1. coexion de Dios

 

Por: Abel Velázquez, Evangelista nacional de la ICPC

«Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer. El que en mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen, y los echan en el fuego, y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho».  Juan 15:5-7.

Jesús es la vid verdadera de la cual los pámpanos obtienen el alimento, la fuerza y el fluir del Espíritu Santo. Toda demanda que tengan las ramas, que permanecen en la verdadera vid (Jesús), será atendida por el Padre Celestial (el labrador).

Una conexión segura con Jesús garantiza que Dios nos de cualquier cosa que le pidamos.

A continuación compartirá el secreto de esta conexión que trae todas las cosas…

Israel como la vid de Dios

La Tierra Santa, aun antes de ser conquistada por los israelitas, era ya un próspero viñedo. Esto es confirmado en el informe de los espías enviados por Moisés para reconocer la tierra (Número 13:20, 24). La vid y la higuera eran las principales característica de su vegetación.

En una zona semidesértica es un privilegio tener una vid donde refrescar el calor. El sueño de cada israelita nómada era sentarse debajo de su propia vid.

Así que la vid, para el pueblo de Dios, llegó a ser un símbolo importante y muy familiar. Tanto es así que, Israel era identificada como la vid de Dios. Esta figura fue utilizada por los profetas para traer la palabra de Dios a la nación de Israel. Salmo 80:8 – 15. Eze. 15.

Jesús la vid verdadera

«Yo soy». Esta forma de Jesús presentarse y defender su divinidad, chocaba con los judíos de su tiempo, aunque no solo lo hacía para que supieran que venía de Dios, sino también como la solución para los problemas del hombre. El «Yo soy» que usaba Jesús, era una referencia directa al nombre de Dios (Éxodo 3:14), revelado a Moisés en el desierto y con el cual le recordaría su pueblo.

Jesús se presenta como «la vid verdadera»,porque Israel, que era la vid de Dios (Salmo 80:8), había fallado, pues no dio los frutos que su labrador esperaba de ella. Esto queda registrado en Jeremías 2:21 «Te planté vid escogida, simiente verdadera toda ella; ¿cómo, pues, te me has vuelto sarmiento de vid extraña? Aunque te laves con lejía, y amontones jabón sobre ti, la mancha de tu pecado permanecerá aún delante de mí, dijo Jehová el Señor».

El pecado trajo consigo que la nación de Israel se desvirtuara. Habiendo sido escogida por Dios para serle una nación santa, se prostituyó con los ídolos de las demás naciones. Esto hizo que Israel se hiciese una vid silvestre, dando frutos de inferior calidad.

Jesús es la vid verdadera, la cepa genuina, que da frutos auténticos. Jesús dio al Padre lo que Israel no pudo darle, fue obediente hasta la muerte y le ofreció su propia vida.

El vino, fruto de la vid, es el signo sacramental de la sangre derramada por Jesús en la cruz, que quita el pecado del mundo.

Nosotros como pámpanos

Los pámpanos son los discípulos que deben permanecer conectados a Jesús. El pámpano deriva de la cepa en la vid, la savia que hace posible que produzca uvas.

El maestro es la cepa principal y nosotros los gajos que nos alimentamos de su sabia. Separados de Jesús nada podemos hacer, nos secamos. Es la vid la que produce frutos, no las ramas, los pámpanos solo llevan los frutos de la vid. «Porque nadie será fuerte por su propia fuerza» 1Samuel 2:9. Nuestra fuerzas provienen de Dios.

Así como una rama no puede vivir a menos que la sabia de la planta fluya a través de ella, un cristiano no puede vivir a menos que el Espíritu Santo fluya dentro de él.

Si no damos frutos, es una señal de que el Espíritu de Dios no está fluyendo en nosotros.

Si permanecemos conectados a Jesús, su sangre fluirá a través de nosotros  limpiándonos de todo pecado, esto hace que podamos llevar más frutos. Como ramas de la vid de Dios debemos permanecer en su palabra para que podamos dar frutos y no caer en el error de Israel.

Si permanecemos en Jesús y Él permanece en nosotros, tendremos el alimento espiritual que garantizará nuestro crecimiento. Pegados a Cristo tendremos una vida abundante, fortalecidos por su amor llegamos a ser más productivos, desarrollando así todo nuestro potencial.

Si permanecemos plantados en Jesús y en su palabra, podemos pedir lo que queramos y os será hecho. Juan 15:7.

«…os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, Él os lo dé». Juan 15:16.

Este artículo se ha leído [hits] veces