Bayamo tiene dos cosas que no las tiene La Habana, una historia muy hermosa y una Rita la Caimana –decía una canción de Los Compadres-. Pero hoy le descubrí un nuevo encanto a la Ciudad Monumento: un predicador.

A simple vista parece turbado, un joven alto de unos veintipico, con espejuelos que guardan dos ojos grandes, en ocasiones pensativos, a veces inquisidores, como descubriendo el alma de sus oyentes, esos que lo miran extrañados y piensan con lástima de él.

Creen que quizás es un castigo para alguien tan joven que se ha vuelto loco, pero otros, como yo, sabemos que sus palabras son fieles y verdaderas.

Cada cinco frases cita a la Biblia, con dichos profundos y reflexivos. Camina por las terminales, puestos de gastronomía, cremerías y hasta se sube a los camiones de pasajeros, como la última vez que lo vi, casi anocheciendo. Cristo viene pronto -decía-, Dios te ama, quiere perdonarte –gritaba a toda voz sobre las personas, apresuradas por acomodarse.

Por eso, a lo mejor, le ignoraron y solo algunos pusieron atención a sus palabras. Me miró y en él no vi locura, autosuficiencia, ni egocentrismo; vi pasión, compromiso y amor para los de su raza, cada vez más sumida en lo que menos importa.

El camión arrancó, ya casi al bajar cambió el tono de sus palabras, con cierta dulzura dijo: Dios te bendiga y te guarde; amén –dijeron algunos-, yo no pude dejar de pensar en aquel muchacho que, tal vez no tenga ocupación, pero sí un gran trabajo, quizá no tenga novia, pero sí mucho amor, a lo mejor no tenga nombre, pero eso no importa, será recordado como el predicador de Bayamo, donde una tarde mi alma anheló ser como él.

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