Jonás Hardy Mudercia nació en Baracoa un 21 de septiembre de 1962. El Hardy, me ha explicado antes, le viene de herencia jamaiquina.

Al pastor fui a encontrarlo en su casa en medio de dos visitas distintas. A pesar de que habíamos acordado vernos desde hacía dos días. Eso no era garantía de nada. Casi siempre habría alguien en la sala de su casa, hablando del aceite, del calor, o de la falta que le hacía un poco de esperanza.

El pastor Jonás Hardy no usa nada más que un anillo sencillo en un dedo. El del matrimonio seguro. Y en su apartamento la caja del aire acondicionado está vacía.

Nos sentamos en dos bancos de madera, de esos que usan en las iglesias, en el portal techado con tejas.

Allí es donde los domingos se hacen cultos, bajo las tejas. Se dan cursos de inglés para la comunidad, se ora a Dios, se toma café con los hermanos, y los jueves se imparten clases de Biblia, bajo las tejas.

Todo en su apartamento de un edificio de oficiales retirados de la Marina.

Antes de que pueda sacar mi tablet y ponerme a grabar, el pastor Jonás Hardy me regaña un poco por llegar media hora más tarde de lo acordado.

Se quita los espejuelos y los limpia, para hacer el regaño más llevadero, y me explica que tuvo que coger un bicitaxi —para llegar a su apartamento le cobran diez pesos aunque sea loma abajo— y dejar una gestión que estaba haciendo en La Lisa.

El pastor Jonás Hardy le llama gestión a muchas cosas.

A veces es visitar al nuevo cristiano de la congregación, que hace tres meses era palero. Otras veces una gestión es buscar los mandados antes de que lleguen los hermanos al curso bíblico. Y apenas ayer una gestión se refería a botar en un saco grande todos los ídolos yorubas de la familia recién convertida en su iglesia.

Pero al fin se pone los espejuelos, y con un tono muy bajo, cruza las piernas y echa un brazo por el respaldo del banco.

Yo intento oír su voz pausada. Espero que se logre grabar. De todos modos no creo que se me vaya a olvidar ni un punto.

«Acepté al Señor en 1995», me cuenta primero que nada, es obvio que todo se trata de eso. Yo pienso que esto suena como un millón de discursos de cristianos que he escuchado antes.

La misma frase hecha. La he escuchado demasiadas veces. Si pudieran al menos decirlo con sinónimos…

«Fue en medio de una fuerte lucha en mi vida, porque había cumplido un año de muerto el único hijo que tenía

«Había muerto en un accidente cuando tenía un añito». —No me da tiempo a mirarle a la cara. Ni quiero ya.

«El matrimonio que yo tenía se había destruido, yo estaba en alcoholismo, en adicción, en las drogas. Mi vida era un desastre.

«Había una voz que me decía “tírate del edificio, mátate”, y otra voz que me decía “mata al que mató a tu hijo”… porque trabajábamos juntos, éramos compañeros de trabajo él y yo.

«Y entonces yo no conocía a Dios» dice con el tono de quien comenta por lo bajo sobre el calor, o sobre algo que llegó a la bodega.

Yo sigo sin saber bien si ya debo mirarlo o dejar pasar esta parte del cuento. Miro a la grabadora y finjo registrar los niveles de volumen.

«Y le dije a Dios “ayúdame a salir de todo esto y yo voy a vivir para ti”».

En este momento Jonás Hardy mira por primera vez hacia ninguna parte. Parece que ahora mismo está haciendo la misma oración que aquel verano de 1995.

«Yo salí buscando una iglesia y cuando me bajo en la parada de Maternidad, yo dije “Bueno ¿y ahora para dónde cojo?, porque no había ido nunca a la iglesia.

Y vi a una mujer por allí… diferente a todas… y le pregunté  “Señora, ¿usted no conoce dónde hay una iglesia aquí?” y me dijo “Sí, mijo, yo voy para la iglesia”, y me llevó para la Liga».

Se refiere a la Liga Evangélica de Cuba.

«Esa hermana se llamaba Odalys… Odalys», a Jonás Hardy le parece que debe repetir su nombre dos veces.

No lo repite para mí.

«Allí en la Liga yo me entregué al Señor.

«A partir de ese momento comencé a caminar con el Señor. Ahí yo estaba con mis luchas, mis batallas, pero me deshice de todo lo que pertenecía al enemigo, al maligno, y decidí caminar con el Señor, —ya lo ha dicho con esta tres veces, cada vez más sonriente— y ahí fui creciendo poco a poco».

