Una compañera llama a la otra para almorzar a tiempo. Ambas ríen, hay mucho que contar del fin de semana. Entre una que otra foto de los hijos y la conversación obligada del clima, o “la situación”, se cuela, de repente, lo que una llama “el video”.

“¿Ya viste el video?”, “No, ¿qué video?”, “Mija el video del accidente en el malecón”. “Ah, no, no lo he visto, dicen que está fuerte”. “Lo tengo aquí guardado en el móvil.Lo tienen mi esposo, y mi hija, y mi mamá…”
“A ver, a ver”.

Y en pleno comedor, como si de un anuncio de telenovela se tratara, hacen la sobremesa teléfono en mano, observando curiosamente como un auto siega las vidas de varias personas que quedan desmembradas y sangrientas en el malecón habanero.

Si fuera solo ahí, en la pantalla, no habría mayores problemas. El asunto es que el auto es real, las personas son reales, y los desmembramientos, y las muertes también lo son. Lo único que parece más real que eso, ahora mismo, desde mi mesa, es el nivel de indiferencia de las dos mujeres que hasta hace unos minutos me parecían tan naturales.

Me encantaría pensar que es un hecho aislado. Pero no es cierto. Lo vimos cuando sucedió aquel accidente aéreo que sacudió las emociones de todo el país. Luego lo vimos nuevamente cuando un auto chocó contra una casa, o cuando un hombre saltó de un puente, o cuando cualquier otra desgracia ajena apareció por el horizonte y había un cubano con el corazón suficientemente duro para filmar la muerte del otro sin pensar en sus familiares, o en la propia persona que sufría en ese momento.

Pero qué hay detrás de ese gesto indolente de quien saca un teléfono para filmar como alguien muere, incluso antes de prestar auxilio al doliente.

Si lo pensamos sinceramente, revisándonos como humanos caídos que somos todos, y sin prejuzgar solo para fuera, tal vez lleguemos a conclusiones más o menos inteligentes.

En alemán una palabra denomina a la compleja emoción de deleitarse en el mal ajeno: schadenfreude (schaden significa «desgracia» y freude significa «alegría»). Tiffany Watt, investigadora del Centro de Historia de las Emociones del Reino Unido ha estudiado los rasgos distintivos de la schadenfreude.

Es un placer oportunista que sentimos al toparnos con la desgracia ajena, una desgracia que, por cierto, no hemos causado nosotros. Suele tratarse de una emoción secreta, furtiva, pero con respecto a males pequeños, como ver a alguien avergonzado o perdiendo un trabajo. Sin embargo, la académica asegura que frente a males mayores lo “natural” es que aflore la compasión.

La sicología, la ciencia que estudia el alma humana, ha abundado en sus explicaciones.

La tendencia de los estudios sobre el tema revela que las personas con baja autoestima y depresión son mucho más propensas a experimentar schadenfreud, o sea, a alegrarse por el mal ajeno pequeño.

Sin embargo, qué tipo de emoción es esta en la que preferimos filmar o copiar el video de un suceso fatal, y tener la exclusividad de poseerlo, conservarlo en nuestro teléfono para verlo cuando “deseemos” y compartirlo con otros?
Culpar al contexto digital actual de las redes sociales es sería muy fácil. Escenario ideal para despertar reacciones que van desde la curiosidad más humana hasta la propia alegría por el mal de otro, aunque tal vez no a escalas tan grandes como las tragedias.

En Cuba, donde desde hace al menos tres años las zonas de conexión y el uso de redes sociales va en aumento en medio de una franca crisis educativa y cultural de la población se está volviendo peligrosamente frecuente ver como las fotos de cadáveres, los videos de momentos muy delicados, pasan de mano en mano como si se tratara de una película o un video clip.

Lo peor es que las personas en su mayoría no parecen tener conciencia del delicado velo entre curiosidad y morbo, o de las implicaciones de postear un video para los familiares de las víctimas, que tendrán que lidiar con la grabación de ese difícil momento de su ser querido mucho tiempo después y ante desconocidos.
No es solo que la educación falla, la cultura de un país tercermundista que no lleva millas recorridas en cuanto a ética de las redes sociales, o el limbo legal, al menos práctico, sin aplicación de reglas que condenen estos delitos de ética.

A nivel de lo social, cuánto quisiéramos una respuesta positiva de autoridades y pueblo, en cuanto a educación, sensibilidad, y leyes fuertes.

Pero más allá, a nivel de individuo, hay algo que es atemporal. La falta de empatía de las personas que parecen gozar con tener la exclusiva del suceso fatal tiene que ver con un misterio humano más antiguo que Cuba misma: nuestra alma. Esa que diferencia a unos de otros en los actos y las elecciones, en la nobleza o la crueldad.

En ese segundo nivel de conducta encontramos alivio etiquetándonos en buenas o malas personas, sensibles o insensibles, prejuicios, nombres, palabras… y sentirnos mejores unos sobre otros, solo por la suerte de nacer aquí o allá, de tener esta o la otra educación, esta o la otra salud mental, o hasta genes mejores o peores.
Por otro lado, los hijos de Dios tenemos un tercer nivel de análisis de estos fenómenos. Sabemos de la influencia determinante de otra esfera en los seres humanos, más allá de la social o la del alma: la del espíritu.

Ver a la gente copiar una y otra vez los videos de un accidente mortal, y publicar en las redes, antes que prestar ayuda, tiene que ver con la clase de espíritu que motiva todo tu ser. Si no estás habitado por el espíritu de Dios, una vez más, comprobamos, aquel espíritu que te habita no parece poner límites a tus impulsos humanos más viscerales.

Es la misma razón por la que un adicto halla casi imposible dominar sus ganas de beber, aunque sepa que no es bueno; la misma por la que el impulso de violar a una niña no sea controlado; la misma por la que matar y apuñalar por un pisotón puede suceder desde el complejo de cualquiera.

No nos gusta pensar que somos todos lo mismo, pero en el fondo de nuestro ser, más allá de oportunidades educativas y culturales, o de las bifurcaciones del camino de nuestra vida, solo hay dos opciones de espíritu. Ese que habita a todo ser humano pecador, y se moldea según las fortuitas condiciones circunstanciales, o aquel que viene de lo alto, que permanece puro, el espíritu santo de un Dios santo.

Oremos para que cada vez más el espíritu amoroso de Cristo pueda iluminar a otros y cambie desde dentro, como ningún sistema educativo o legal puede hacerlo, la naturaleza de nuestros paisanos para bien. Que más allá de sus cuerpos y almas, muchas veces nobles, pueda estar también el espíritu más noble, el único capaz de generar buenos y mejores impulsos a nuestro ser individual o patrio, el del Señor. Hagamos lo que nos toca en ese intento. Mostremos al Cristo que habita en nosotros, más allá de las palabras.