Entendiendo a los cristianos que deciden emigrar

General Entendiendo a los cristianos que deciden emigrar

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La familia vendió elapartamentico que era patrimonio de la abuela. Con lo que recibieron —gracias a Dios que la abuela compró esa casa en el centro mismo de la ciudad, donde se puede alquilarles a los turistas— se embarcaron en la difícil misión de buscar el modo más legal posible para emigrar, quedando bien con todas las leyes divinas y humanas que podían memorizar.


El papá insistía, “hay que estar claros con Dios”. No eran gente superficial, no.


Después de hacer toda la larga investigación que pudieron, apostaron por salir como turistas a Uruguay y allí pedir papeles permanentes. No sería el primer mundo, pero con que no tuvieran que decirle más a Lisandrita que desayunaría con cosimiento, ya se sentían satisfechos. Solo andaban en busca de poder criar a sus hijos con lo básico necesario. Allí, seguros estaban, enseguida buscarían seguir sirviendo a Dios.


Incluso averiguaron qué tipo de iglesia había en la región elegida, y trataron de comenzar a establecer los primeros contactos para que las cosas espirituales estuvieran en limpio.


Se despidieron lo más sutilmente de la gente más cercana, pero sabían que llegaba un momento difícil: decir adiós a los pastores, y tener una última visita a su congregación sin revelar los planes.


Tres años tratando de vender y ahorrando hasta el último peso, Alejandrito, el hijo mayor, con tres trabajos en cafeterías, todas las oraciones de las 1095 noches de los tres años y el júbilo por al fin lograr reunir el dinerito para salir parecieron barridos en un solo microsegundo sin una sola palabra, cuando vieron la mirada que les devolvió su pastor, al darle la noticia.


Juicio. Debajo de todas las emociones contenidas, lo que Raúl sintió en aquel par de ojos que tantas veces lo inspiró en su vida cristiana fue justo eso: juicio.


Luego no importaron las frases de aliento sacadas de un manual de cortesía, ni las palmaditas en la espalda. Esa simple mirada de desaprobación le cobraría los ánimos de vez en vez, cada vez que algo saliera mal por el camino, como recordándole que los que se quedaban a aguantar estoicamente siempre serían más espirituales que él y su familia.


El pastor no es un mal hombre. Lo que hace lo hace por nuestro bien. Y no tiene que ser perfecto ni aprobarlo todo. Pero él no sabe lo que es liderar a tres hijos y una esposa con un salario mínimo, con todo el respeto que se merece”, le dice Raúl a su esposa.


Y es verdad.


Quien no sabe hoy en Cuba que hay familias que no tiene qué desayunar o con qué calzar a sus hijos es alguien que está viviendo algún tipo de privilegio, por pequeño que sea.


Dura verdad. Pero verdad al fin.


El primer requisito para saber que tenemos un privilegio es no darnos cuenta de que lo tenemos. Esa frase la leí una vez y jamás la he olvidado.


Precisamente cuando no sabes que vives con alguna ventaja, esa es la primera prueba de que la tienes.

Y desgraciadamente, algunos de los líderes cubanos hoy están viviendo algún tipo de ventaja que les limita a la hora de comprender la cotidianidad de sus congregantes.

Esto no significa en absoluto que sean malos líderes. Mucho menos que esa condición en que vive sea mala o mal habida. No hablamos de eso. Esos son otros casos, y oros temas. Hablamos hoy de que hay excelentes hombres de Dios esforzados y amorosos ahí afuera que se desviven por sus liderados, pero no se han enterado de que gran parte de su congregación tiene que trabajar más de 40 horas semanales para ganar entre 3 mil y 4 mil pesos cubanos, trasladándose entre los avatares del transporte público, lidiando con jefes tóxicos y ambientes de trabajo a veces casi imposibles, para cobrar salarios que duran dos días cuando pagan los servicios básicos y los mandados.


Padres que no pueden salir los fines de semana con sus hijos a enseñarles algo nuevo porque la economía familiar es tan austera que apenas se enfoca en la supervivencia más elemental.

Dios provee para lo principal”, dicen enseguida. Y eso lo creeremos siempre. Pero más de uno, si toma papel y lápiz, podrá darse cuenta de que en la dieta elemental de su hijo no hay factores nutricionales básicos, como el calcio, o los vegetales en la medida en que realmente los necesita. Y eso es elemental. Así que, justo como Jacob en su ancianidad sugirió a sus hijos subir a Egipto, hay cuestiones en las que un líder de familia tiene que reaccionar y obrar. Bíblicamente le toca.


No es obligado saber al cien porciento la vida de los congregantes. Es una falacia pensar que todos tenemos que vivir igual,o que los líderes tengan que ser mendigos desangrados eternamente para demostrar que son honestos.


