Los anuncios se seguían unos a otros en redes sociales. Después de los primeros días separados de nuestrtos pastores, hermanos y congregaciones. Sin poder entonar nuestras alabanzas juntos, ni alzar las manos al cielo juntos, ni escuchar las palabras de exhortación de líderes sinceros. Después de al menos una semana, diez días, de no saber con certeza qué será de nuestros tiempos de comunión.

Cuando ya extrañábamos desde las entrañas hasta los himnos más tradicionales, esos que los jóvenes protestan y prefieren solo los ancianos de la iglesia. Cuando empezábamos a hacer publicaciones nostálgicas y a llamar a los pastores por teléfono, entonces llegó el anuncio de que grababan mensajes de líderes de varias denominaciones.

Poco después, varios sitios anunciaban que se transmitirían mensajes de quince minutos de duración durante la semana santa. Un día después los anuncios decían que se pasarían durante el domingo de Resurrección.

Pero estaba bien. Al menos un día, y mensajes para cada pastor de denominación. Eso es mucho para lo habitual, cuando de TV en Cuba se trata. Así que nos sentimos bien. Como el viejo himno, me dije It is well with my soul.

EL siguiente anuncio detallaba que solo el canal educativo, o sea, el que se usa para teleclases, sería el “escenario” de los mensajes.

Ok, dijimos, el gran público no lo estará viendo, pero aún así, seremos exhortados por nuestros líderes espirituales.

Otro detalle llegaba entonces. A esa misma hora transmitirán por el canal Cubavisión el estreno de temporada del policiaco Tras la huella, de gran audiencia. Ok, dijimos entonces. Ahí se iba la oportunidad de que muchos sintonizaran con el mensaje del Evangelio. Pero aún así, nosotros lo veremos, y habrá algunos que sí tengan puesto este canal de todos modos.

De esa manera fue reduciéndose nuestra expectativa. Pero jamás hubiera sido menor que cuando ese domingo chocamos con el resultado real: una síntesis de mensajes que aludían tangencialmente al Evangelio, y excluía a varios líderes eclesiales de gran impacto, que ya habían grabado sus videos, y de repente, quedaron fuera de la selección.

Pero no, lector. Maranata Cuba no repetirá el debate que las redes asumen desde hace varios días. El eco de la indiganción, dicen unos, desilusión, se quejan otros. Eso no sentimos que nos toque ahora.

Podríamos aprovechar el “tema caliente” para despotricar sobre una u otra institución, sobre la pertinencia de generar, en lo posible, medios propios, o sobre el nivel de impacto de cada denominación de modo comparativo. Podríamos citar fechas en que se transmitieron los primeros mensajes de la comunidad evangélica, y siguiendo los códigos del discurso de los derechos y los medios públicos, montarnos en la victimización y el grupalismo tan de moda. Es ciertamente, una tentación fácil.


O podríamos citar los antecedentes de ayuda comunitaria y respeto al gobierno que hacen a nuestras iglesias merecedoras del elemental reflejo en medios de difusión. Apuntalándolo con los agravantes del significado que tiene para un creyente apartarse de su congregación, y las veintidos mil citas bíblicas al respecto. Incluso podríamos ponernos puntillosos, y buscar las palabras de cubanos ilustres que fueron creyentes, para apoyar el imprescindible axioma de que un fiel necesita de sus líderes y de los otros fieles… todo eso matizado por un tono abogativo que le ponga los ribetes del debate poliperspectivista de nuestros días.

Pero cuando está todo el croquis en nuestra mente, nos detenemos un instante a pensar: le interesa esto a Cristo? Produce esto un resultado que exalte a Cristo?

La única respuesta afirmativa la hallo, al menos yo, al pensar que la Televisión es en definitiva un canal de evangelismo, demostrado lo tenemos en el pionero ilustre de Billy Graham, por ejemplo. Pero las diatribas que resuenan por estos días en redes sociales en voz de los hermanos no nos parecen preocupaciones por el esparcimiento del evangelio. Suenan, qué triste me hace notarlo, a movimiento de MeToo. A ese color demasiado frecuente de la victimización del grupo, en el que siento que hasta hace poco, habíamos rehusado caer.

La iglesia, que somos cada uno de quienes hemos creído y practicado a Cristo, está destinada a padecer. Cada persona que decide por Dios está destinada a ser despreciada por el mundo. Es necesario hacer la superexégesis para comprenderlo? Acaso esperamos convertirnos en el paralelo religioso de “gays”, “animalistas”, “ambientalistas”, y cuanto colectivo —muy respetados, por cierto— componga las filas de la población secular, y regirnos por sus estilos de participación ciudadana, discursos y códigos.

Para un debate de altura este tema conllevaría mucho más que esta opinión de paso. Ya lo sabemos. Pero un dominio elemental de la verdad evangelística y de la Biblia nos deja saber que no somos llamados a vivir según los derechos o privilegios del hombre secular. Y es triste pensar que sigamos esperando eso en lugar de asumir el llamado que sí es nuestro, el de brillar con una luz distinta y propia.

La moneda del César no llevará la cara de Jesús, el impuesto romano no pagará la extensión de nuestras iglesias, el ágora no invitará a los oradores cristianos… La puerta seguirá siendo estrecha. Y nosotros, seguiremos llamados a ser remanente, los pocos escogidos entre los llamados.

Significa eso que no aspiremos a tener algún impacto y lugar en este mundo? Por supuesto que no. Es parte de nuestra convocatoria cristiana ser luz, pero desde Maranata Cuba creemos que hay muchos modos de iluminar que no necesitan ser televisados.

Fuimos luz de Cuba cuando cosimos nasobucos para regalar, sin tener canal que lo difundiera, y cuando en los años difíciles, llevamos esperanza a los sanatorios de SIDA, cuando reunimos de lo poco de nuestros hermanos para ofrecer a los más vulnerables de la comunidad, cuando abrimos algún templo para una clase de alguna escuela, cuando invitamos a la cena navideña a los vecinos más pobres, cuando subimos a una guagua a hablar de Cristo con gozo, y cuando oramos en vigilias de tres horas por toda la nación, sin que nada de eso fuera radiado o televisado. Ganamos una difusión real y significativa cuando nos atrevimos a hacer un acto de fe y servicio a los que están afuera, más que cuando logramos que algún cántico llegara a sus televisores.

Una vez más, no se trata de revolcarnos en la indignación pasajera de querer lo que “todos” quieren, y sentirnos víctimas, o menos atendidos por alguna autoridad.

De nuevo estamos ante la misma elección de ser zelote, fariseo, o discípulo que ilumina. De las trampas del fariseísmo y la religión ya hemos hablado mucho. Pero de este reciente trampa de querer un poder político al que no fuimos llamados, tal vez no nos estamos librando.