Texto bíblico:

Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido (Mt 23:12).

Algo que podemos observar con claridad en los evangelios es que una de las razones por lo cual Jesús usó descripciones despectivas de los hipócritas fariseos es porque en el fondo la raíz de la hipocresía es el orgullo. Esa es la razón por la que vemos a nuestro señor Jesucristo llamando constantemente a las personas a una actitud de humildad, a una actitud sincera y transparente fundamentada en la verdad.

Ahora, ¿Qué es el orgullo? ¿Cómo se manifiesta? ¿Por qué es tan destructivo? ¿Hay algo que podamos hacer para combatirlo?

La verdad es que el orgullo es algo bastante difícil de definir. La razón de esto es que tiene muchas caras y alguna de ellas son muy sutiles y difíciles de reconocer ya que se presentan aparentemente despojadas de los ropajes de la arrogancia y la autosuficiencia.

Por ejemplo, dos formas completamente diferentes, tanto en apariencia como en contenido, y sin embargo, ambas guiadas por el orgullo son: la jactancia y la autocompasión. Estas son dos caras de la misma moneda llamada orgullo.

La jactancia, el alarde y ese tipo de cosas, no son más que la actitud del orgullo ante el éxito, la fama y la popularidad. Cruzando la calle, en la acera del frente, se encuentra la autocompasión que no es mas que la actitud del orgullo ante el sufrimiento, los fracasos en la vida y el esfuerzo no reconocido.

La jactancia dice: “merezco la admiración de las personas porque he logrado muchas cosas importantes”, “merezco la admiración porque me he esforzado y he trabajado con gran denuedo”, “tienen que reconocer que este ministerio ha salido adelante gracias a mi”, o, “sin mi jamás habríamos logrado que la iglesia camine tan bien”, etc. En la otra acerca grita la autocompasión: “merezco la admiración de las personas por lo mucho que me sacrifico y sufro”, “merezco ser más valorado porque me esfuerzo mucho”. La jactancia es la forma en que el fuerte expresa el orgullo, mientras que la autocompasión es la forma en que lo hace el débil. La jactancia es la melodía del autosuficiente y la autocompasión la del sacrificado.

Es muy importante que captemos la distinción entre estas dos manifestaciones diferentes del orgullo. La razón por lo que la autocompasión no nos da la impresión de ser orgullo cuando la vemos es porque se disfraza de necesidad. Pero si examinamos el punto con un poco más de detenimiento nos damos cuenta que dicha necesidad nace de un ego herido. Este sentimiento de necesidad no proviene de alguien que reconoce que no vale nada delante de Dios, que no posee ningún mérito propio que presentar para ser aceptado, sino que proviene de alguien que está inconforme con su valía no reconocida. No es más que la actitud de un orgullo que no está siendo aplaudido.

En el fondo el orgullo no es más que una compleja disposición del ser humano a auto-gobernarse, auto-complacerse en los méritos propios y el disfrutar sentirse superior a otros.

El Señor nos manda a abandonar esa nociva sensación de mérito, esa ridícula creencia de que somos superiores a otros por nuestras habilidades o las cosas que hacemos. En Lucas 18 nuestro señor Jesucristo nos cuenta la parábola del fariseo y el publicano. En dicha parábola nos muestra dos actitudes completamente opuestas: un publicano quebrantado delante de la presencia de Dios clamando por misericordia, pues se veía a sí mismo como alguien vil y necesitado de la gracia de Dios. Sin embargo, el fariseo se veía a sí mismo como alguien que debía ser recompensado por las grandes cosas que hacía.

Es hasta gracioso el hecho de que el fariseo inició su discurso bien sazonado de orgullo con la frase piadosa: “Dios, te doy gracias”. Todos conocemos el resto de la historia, el publicano humillado descendió a casa justificado mientras que el fariseo orgulloso lo hizo en serios problemas con la justicia divina. En esta parábola el señor nos muestra la diferencia entre un humilde deleite en convertirse en una mejor persona por la acción de la gracia de Dios y un deleite orgulloso en vernos a nosotros mismos como superiores a los demás. Y es que el orgullo no se deleita al crecer en santidad sino en sentirse superior.

Pero debemos saber que el orgullo no se manifiesta únicamente a través de esa fuerte sensación de mérito personal, sino también, en el anhelo y deseo de ser alabado por los hombres. Jesús nos advierte seriamente que no hagamos las cosas con el fin de ser vistos por otros para que estos nos alaben, veamos algunos ejemplos en las Escrituras:

Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos, de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos (Mt 6:1).

Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser visto de los hombres (Mt 6:5).

Cuando ayunéis, no seas austeros, como los hipócritas; porque ellos demudan sus rostros para mostrar a los hombres que ayunan; de cierto os digo que ya tienen su recompensa (Mt 6:16).

En estos versos que hemos visto que Jesús usa el calificativo de “hipócritas” porque en su actuar ellos aparentaban estar deleitándose en la piedad y glorificando a Dios, cuando en realidad estaban haciendo todo lo contrario, estaban deleitándose en la alabanza de los hombres. Así de sutil y engañoso es el orgullo.

Querido hermano, hay cientos de formas en las que el orgullo se manifiesta para ganar la alabanza de los hombres. Los escribas y fariseos amaban los lugares de honor en las celebraciones y los primeros asientos en las sinagogas y las salutaciones en las plazas y el ser llamados maestros por otros.

El punto no es que ser llamado maestro sea algo malo en sí mismo, ni tampoco sentarse en un lugar de honor. El asunto es aquello que amamos, aquello que deseamos y atesoramos. Cuando analizamos estos textos, y otros más, aprendemos que el orgullo es dirigido por un deseo de ser honrado con posiciones y títulos. Es por eso que toda actitud que incube y promueva el argullo debe ser rechazada, no importa cuanta piedad aparente tener.

Debemos permanecer alertas en el cuido de nuestra salud espiritual para que podamos eliminar toda actitud que promueva el orgullo en nuestras vidas. Debemos vivir cada segundo de nuestras vidas a la luz de la gran verdad expresada en el evangelio de Lucas:

Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos (Lc 17:10).

¡Esta es una declaración impactante! ¿Qué nos está diciendo este texto?

En las enseñanzas de Jesús hay una conexión entre la humildad y el servicio. Ser humilde es ser un sirviente. No son la misma cosa, pero la humildad siempre lleva al servicio gozoso. El verdadero cristiano se mueve de ser pobre en espíritu ─reconocer que no tiene base alguna para meritos propios y que todo lo que es lo es por la gracia de Dios─ a confiar en la gracia de Dios con la dependencia de un niño a tener un corazón de servicio. Los pobres en espíritu son completamente diferentes aquellos que como el fariseo en el templo “se ven como justos que merecen el favor de Dios”. Ellos saben muy bien que son la gracia y la misericordia de Dios las que nos llevan de la mano.

El hecho de que somos siervos inútiles, pues solo hemos hecho lo que nos toca hacer, es una declaración  completamente devastadora para todo vestigio de orgullo que  quiera florecer en nuestras vidas. Jesús nos dice que ningún grado de obediencia, del peor al mejor, puede reclamar nada de Dios. No importa cuál sea el grado de nuestra obediencia, la actitud correcta es decir: “solo hago lo que debo hacer”. Esta convicción es la raíz misma de la humildad. Nuestros logros no ponen a Dios en deuda con nosotros, pero en su maravillosa gracia él nos ama, tiene misericordia de nosotros y nos bendice.

Dios te bendiga.