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Hasta que la muerte nos separe

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Hasta que la muerte nos separe

Pregunta:

Me casé con mi esposo hace varios años, al principio todo era maravilloso, pero con el tiempo aunque ya habían llegado dos niños, el paraíso en que vivía se volvió un infierno. Hoy puedo afirmar que ya no amo a mi marido, me duele decir esto, pero es la verdad. El me maltrata, me ofende, golpea a los niños, me menosprecia delante de todos. Aunque he tratado de sobrellevar las cosas por mucho tiempo por amor a los niños, ya no puedo más. ¿Qué puedo hacer? La Biblia me dice que no me puedo separar de mi esposo a no ser por fornicación, pero no sé qué hacer. Ayuda por favor.

Respuesta:

Lamentablemente este no es un caso aislado y mucho menos sin precedente. Con frecuencia encuentro mujeres que padecen de lo mismo o algo muy similar, lo más triste es cuando lo encuentro en el seno de la iglesia entre cristianos “maduros y consagrados”.

¿Cuáles la raíz de este pecado? La mayoría de los creyentes han contraído matrimonio sin haberse preparado o haber recibido instrucción previa para la convivencia. En la literatura familiar se conoce este proceso como Consejería prematrimonial. En la Biblia Pablo lo describe, en Tito, como maestras del bien: al hablar sobre las mujeres maduras (ancianas) que enseñen a las más jóvenes a amar a sus maridos y a sus hijos, cuidadosas de su casa, sujetas a sus maridos.

Las ancianas asimismo sean reverentes en su porte; no calumniadoras, no esclavas del vino, maestras del bien; que enseñen a las mujeres jóvenes a amar a sus maridos y a sus hijos, a ser prudentes, castas, cuidadosas de su casa, buenas, sujetas a sus maridos, para que la palabra de Dios no sea blasfemada. Tit 2:3-5RV60

Suena como una preparación para la vida conyugal, y aunque está dicho de las mujeres creo que puede ser muy provechoso que los hombres tuvieran de igual modo una instrucción similar para el rol de cabeza del hogar.

Con modelos pésimos de familia de origen, sin instrucción familiar y eclesiástica, incluyendo áreas no entregadas al Señor se forma un coctel Molotov que tarde o temprano explotará en una crisis matrimonial indeseada; agreguemos a eso el silencio o la falta de pedir ayuda a tiempo, lo cual hace que se pierda el encanto que muchas veces unió a dos vidas.

El egoísmo, la incomprensión, el deseo de controlar hacen que reaccionemos de maneras inadecuadas añadiendo vinagre sobre las heridas causadas. Las crisis económicas que afrontan las familias, junto a las de convivencias, la llegada de los roles para los cuales no se tiene ninguna experiencia, van influyendo en los sentimientos y descentraliza las motivaciones que sustentaban la relación en un principio. El resultado es predecible, el primer amor se va y si el compromiso no era verdadero comenzamos a pensar que nos equivocamos en la elección, o que fuimos engañados por un farsante.

Las crisis en el matrimonio siempre llegan, McDowell ha dicho que “Todo el mundo regresa algún día del garaje.” En otras palabra todos algún día queremos abandonar la relación. Con la llegada de los hijos el tiempo que se dedicaban los cónyuges se acorta, surge un nuevo rol doméstico con los niños, hay que alimentarlos, cuidarlos, dedicarle tiempo a educarlos, jugar con ellos y la mayoría de las veces no tenemos ninguna experiencia en esto, lo cual hace que el trabajo se vuelva más “engorroso” de lo que realmente es. Se disfruta y descansa menos, aún recuerdo cuando nació mi primera hija que alguien me dijo: “Nunca más dormirás una noche completa.” No se equivocó, así ha sido por 19 años.

Las parejas deben prepararse para la segunda etapa de la vida, pero no lo hacen y cuando llega junto con los problemas inherentes, llegan los desencantos y se va el “amor” si es que es verdad que era amor pues de acuerdo con San Pablo el amor nunca deja de ser. 1 Co 13:8

El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor jamás se extingue… 1 Co 13:4-8 NVI

Muchos en esta etapa guardan silencio y no piden ayuda por temor al qué dirán, miedo a las repercusiones, orgullo o incrédulos de una solución a su problema, finalmente el detonante es la separación como única solución a su problema.

El divorcio nunca es la solución a un problema, sino la transformación del problema en otro. En mi experiencia cuando regresé del garaje la primera vez tomamos una resolución hasta el día de hoy y fue borrar la palabra divorcio de nuestro diccionario, ha funcionado. Durante nuestras crisis matrimoniales hemos buscado la solución de múltiples maneras en Dios: orando, aceptando que nos equivocamos, perdonándonos, cediendo terreno, superándonos en temáticas en las que no sabíamos cómo actuar y buscando la opinión de otros que nos pudieran guiar.

Hacer que una relación funcione en esta etapa de la vida conlleva una buena dosis de comprensión, moldeabilidad, perdón y comunicación continua, muchas veces bajo la guía de una persona calificada para este tipo de ayuda. Antes de explorar la “opción[1]” de la separación es necesario haber experimentado el camino de la corrección o la rectificación, apoyándose en una tercera persona a la que ambos cónyuges puedan rendir cuentas. Otro aspecto importante es que, al descubrir los defectos en la persona que hemos elegido como pareja es necesario volverse a enamorar, esta vez con amor ágape[2]. El amor de esta etapa “no se trata de un amor basado en la complacencia, ni afecto, esto es, no fue causado por ninguna excelencia en sus objetos”, como ha expresado Vine.

Nunca es recomendable permanecer unidos por lo hijos, intereses económicos o por conservar un estatus social o eclesial. La verdadera motivación es el amor a la otra persona, el deseo de vivir la vida a su lado y cumplir el pacto que un día se hizo ante Dios y los hombres.

Lamentablemente se honra muy poco en nuestros días aquel viejo voto matrimonial: hasta que la muerte nos separe…

 

[1] Aunque no lo considere una opción en el plano personal y bíblico, muchos si la incluyen y a esto es a lo que me refiero.

[2] En el griego existen diferentes términos para referirse al amor. Uno de ellos es eros el cual describe el amor romántico sexual y bello entre parejas, otro muy diferente es el ágape que es un amor a pesar de lo feo o lo desagradable que pueda existir en el objeto amado. Para una mejor comprensión remítase al Diccionario Nuevo Testamento, W. E. Vine.

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Royler Administrator
Director general del ministerio Maranata Cuba; miembro del claustro de profesores del IBEC, fotógrafo, productor audiovisual y fiel amante de Jesucristo y su reino. Está felizmente casado.
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