«Me bauticé, y en el año 1997 me casé con Alina. Yo la conocí a ella en una célula y nos hicimos novios y nos casamos en el 97».

«Pero yo me bauticé el día 21 de marzo y me casé el 27 de marzo, el mismo mes nos casamos, nos bautizamos juntos.»

Jonás Hardy me dice esto último rápido, pero bajito. Así mismo se le suele ver caminar. Rápido, pero sin contaminarse de la ansiedad de todos los que le rodeamos.

Yo me doy cuenta de que coge velocidad su cuento y meto la cuchareta. No puede dejarme fuera los detalles.

Pero eso fue un proceso, me imagino…

«Doy gracias a Dios porque mi vida tuvo una transformación. Empezó a cambiar ».

Ahora debe venir ya la parte donde es pastor y funda una iglesia y tal vez todos le hacen regalos, y vive más cómodo… pienso.

«Yo le pedí al Señor poder limpiar un baño que había en la iglesia de los hombres, era un solo bañito, muy sucio, le pedí al Señor, “Por favor, Señor, déjame limpiar ese baño, en el anonimato, yo lo voy a hacer para ti”. Bajo de nuevo la mirada. Jonás Hardy sonríe, como si supiera por qué.

Miro los botones del tablet, regulo el volumen. Él se apiada a seguir.

«Y después me llamaron como ujier.

«Yo le dije “Señor, yo no te pedí ujier, yo te pedí limpiar el baño, y él dijo “No, no, no, a ujier” entonces comencé a servir como ujier.

Me doy cuenta de que habla de Dios así, como mismo se hace un cuento de un vecino o de tu hijo, le pone su misma voz, no cambia la voz en el cuento cuando Dios le habla. “No, no, no, a ujier”, le dijo Dios.

«Después me llamaron como maestro, en el Vedado, y ahí comencé  a pasar cursos, en la Liga con el pastor Alejandro Nieto, y a crecer.

«Después yo trabajaba en una embajada, en la embajada de Suecia.

Ahí está al fin el momento de comodidad, pienso.

«Y cuando me llamaron a tiempo completo dejé la embajada».

El hijo llega de la escuela, lo interrumpe, lo besa, con cara de hambre y fastidio. Es un adolescente espigado de quince años. Me sonríe, y Jonás Hardy le pasa la mano por la espalda, le dice «Tranquilo, tranquilo», y le sonríe sereno, como diciendo, ve a adentro que estoy ocupado.

El chico entra sin chistar.

«Pero en medio de todo ese proceso pasó algo en mi vida. A mí me diagnosticaron el VIH, en el IPK.»

Dejo de seguir el rastro del hijo y lo miro sin disimulo.

Entiende la mirada.

«Yo fui a hacerme un chequeo porque estaba muy bajo de peso, y tenía muchas diarreas, y me hicieron la prueba del VIH.

«O sea,  fui a la otra semana del examen y todo estaba bastante bien, pero me había dado positivo el VIH.

«Me atendió el doctor Bandera.»

Jonás Hardy peleó en Angola en los años noventa. De regreso a Cuba fue líder sindical. Y pareja de muchas mujeres… a la vez.

De África vinieron los primeros casos de SIDA en Cuba. El doctor Bandera aparece en Google cuando trato de verificar información, pero siempre como tutor, o en la bibliografía de los trabajos del IPK.

Luego no encuentro una foto del Doctor Bandera. Solo sus iniciales en los consultantes, Bandera JF. Sin embargo, en la voz de Jonás Hardy, Bandera tiene su misma voz, igual que Dios. En la voz de Jonás Hardy todo el mundo es como su familia.

«Me dijo “Mira, te voy a mandar a hacer las pruebas del VIH de nuevo”. Y cuando regresé la otra semana, a la otra consulta me volvió a dar positivo el VIH. Dos veces me dio positivo el VIH.

«En esa segunda vez yo le dije al doctor, “No, no, Doctor, esto fue que se equivocaron” y él me dijo “Aquí no hay equivocación, pero vamos a hacer una cosa, vamos a repetirte la prueba”.

«La otra semana más arriba yo volví, y cuando volví había una muchacha que la habían diagnosticado de VIH; ella antes era cristiana, y estaba recién diagnosticada y muy desconsolada.

«Yo le expliqué “Chica, mira, Jesucristo ya te dio la sanidad, tú lo que tienes es que apropiarte de ella”. Y ella se consoló. Estaba allí para otro doctor.

Otra muchacha que usted conocía, era familia suya?

