Texto por Davídica

Ya sé que el título está algo rarito y te inspiró algo de intriga. Era ese el sentido, así que no pediré disculpas por la rareza. Más bien. Desentrañémosla juntos.

Hace un tiempo me he dedicado a hallar un espacio ideal para encontrarme con mi Señor. El lugar tiene que ser perfecto. Tiene que tener un aire solemne, de santuario, donde nada se interponga en la conversación pausada y deliciosa.

Después de todo, más allá de júbilos, misiones, propósitos legendarios, historias increíbles de conversiones, y proyectos inspiradores, una sola cosa es el centro mismo del Evangelio, ese punto único que hace toda la excelencia de descubrir y enamorarse de Dios, una sola cosa que considero espectacular de haberme convertido en seguidora de Jesús: pasar tiempo con Cristo.

Puede parecer simplista, pero es cierto. Nunca he considerado que nada más, ni siquiera los grandes emprendimientos, me generen más placer en mi vida en Cristo que esos momentos en que apartada de todo, entro delante de su amistad incomparable.

Por eso siempre he respetado la costumbre católica -que no me linchen por decir esto- de tener un espacio solemne para la oración, y me encantaría que nuestras iglesias también asumieran la costumbre de estar todo el día abiertas para suscitar un lugar de silencio a cualquiera que desee llegar a hincar la rodilla en soledad.

Pero la realidad, sobre todo la de los cristianos cubanos, es muy distinta. La enfermedad del ruido se ha apoderado de nosotros. Cuando no se trata de ruido sonoro, se trata, al menos, del ruido interno. Ese molesto zumbido de “tienes que hacer algo”, “tienes que llegar a algún lugar”, al que La Biblia llama “afán”.

Por eso me dediqué a hallar un palacio propio. No soy millonaria más allá del Espíritu, ni tengo grandes influencias terrestres para dar con una edificación de ese tipo. Pero igual logré hacerme de un palacio, y allí, a la orilla de una playa virgen, de aguas traslúcidas, camino despacio rodeando la vegetación circundante, veo mis huellas en la arena, hablo, despacio, sin apuros, con Dios.

Todo en la vida puede estar de cualquier modo, basta con llegar al palacio. Veo los blancos pilares, las blancas escaleras, las plantas colgando de macetas de maderas, las blancas habitaciones, y es un respirar más calmo que me invade.

A veces hallo detalles en el palacio que antes no había visto. Pero todo tributa a la paz. Un pavo real en alguna esquina camina lento, los pájaros pueden estar dentro de mi cuarto sin enjaular, sin apuros, en un aletear tranquilo.

Los sonidos del agua golpean la costa rítmicamente, pausados, y se convierten en un escenario sonoro de paz. Un par de gaviota puede cantar algo bajo a lo lejos. Y por alguna razón, hasta el aroma es distinta, hay salitre mezclada con alguna suave flor del oriente.

Todo puede ser muy lento. Tengo tiempo allí para todo. Para mirar, para gozar de cada sensación, para admirar el detalle. Las luces son de un atardecer que cae. Allí no hay nada que temer, nada pendiente para hacer, nada que pueda interrumpir su llegada. Y la espuma que toca mis pies con cada breve ola me trae una sal que sana.

Pero de todo eso, delicioso, el tesoro mayor es verle llegar. El mismo Cristo que ha estado toda mi vida, en los tiempos buenos, y malos. El que en persona parece dejar pálida a la religión y los deberes. El suficiente, ahllí está. Llega siempre por el lado de la playa, con esa sonrisa de quien sabe, como quien dice ya estoy aquí. No hay nada mejor, lo descubro en ese instante. Todo lo demás parece palidecer, sobrante. Descubro que todo era solo su telón de fondo. Eres tú, Señor, todo el sentido. Eres tan solo tú.

Ya voy a tu encuentro. Puedo sentir hasta el olor de tu ropa cuando me abrazas. Ninguna sensación se me escapa.

Cada detalle está cómodamente situado para que podamos caminar toda esta orilla charlando. Dejando al descubierto todo en tud manos, mi amigo.

Allí camino junto a Cristo, y le conozco. En ese palacio mental, donde nadie ni nada más puede entrar, mi corazón lo aprende cada vez un poco más. Allí descubro cuán sencillo y fácil es el sentido de la vida. Cuán distinto es saber de él, que saberlo a Él. Y cuán poco importa todo lo demás.

Y tú, ¿ya tienes tu palacio mental para adorar?