Los líderes son hombres y mujeres, tampoco hay que pedirles que se sepan cada detalle de nuestra cotidianidad ni lo comprendan todo. Para eso está Dios.


No está mal que los líderes disfruten de sus merecidísimos sustentos o ayudas, pero si eso los va a alejar de comprender a los otros, si eso va a generar miradas de juicio sobre quienes se deciden por partir o tienen que barajar su tiempo entre varios empleos, entonces sí es hora de bajar de la nube y calzar los zapatos del otro.


En un momento de crisis como el que Cuba atraviesa, es más que serio hablar a la ligera o terminar juzgando a quienes toman decisiones tan desgarradoras.


Observo con temor la tendencia extendida de lanzar “sermones” o indirectas desde la posición de autoridad espiritual para criticar a quienes deciden salir del país. No me parece acertado. Menos, a la ligera, sin conocer de veras el trasfondo familiar, el contexto exacto de cada núcleo.

Hace poco hablábamos sobre la responsabilidad enorme de los líderes cristianos de mantenerse en el llamado que Dios les encomendó, y eso implica, por duro que parezca, tener que permanecer en la Isla a pesar de las dificultades férreas que cada día parecen ir en ascenso.


Pero se nos olvida muchas veces que el cristiano “raso” también tiene un ministerio primero, el de su familia y sus hijos. Si un padre o madre tienen que tomar la dura decisión de partir porque no puede sustentar apropiadamente a sus hijos, o ha percibido que le es imposible lo mínimo para que esos hijos crezcan en todos los sentidos de su persona, adecuadamente, sin ambiciones, pero con la dignidad razonable que exige el desarrollo, entonces el deber del líder es asegurarse de que esa decisión esté bien pensada, presentada delante de Dios en oración, guiada y aprobada por Él, planificada responsablemente.

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En ninguno de los casos, el rol de ese líder puede ser añadir a una carga tan sensible el abuso espiritual del juicio.

Hace poco vi el post de un pastor en redes sociales, una frase sola, con la imagen de un avión: “las bendiciones de Dios vienen a uno, no hay que salir a buscarlas”.

Me vinieron a la cabeza todos esos pasajes en que Dios enviaba al pueblo de Israel a conquistar la tierra a pura batalla. Era tierra ya otorgada, pero ellos tenían que ir y luchar para tener mejores condiciones de vida.

Después me vino a la mente el contexto de ese pastor: él mismo vivía hace algún tiempo en otra provincia. Y ahora habita una casa que alguien que emigró dejó para él.

Sin contar que los congregantes emigrados de su iglesia envían ayuda monetaria cada mes para las actividades de la congregación,aun cuando ya asisten a iglesias en sus países de residencia.

Me pregunté si el pastor no debía callar prudentemente en lugar de postear ese tipo de ideas a la ligera.

Los pastores honestos velan por nuestras almas, y es normal que les inquieten las decisiones de gran magnitud, como es siempre la de desarraigarse y cambiar totalmente la vida, al migrar. Pero en tiempos como estos, cuando los padres se devanan los sesos buscando cómo criar a sus hijos, aunque estamos seguros de que Dios no abandona a quienes le buscan no es hora ni momento de juicio.

Es hora del acompañamiento. Es hora de la oración. Es hora de conversar y comprender la raíz de los desesperos ajenos. Es hora de pegar los pies descalzos sobre la tierra y ponernos más y más cerca de cómo viven los otros.

Y es hora de juzgar este tipo de situaciones guiándonos siempre por el peor caso. Ese hermanito pobre que vive muy mal y parece invisible en la congregación no siempre está así por falta de esfuerzo. No.

Acerquémonos para escuchar y entender su circunstancia. Averigüemos lo difícil que es hallar empleo, o echar a andar alguna empresita, para mucha gente que ni siquiera tiene calificación o herramientas, o a veces cargan con una larga cadena de problemas sociales y poca educación.

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Iglesia, acabemos de entender que el medidor de todo tienen que ser los peores, los más pequeños, los que lucen más mal, los invisibles.

Quitemos de nuestras agendas las palabras que juzguen a quienes se van. Dejemos de pensar que todos cuentan con recursos como la educación básica para organizar su vida, o la suerte de un familiar afuera que les ayude. Situémonos realmente en el lugar del más desesperado, para dar ideas, y orar juntos. Para ayudar o animar.

En esta etapa de crisis y éxodo en que el país se desangra en separaciones y necesidades, Dios está más vivo que nunca, pero es tarea de nosotros guiar a otros a su presencia. Nunca. Bajo ningún concepto, hacerle más dura la separación con palabras de enjuiciamiento. Y jamás de los jamases, desde un púlpito.

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