«No. Ella estaba ahí para otro doctor.

«Y el médico me llama y me dice “Jonás, ya yo no puedo hacer más nada por ti, la prueba te volvió a dar positivo, recuerda que tú llevaste una vida muy promiscua antes“.

«Yo le dije bueno, dice La Biblia que el que está en Cristo, nueva criatura es, las cosas viejas pasaron, —Jonás Hardy quiere que yo complete el verso. Me lo sé, pero lo completo a medio decir. Él lo termina riendo un poco, como si lo disfrutara: «He aquí todas son hechas nuevas.»

«Así que o no voy a estar arrastrando con mi vieja vida, —me doy cuenta de que está aquí hablándole al doctor—ya Jesucristo perdonó mis pecados y los echó al fondo del mar, yo voy a obedecerle en lo que tenga que hacer, pero yo sé realmente que Dios me ha sanado.

«Me dijo “bueno, tienes que irte pa´ tu casa, y te van a ir a buscar.”

«Un día llego a la casa, todo esto fue en el año… 2004, y veo un papel por debajo de la puerta que decía, “tiene que presentarse en el policlínico urgente, y buscar a la doctora tal”.

«Entonces cogí y fui por la mañana, a allá, le dije “¿usted es la doctora fulana?” Me dijo “ven, ven, para el segundo piso”.

Gesticula ansioso por primera vez, pero me doy cuenta de que la ansiosa en el cuento era la doctora tal. La está interpretándola.

«Fuimos para el segundo piso y cerró la puerta, yo le dije “¿qué problema hay, doctora?”. “No, porque usted sabe, que mire, quisiera explicarle, pa´ que usted me entienda”… yo le dije “doctora… hable claro… por favor”. Pero lo dice muy despacio, y gentil, como si la noción del tiempo de Jonás Hardy no existiera.

Me imagino a la doctora tal avergonzada, y un poco asombrada. Sin darme cuenta pongo la cara de la doctora tal

«”Usted se hizo una prueba en el IPK” …

«Yo le dije doctora, el problema es que ustedes le tiene miedo a las enfermedades, para ustedes el tema ese es… clave.

«Pero sin embargo, lo más malo no son las enfermedades, lo más malo es estar apartado de Dios, eso es lo más malo porque cuando usted está lejos de Dios, usted está apartado de la vida eterna, y Dios ha provisto una vida para que vivamos una vida en abundancia.

En este punto no sé si Jonás Hardy me está recordando esto a mí o a la doctora tal. Pero estoy segura de que tengo la cara de ella puesta.

Uno pensaría que al menos en esa parte Jonás Hardy iba a apurarse. Pero no. Todo eso lo dice muy sereno. Muy despacio. Temo que no se grabe.

«Además, quiero decirle —ya esto tiene que ser conmigo, porque se está sonriendo— que el motivo por el cual Dios me trajo a aquí, fue para decirle a usted que Dios le ama, doctora, ama a su familia. Dios me trajo aquí para decirle eso  a usted.»

«Usted trabaja en un laboratorio con productos químicos… pero yo trabajo con almas», se sonríe como un Cristo paciente.

«Ella me dijo, “Ah, ¿ud. es pastor?! Bueno, mira vamos a hacer una cosa, te vamos a hacer la prueba más grande que hay que se llama la prueba de Western Blot . Se demora 21 días el resultado.

«“No obstante vamos a hacerle pruebas a su esposa, y sus hijos también. Y vamos a sacarle la sangre a usted ahora. Esa sangre se lleva para el laboratorio central para hacer esa prueba”.

La enfermera, cuenta, se demoró en venir. Me la imagino cuchicheando con la doctora tal que tiene que extraerle a un seropositivo. Un poco nerviosa.

«Cuando vino tenía unos guantes largos así por acá, yo dije, bueno…» —la mueca es poesía.

Un señor pasa e interrumpe la frase, le hace señas a Hardy sin hablar, desde la cerca. Me doy cuenta de que es por una traqueotomía. No tiene voz.

Jonás Hardy se vira y le sonríe amplio, con jajas incluídos, no ahorra calorías, y le pregunta si ya no le gusta su café. Le dice adiós con la mano porque el hombre sigue caminando. Lleva un pantalón que casi se le cae.

«Tiene cáncer de garganta, me explica Jonás Hardy. «Vive por aquí…»

Se demora un poquito más en perder de vista al hombre y dejar de sonreír. Y vuelve al policlínico con la enfermera enguantada.

«Me sacaron la sangre.

