Por Enrique Piñeiro

El hecho de vivir una vida encarnada en un hombre, sufriendo como uno de ellos en el mundo azotado por demonios, enfermedades de todo tipo, ideologías y religiones en oposición, demuestra el valor que Dios da a la humanidad, con un amor sacrificial.

Y definitivamente nos lleva a reflexionar sobre este tema. ¿Les damos a las personas el valor que Dios les da? ¿Nos enfocamos en los principios para amar como Él, o lo hacemos como nos han enseñado otras personas?, ¿cómo nos han enseñado otros a expresar el valor que Dios le da a la gente?

La evangelización del mundo la inició Jesucristo. Su nacimiento y desarrollo hasta el final de su ministerio encarnado debe darnos mucho en qué pensar. Sobre todo, pensar en cómo realizó esa evangelización con las primeras personas a las que les mostró la buena nueva, la manera de ser y actuar Dios con los pecadores, para reconciliarlos con Él.

Juan escribió en su evangelio la dimensión del valor que daba Dios a las personas de todo el mundo:

16Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. 17Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.

Pablo escribió a los romanos cómo él mismo mostró ese amor: “mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.”

Nos preguntamos entonces, ¿le damos el valor suficiente a la gente? ¿Sacrificamos lo necesario con tal de apreciarles como Dios lo hace y tratarles como Él las trata?

Pablo escribe a los corintios:

7De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. [He aquí el gran sacrificio.] 18Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación.

Meditemos en esto: no hay otra manera que no sea la de Dios a través de Cristo para facilitar a la gente que se vuelvan a Dios.

Pero si analizas la manera en que lo hemos hecho, no lo estamos haciendo del modo que Dios lo hizo a través de Cristo. Hay una gran diferencia, de hecho.

La manera de ser y actuar de Dios en este tema difiere un tanto de la nuestra: “…Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación.”

En esa perspectiva insistente, Pablo también escribió a los romanos acerca de los cambios cruentos a los que había que exponerse, después de haberles instruido por once capítulos en su carta:

1Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional [La manera lógica de andar.] 2No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.

¿Por qué Pablo solicita esto a los corintios? Porque con la manera de pensar humana, sin estar en Cristo, es imposible entender la reconciliación con Dios a través de Él y seguir en sus propósitos de reconciliación.

Cuando valoramos a la gente con el fin de reconciliarles con Dios, hacemos los cambios que haya que hacer en nuestra manera de ser y actuar a fin de alcanzar el propósito de Dios de reconciliarles con Él. Porque entendemos que ese actuar nos facilita a nosotros la restauración a su imagen, como miembros del cuerpo de Cristo que somos.

Es muy inclusiva la expresión “de tal manera amó Dios al mundo”

Eso es muy general y difícil de entender. El hecho de que ese amor es hacia buenos y malos en toda su maldad; inmersos en cualquier religión e ideología; personas de toda raza y lengua; en cualquier condición espiritual y físico material en la que se encuentren. Y eso no es para sentirnos abrumados, sino para hacer los cambios que sean necesarios para mostrarles ese amor, ya que ese es el mandamiento fundamental.

Pero… ¿Para ese que hizo “esto y lo otro” también es ese gran amor? La respuesta es: ¡también! Los únicos que están excluidos son el diablo y sus ángeles.

La otra expresión muy fuerte es “no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.”

Y Pablo añadía para hacerla más fuerte: “…que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación.”

O sea, ¿el espíritu de la reconciliación lleva la intención de salvar, no tomándoles en cuenta lo malo que hace continuamente la gente? Así es.

Entonces, medita: ¿Tendremos o no que hacer cambios fuertes en nuestra manera de pensar y actuar respecto a la evangelización? ¡Claro que sí!

¿Entiende por qué, en lugar de orar más por la gente, tenemos que orar más por nosotros para que podamos evangelizar con la intención en espíritu, alma y cuerpo de reconciliar al mundo con Dios?

¿No le parece que la Palabra de la reconciliación tiene más peso que el cumplimiento de una actividad evangelística que pasa por las almas como un relámpago que no trajo lluvia para la cosecha?

Finalmente, te dejamos unas preguntas directas para que apliques esta visión de Dios a tu evangelismo.

Pablo decía que Dios estaba reconciliando en Cristo al mundo con Él. ¿Y ahora? ¿Dios reconcilia al mundo con nosotros o “en nosotros”?

¿Por qué y para qué tú crees que Pablo dijo que nosotros somos el cuerpo de Cristo? ¿Por qué dijo, además, que Dios lo dio a la Iglesia como Cabeza?

Visualiza en los evangelios la manera de ser y actuar de Cristo con los publicanos, romanos, ladrones, prostitutas, fariseos… y todo tipo de pecadores. Pregúntate, ¿se parece hoy el cuerpo de Cristo o Iglesia a Aquél que Dios nos dio como referente para que como Él fue, seamos nosotros?

Debatan en el grupo las diferencias entre Cristo y nosotros en la manera de reconciliar al hombre perdido con Dios, para establecer en la práctica los cambios necesarios en nuestra manera de ser y actuar