La verdad es que nos encanta la epopeya. Imaginarnos llevando la palabra del Evangelio a distantes naciones, con tintes de aventura a lo Hollywood, surcando el océano o parados en lo más alto de un escenario, hablando a presidentes mundiales sobre Cristo. Con una música toda emocionante de fondo.

Yo de paso, me imagino el viento batiendo mi pelo al estilo más épico, y las lágrimas de los que escuchan cayendo tipo novela mexicana.

Oh, sí, Señor, sembradores como Pablo, viajantes arriesgados, sin temor de persecuciones y torturas.

En medio del sueño mi vecina comienza a pelear con su hija y a soltar sus palabrotas, y despierto, molesta, quejándome de la «siempreimpíavecinadeallado»…

Ahhh, pero servirle a esos pobres marginados de otras naciones, en el nombre de Cristo. Eso sí, Señor. Eso sí.

En eso consiste el servicio en nuestra mente. Por lo menos, se nos hace más fácil pensarlo cuando imaginamos a los pobres niños de naciones africanas, o a los indígenas selva adentro. Luego nos frustramos de ser cubanos y no poder llegar ni a la esquina. Pero ni pensar en que el señor de la casa de al lado, o el panadero de todos los días también pueden ser campo de nuestro servicio. Eso no tiene mucha honda en nuestra mente carnal.

Pero la verdad verdadera es que nuestro radio de acción vital no es tan lejano ni tan amplio. Hoy día, tal vez ver demasiadas películas o usar las redes sociales, atestadas de sus épicas y poco creíbles fotos, nos ha llenado la cabeza de delirios de falsa grandeza. Y esa grandeza luce mucho más bonita para nuestra carne que la grandeza de Dios, que viene desde lo pequeño.

No concebimos el servicio como un brazo extendido al necesitado que tengamos más cerca. Ni se nos ocurren muchas ideas creativas. Todo parece tener el mismo molde.

Ahhh, pero si somos algo más realistas, y cristocéntricos… ¿Acaso Dios no hace todo de adentro hacia afuera? ¿Acaso no podríamos comenzar a esparcir el evangelio con pequeñas acciones desde lo más cercano?

¿Cuál podría ser el verdadero radio de acción de una persona en toda su vida. Digamos, una persona cubana? Probablemente a diario, entre tu ciclo de escuela, trabajo, iglesia, barrio… tengamos influencia real, directa, en unas veinte personas… aproximadamente. Sin contar los extraños con que nos topamos a diario, o los conocidos poco íntimos.

Solo a esas veinte o treinta personas alcanza el nivel de cercanía de tener una conversación profunda, en la que podrías hablar del evangelio de Cristo.

Pero qué tal si contamos a todas las personas por las que podrías hacer algo mínimo, para sembrar la creciente semilla del testimonio.

Revisemos juntos pequeñas ideas sobre cómo comenzar a sembrar una semillita de salvación mediante tu ejemplo.

1 Coge el machete y a chapear

Foto: Tomada de El Invasor

Síii, cristiano cubano, no te creas que te libraste del machete por salir del «verde». La verdad es que aunque no puedas coordinar grandes hazañas comunitarias, coger un machete con un hermano de tu iglesia y salir a chapear un área de edificio en el nombre del Señor es tremendo modo de esparcir un testimonio sobre Cristo.

La recomendación es que ores primero, para que el Espíritu te guíe. Escoge un edificio que esté alzadito de yerba y necesite una mano. Y habla con el presidente del CDR. Dile que los cristianos de la comunidad quieren servir porque La Biblia así lo manda. Y que es un placer.

Verás cómo se asombra de un gesto tan extraño. Y créenos, estarás sentando un importante precedente para que los testigos un día se abran a escuchar del amor de Dios.

2 Flores, flores, y bendiciones de Dios…

En cada municipio de este país si hay algo es un prado… que recientemente se han convertido en zonas wifi, por cierto 😉 Pero ese espacio de reunión civil es ideal para tener pequeños y hermosos gestos hacia la gente a la que Dios quiere rescatar.

No te vayas a lo grande a la primera. Ora, ante todo, y acércate con un pequeño gesto de amor. Una flor para las damas que halles a tu paso, con un deseo de la mejor semana para su vida y bendiciones de Dios para su familia. De seguro, si lo adornas con una sonrisa sincera recibirás una reacción asombrosa. El recuerdo de esa persona de que alguien la bendijo en nombre de Dios, perdurará para cuando otra persona se acerque a hablarle más profundamente. ¿O no conoces a nadie que te diga «yo una vez vi a un cristiano hacerme un favor»?

3 El café abre corazones

Hay siempre puntos en que los obreros, cada mañana, toman el transporte hacia sus trabajaos, y se aglomera un pequeño grupo de gente.

Decide preparar dos o tres cafeteras una mañana de lunes, por ejemplo, cuando comienza la semana. Apóstate con un cartel que diga «Café gratis con bendiciones de parte de Dios» y dale una sonrisa sincera a cada persona que se acerque a tomar. No intentes dar largos planes de salvación ni información a menos, eso sí,  que alguien te la pida.  Pero siempre con mucha calma y sin denotar ningún tipo de ansiedad, recuerda, que estás de sembrador, no de cosechador.

Tú puedes ir completando una lista como esta, que esté más apegada a ideas frescas y propias. Quisimos solo motivarte.

Estamos seguros de que si oras y encomiendas a Dios alguna de esas pequeñas acciones, tendrán una bella recompensa, aunque no te toque verla el mismo día. Ten por seguro que para compartir el amor inmerecido de Dios hacia sus criaturas hay un solo modo eficaz… haciéndolo.