Habiendo aclarado la cuestión del «conocer a Dios» pasemos a otra relacionada con el tema de amar a Dios: amar a Dios es amar a Jesús. Jesús revela tan profundamente a Dios que recibir a Jesús se convierte en la prueba de que realmente amamos a Dios y le tenemos por padre. Los fariseos decían amar a Dios y eran muy celosos en sus obras religiosas pero rechazaban a Jesús. Sobre esto Jesús les dijo:

Si vuestro padre fuese Dios, ciertamente me amaríais, porque yo de Dios he salido, y he venido, pues no he venido de mi mismo, sino que él me envió (Jn 8:42).

La enseñanza es clara: si no tenemos a Jesús, tampoco tenemos al padre. Esta verdad me hace pensar en muchas ocasiones en aquellos que dicen creer fervientemente en el Dios de la Biblia pero tratan a Jesús como una deidad inferior a la que colocan en la planta baja de la vitrina donde casi no se ve.

Irónicamente estas religiones dicen ser adoradoras de Dios cuando realmente lo están rechazando pues no aceptan a Jesús de la manera que Dios exige. Amemos a Dios con una clase de amor que haga de él algo irresistiblemente glorioso para nosotros.

Ahora es necesario que entendamos que esta clase de amor por Dios no emerge de una mera decisión humana ─no importa cuál sea tu postura teológica en cuanto a la salvación. Una persona no puede simplemente decir: a partir de ahora voy amar jugar al ajedrez con todas mis fuerzas. Las cosas no funcionan así. Si usted es alguien que no ama jugar este deporte algo tiene que pasar en usted (alguna experiencia relacionada con él) para que el deporte comience a resultarle atrayente.

Lo mismo pasa con el amar a Dios. Nosotros no decidimos hacerlo porque sí y ya. Algo cambió dentro de nosotros y como resultado él se volvió atractivo. Recordemos que le amamos porque él nos amó primero. Así que, el verdadero amor por Dios no tiene su esencia en una conducta ─recordemos una vez más a los fariseos. La cuestión no son meras obras, sino deleite. Pero por supuesto, el deleite produce conducta.

Jesús chocó en muchas ocasiones con la hipocresía de los fariseos y en una de estas ocasiones les dijo:
Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, como está escrito: Este pueblo de labios me honra, Mas su corazón está lejos de mi (Mr 7:6).

Nuestro señor nos enseña aquí que las acciones externas, aun las religiosos que supuestamente van dirigidas a adorarle a él, no son la esencia de la adoración ni del amor. La esencia es el estado del corazón. La conducta externa solo agradará a Dios cuando fluya de un corazón que se deleita en Dios, esto es, cuando fluye de alguien que ama a Dios porque le conoce.

Cuando Jesús demanda que amemos a Dios con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerzas, quiere decir que cada facultad de nuestro ser debe expresar la plenitud de nuestro amor por Dios, la plenitud de todas las formas en que le adoramos.

Sin acercarse, y sin encuentros, el amor no surgirá por sí solo.

Estas facultades y capacidades que Jesús menciona: corazón, alma, mente y fuerza aunque se solapan en determinados puntos en cuanto al significado, no son la misma cosa. El corazón se refiere al mismísimo centro de nuestra vida volitiva ─conducta, emociones y pensamientos.

El alma a nuestra vida como un todo, aunque a veces se distingue del cuerpo. La mente se refiere a nuestra capacidad de pensar y la fuerza a la capacidad de esforzarnos tanto con el cuerpo como con la mente. Estas facultades y capacidades existen para mostrar nuestro amor por Dios.

Concluyendo, las demandas de Jesús de amar a Dios con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerza significan que cada acción de cada una de estas facultades debe ser una expresión viva de que atesoramos a Dios por encima de todas las demás cosas en nuestras vidas. Y Jesús nos advirtió que esta importante demanda seria olvidada por muchos en los últimos días (Mt 24:12).

Así que, estemos atentos para que nuestro amor por Dios no se enfríe en estos días tan difíciles y convulsos que nos han tocado vivir. Recordemos también que le amaremos más en la medida que le conozcamos más. Un bajo conocimiento de Dios derivará en un amor débil.

Podrán existir afectos intensos pero si estos no están respaldados por un conocimiento verdadero de quien es él, no es amor. Y viceversa, se puede tener un súper conocimiento intelectual sobre Dios, si no hay afectos genuinos y sinceros, es mero intelectualismo muerto, no amor. El amor que Dios demanda hacia él se conforma de ambas cosas.

Dios te bendiga.

Lea también la primera parte de este artículo aquí.