«Y le dije doctora, nos vemos en 21 días, entonces.

«En esa época yo estaba atendiendo como líder varias zonas, Lawton, Diez de octubre, San Miguel del Padrón…

«Y yo seguí atendiendo a todos esos territorios, pero tenía que salir preparado, porque tenía diarreas donde quiera, en la calle.

«Seguía con los mismos síntomas.

«Como me habían dicho que hablara con mi esposa. Yo cogí y la llevé a caminar un día y empecé  a explicarle. Y ella me decía “¿y ahora nuestros hijos?, ¿y si nosotros nos morimos, ellos, qué pasa?”. Yo le dije, “en estos momentos no podemos dudar de Dios” .

«En medio de eso se lo dije a un hermano, buscando apoyo de él, y el hermano en vez de apoyarme, fue peor la cosa.»

¿Y no estaban tensos ustedes dos?, me imagino…

«Nosotros estábamos orando mucho, y como seguíamos sirviéndole a Dios, no nos daba tiempo a caer.

«A mí me hicieron una historia clínica, que la tengo por ahí, voy a buscártela pronto.

«En medio de todo eso hay un hombre que le diagnostican cáncer, y yo voy a orar por el hombre, y él tuvo un cambio sobrenatural.»

Jonás Hardy tiene pasión por cambiar la historia de él hacia otras personas. Todas hablan con su misma voz. Los distinguen los gestos faciales.

«Y yo estaba pasando por todo aquel proceso pero yo dije “no puedo ponerme a quejarme aquí delante de él.»

Ahora cambia el rostro. Esto que va a decir es suyo propio. Y parece que lo esté subrayando, con el índice alzado.

«Pero en medio de todas esas luchas Dios se glorifica.»

«Entonces a los 21 días no me avisaron. Yo seguí orando a Dios.

«Dos meses y no me avisaban. Entonces yo un día tenía que ir al policlínico a sacar un turno a mi hijo Samuel de la vista» —otro personaje que no es él, el diagnosticado, el que debía ser único centro de la historia, es un reparto de secundarios por todos lados—  «y dije voy  a subir a ver a a la doctora, y cuando la veo, ella me dice “Jonás Hardy, anoche mismo estaba hablando con mi esposo de ti”.

«¿De mí?, Y eso por qué, doctora»

«”Porque ya llegó el resultado ya…  y dio negativo”.

«Y yo le dije, tranquilo, “Gloria a Dios”.

Un hombrecillo con tres cadenas y unos músculos de aceite inyectado sale de la escalera del edificio y lo llama con efusividad. Jonás Hardy le ríe con jaja y hace un giro completo en el banco para atenderlo. Le dice “Hombre”, y se ríe con la mano también en el aire. El hombrecito de las cadenas está satisfecho. Se aleja riendo con su novia de la mano. La novia tiene el pelo muy lacio. Debe ser artificial.

Yo aprovecho y chequeo que la batería me alcance.

Jonás Hardy va a  cerrar el cuento ya. Lo sé por el ruido dentro de la casa. Debe haber cosas que tiene que atender.

«Después de todo eso he tenido el privilegio de poder servirle al Señor, también en el Este de La Habana.

«En la comunidad Pepito Tey, cerca de Tarará. Y allí Dios hizo cosas maravillosas, allí Dios hizo algo extraordinario.

«¿Te conté que la familia recién convertida botó sus ídolos ayer? Salí de ahí a las diez y pico de la noche, debajo de agua.

«Todos tenían ídolos, y oramos para romper ese pacto y hacer pactos con el Señor.

«Lo que yo sí te puedo decir, es que cuando la gente se entrega así al Señor, Él se glorifica, y todo cambia, las cosas fluyen, cambian. Comienzan a vivir la vida».

Me está hablando de una familia de cuatro miembros que se entregó a Cristo cuando él oró por la sanidad de la esposa depresiva. La mujer salió de la cama después de tres días, cuando Jonás Hardy fue a orar por ella.

«Si vienes el domingo los ves aquí. Están transformados.»

Ese cuento le recuerda otro de cuando tuvo que quemar unos ídolos y una delegada lo quería meter preso. Él, me cuenta, le dijo que buscaría agua para apagar el fuego y fue con toda su calma. Cuando regresó ya no hacía falta el agua. El fuego había consumido todo. «Así es Dios»

Me sonrío observándolo despacio.

Él me sonríe de vuelta, con la risa amplia, y el jaja incluído.

Jonás Hardy, si te dejo, ni se trata de ti el cuento.