás estaba equivocado con respecto a Job, pues mantuvo su integridad y su confianza en Dios en todo momento, dándonos una cátedra de lo que es ser un hombre manso. El hombre manso para con Dios reconoce que Dios es digno de toda la gloria y la alabanza aun cuando no nos dé nada.

En segundo lugar, la mansedumbre para con Dios se muestra en un espíritu flexible a Su palabra. El hombre manso anhela con todas las fuerzas del corazón conformarse a la mente de Dios. Entonces, cuando este hombre descubre que hay áreas de su vida que no se conforman a la palabra este hombre se levanta contra su corrupción y lucha por aplicar lo que la palabra enseña en su vida. El no se levanta contra el mandamiento, no se levanta contra  Dios. El pelea consigo mismo. Esto es lo contrario de lo que hace el hipócrita. El hipócrita levanta todo tipo de objeciones y pela con Dios porque sus mandamientos son muy “duros”. El hipócrita buscara siempre la manera de excusarse para justificar su conducta contraria a la palabra.

La carta de Santiago nos dice con claridad que una condición necesaria para que la palabra de Dios tenga cabida en el corazón es que sea recibida con mansedumbre (Stg 1:21). Cuando la palabra es expuesta correctamente una de las cosas que hace es dar convicción de pecado. Cuando un hombre manso se da cuenta que su pecado ha sido expuesto, se quebranta y acude al trono de la gracia para clamar por misericordia, en cambio, el que no es manso reaccionará con ira y enojo.

Veamos dos ejemplos. Todos sabemos que aunque el rey David fue un gran siervo de Dios, transitó por un periodo de oscuridad tremendo en su vida. Después de las cosas atroces que David hizo ─adulterio y asesinato intelectual─ el capítulo doce de segunda de Samuel nos narra como Natan es enviado por Dios para confrontar a David y mostrarle lo mal que había actuado. Una vez que Natan le declaró a David su pecado y las consecuencias que vendrían como resultado del mismo, nos encontramos en el versículo trece con una asombrosa declaración de reconocimiento: “Pequé contra Jehová”. No había excusas que dar. La palabra de Dios lo había confrontado y como un hombre de Dios que era, simplemente, reconoció que había actuado mal. Eso es lo que hace un hombre que es manso para con Dios.

El otro ejemplo es completamente diferente (1ra Reyes 22): tenemos una situación donde se busca un profeta de Dios para consultar Su voluntad. Un rey le pregunta al otro: ¿hay aquí algún profeta de Jehová que nos pueda decir cuál es la voluntad del Señor? Y el otro rey responde: si, hay uno. Pero me cae muy mal porque nunca me profetiza lo que quiero. Esta es la conducta del hipócrita, de aquel que no es manso para con Dios. Cuando la palabra de Dios les muestra que están actuando mal estos hombres se aferraran a cualquier cosa con tal de mantenerse en sus pecados.

El verdadero creyente, aun cuando puede atravesar por momentos de decadencia espiritual, es manso para con Dios. Cuando la palabra de Dios le muestra su pecado se quebranta y lucha por someterse a la voluntad de Dios.

Elige ser un verdadero creyente.