General Ella

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Ella era, nada más, tan solo una prostitua. Esta mujer vivía en la muralla de un pueblo politeísta antiguo. Literalmente en la muralla, no dentro, ni fuera. En el propio muro, había un espacio en el cual cabía su vida.

Prostituta al fin, es fácil unir los puntos e imaginarle mil hisotrias de remedies abortivos, abandonos, y violaciones en grupo, para entender la ausencia de familia ni hogar. La Biblia no menciona a nadie que la acompañara. En el muro mismo, su vida era un continuo acto de suicidio, si pensamos que estos pueblos no paraban de pelear entre sí por terrenos por minerals o por lo que fuera. A la cara de la batalla, vivía en espera tan solo de la próxima avanzada enemiga. Era una mujer que no valoraba su vida.

Sin embargo, si termina dentro de un megarrelato bíblico, uno se pregunta, de qué modo una prostituta de un pueblo politeísta antiguo, con nula autoestima, conecta con el Dios de los Ejércitos que en ese mismo tiempo andaba dirigiendo batallas y levantando profetas. ¿Por qué? ¿Cuál es el misterio, de que en el momento épico de la conquista del pueblo escogido, el momento que ancianos, bisabuelos, y abuelos cantaban a sus hijos, esperaban obsesivamente, el narrador bíblico olvide el fragor de la hazaña y se gire a mirar a esta mujer invisible como un gorrión?

¿Por qué escribe su nombre para que sea conservado por siglos de siglos y lo conozcan decenas de millones de personas centurias después? ¿Por qué entre Salomones y reinas de Saba, está, sobreviviendo a nuestro propio polvo, su nombre?

Imagino a Rahab con su pelo rizo, agotada y sudorosa en la pequeña cama de su casa/muralla, cansada de copular con cuatro o cinco hombres que no le importan para nada mas que para comprar alguna hogaza de pan o carne diaria. Obstinada de haber creído en alguna promesa de hombre casado, alguna vez, hastiada ya de su encía sin dientes, con tan poca voluntad para que le importe nada más que el liberador paso de otro día. Pero elevando su cabeza para mirar por la luz que entra por la ventana y preguntarse.

Se limpia la entrepierna con un trapo, para quitarse el semen del último cliente de la noche. Al fin. Y se pregunta. ¿Habrá alguien, al final de todo esto? ¿Alguien, algo, que me detenga de no existir?

Siempre se ha hecho esta pregunta en los momentos de silencio. Por eso buscaba huir del silencio y la oscuridad. En el día todo sucedía, pero de noche, rendido el último cliente, cerrada la muralla, a través de la ventana, la pregunta la visita de nuevo, insistente.

Ella es suficientemente lista para superar la creencia epocal de un enorme panteón de dioses caprichosos que se fajan entre sí por amores de humanas. Se siente solitaria en su inteligencia. Solo una vez le contó a alguien que no tenía sentido, a aquel cliente que se las daba de sabio, y la respuesta fue un bofetón y una moneda. Ya mejor no contar. Pero la pregunta regresa sola a las dos o tres de la mañana, y se ríe de sí misma, “soy una puta genial y desdentada viviendo en una muralla”, dice en voz baja, y siente caer una lágrima que le da mas risa.

A esa hora Rahab aprovecha el sueño portentoso del último hombre barbudo que le ronca cerca de la cara. Y mira. Mira por la ventana. Busca. No lo puede evitar, a esta hora. La pregunta la llama. La mira desde arriba. Es la hora de la libertad, oscura. Es demasiado cansancio para luchar contra la pregunta.  

Esa pregunta que le ronda desde que de niña iba sola al pozo y tenía tiempo de pensar, la pregunta ha sido su única amiga duradera. ¿Habrá alguien ahí? ¿Algo más que todo esto? El único hilo que le ata aún al mundo es la pregunta.

Y un día se atreve a hablarle directamente a la respuesta, se reclina en la cama, y decide saltarse un paso, hablarle a  ese posible alguien. A fin de cuentas, ¿qué hay para perder? Se saca de encima el brazo peludo del barbudo de turno, y sale a la ventana, llevada de ese aire frío de algo nuevo. Se inclina en el rellano. “Sirve para saltar, o para preguntar”, se dice, y ríe.

Tal vez el alivio de hablar en voz alta y contarle esas cosas que nunca ha puesto en palabra es lo que le desata un poco el llanto. Pero un llanto bueno, de los que zafan la barriga y el cuello. Es extraño como todo se vuelve verdad cuando se pone en palabras. Desde la ventana de la muralla, al filo de la muerte, qué absurdo, está el mejor paisaje.

Un cielo demasiado vasto para que todo sea esto. ¿Solo esto?

Como el alguien no tiene nombre le llama de cualquier modo, lo que se le ocurre. Y le cuenta y le pregunta. Y le hace un par de chistes sobre e la próxima guerra y los modos de morir en esa esquina de la muralla. Sobre la última puta que vivió en este cuarto entre los dos lados del muro y como quedó empalada en una lanza, “costumbre de toda la vida”, le cuenta, y se ríe, y llora.

“No es q tenga mucho tiempo para esperar tu respuesta”. Es extraño que l oscuridad más densa letraiga sensaciones de paz y no de miedo. Se duerme con ojos cansados y se promete que al día siguiente se lo toma libre, “aunque no coma”, se dice.

Pero cuál es la probabilidad de que una prostituta inteligente, en medio de un antiguo pueblo politeísta y arenoso, conozca el Dios único.

Al día siguiente se cumple la palabra y no trabaja. Se queda tirada en la cama, pensando en lo rara que se pone una cuando le agarra la madrugada. Y siente un toque a la ventana. Se asoma y encuentra una cuerda tensada hacia abajo. “Ya debe llegar mi muerte, qué extraño que no sea un batallón con sus bullas”. Cuando mira hacia abajo, hay un par de jóvenes judíos trepandohacia ella. Es una visión absurda que no tiene tiempo de procesar. “Venimos en nombre del Dios Altísimo, danos entrada, mujer”... resoplan, y en sus palabras, en vez de amensaza hay una paz parecida a la de la noche, y ojos demasiado serenos.

Los jóvenes son Josué y Caleb, y se han preparado toda su vida, aprendiendo de generaciones de ancestros, para llegar a este pueblo y a esta muralla, en la que solo han encontrado un espacio secreto para trepar, la ventana de Rahab.

Para unos años después, entre los nombres de santos y doncellas, en la lista sempiterna que pasará de generación en generación, para que los niños la aprendan y los jóvenes la escuchen de la boca de sus ancianos, en uno de los pasajes mas estudiados por los teólogos y más grabados en papiro, guardado en rollos sagrados dentro del Arca del pacto, haññado en cuevas marítimas entre polvo sepia, Dios meterá su nombre, como el nombre de una reina eternal, para que no sea olvidado.

Allí, en el grupo santo, flamante de los antecesores del Mesías, estará por los siglos de los siglos su nombre: Rahab, para recordarnos a una prostituta inteligente y su corazón cansado. Para recordarnos que el Dios de la Biblia trazó los hilos de un plan épico, tan solo para responder a la pregunta cansada de una insignificante mujer que lloraba en medio de la nada. Ella era todo lo importante para Él.

Lo más sagrado para Dios, no era asaltar la muralla, no era tomar la tierra, no eran Josué ni Caleb, ni el arca… era Rahab, una esquelética prostituta pagana, deprimida y sin dientes, que oraba sin saberlo, desde su ventana.

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