Y amarás al señor tu Dios con todo tu corazón,

y con toda tu alma, y con toda tu mente, y con todas tus fuerzas.

Este es el principal mandamiento (Mr 12: 30).

Dios creó al hombre para que este viviera en una perfecta relación de amor con él. El hombre debía ver en Dios su bien supremo y no amar las cosas terrenales más que al propio Dios. Pero no fue así, el hombre falló en amar a Dios como debía y el resultado fue nefasto: desvió su corazón tras otros anhelos. Una vez caído, la relación con el creador quedó quebrantada, sus afectos distorsionados y su voluntad inclinada al mal.

Es en este contexto crítico que Jesús viene a restaurar la existencia humana siendo su obra el medio para poder recomponer nuestra relación con Dios y con nuestros semejantes tal y como fue diseñado desde el principio.

En este mandamiento, Jesús  expresa la importancia y también las implicaciones de esta restauración: debemos amarle (a Dios) con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerzas. Jesús da por sentado que amar verdaderamente a Dios es amarle por lo que él es y no por lo que nosotros queremos que sea. Es por eso, que vemos que su visión de Dios permeaba todo lo que decía y enseñaba.

Amar a Dios por lo que él es nos conlleva a reconocer que él es el creador. Él ha creado a la raza humana y todo el universo. Pero no solo eso, él sustenta todo lo que ha hecho y gobierna hasta el mas mínimo detalle.

Él es un Dios de sabiduría y rectitud, de poder y ira, de compasión y amor. Él no es una mera fuerza impersonal ─como sostienen algunas religiones paganas─ sino que puede ser conocido como un padre que ama a sus hijos. Jesús nos demanda que amemos a ese Dios ─el Dios revelado en las Escrituras. No al dios de nuestra imaginación. Jesús demanda que le amemos con todo lo que somos por todo lo que él es.

Pero para amarle hay que conocerle.

Dios no será honrado si nuestro amor es infundado. Aunque hablando claro, eso no existe. Si no le conocemos, entonces no podemos amarle. Podremos tener una especie de sentimiento desenfocado de la de verdad, pero no será amor. Si no sabemos nada de Dios entonces nuestras mentes estarán vacías y no habrá nada en ellas que despierte amor por Dios. No podemos amar a quien no conocemos, es absurdo proponer tal cosa.

Entender esto es crucial, ya que vivimos en una era cristiana donde los sentimientos reinan y el conocer a Dios es puesto únicamente en las arenas movedizas de lo experimental y místico a niveles «espectaculares y milagrosos» desprovisto de todo fundamento cognitivo, el resultado: horrores  por doquier. Personas jactándose de todo tipo de experiencias espirituales y sensacionalistas como sinónimo de conocer verdaderamente a Dios. La cuestión es que por alguna misteriosa razón estas experiencias de «poder genuino», según ellos, no son suficientes para sacarlos de la ignorancia y alinear sus vidas con la ética de la cruz de tal forma que sus vidas glorifiquen a Dios de la forma que este demanda en su Palabra.

Quisiera que hacer un breve paréntesis para reflexionar sobre lo que significa conocer a Dios ya que está estrechamente ligado con el amar a Dios. Pregunto: ¿Qué significa conocer a Dios?

En la verborrea evangélica popular y cotidiana «conocer a Dios» es una de las expresiones más usadas aunque lo que se quiere decir seguramente cambia en dependencia de la plataforma teológica donde esté siendo pronunciada. En este punto me gustaría compartir contigo algunos razonamientos del teólogo J. I. Packer en su libro: Hacia el conocimiento de Dios.

En este sustancioso libro Packer reflexiona sobre la realidad de que saber muchas cosas sobre Dios no significa necesariamente conocer a Dios. Packer señala la triste realidad de que muchos buscan el conocimiento teológico como un fin para lograr ciertas cosas pero no motivados por el conocimiento verdadero de Dios. Packer está consciente de que el verdadero conocimiento de  Dios no puede reducirse al dominio de meras proposiciones cognitivas. Como teólogo reformado que conoce la rica tradición teológica-intelectual del movimiento, Packer está al tanto del peligro que se deriva de un estudio de la teología desde la arista intelectual como un fin en sí mismo.

Sin embargo, Packer también dirige nuestra atención hacia al otro bando. Hacia el bando de los que rechazan con desdén la teología y el estudio de la doctrina y enfocan el conocer a Dios como un asunto empírico y nada más. Este tipo de persona sostiene que la letra mata y que el verdadero conocimiento de Dios es empírico, no teórico. Pero el empirismo de esta gente se reduce únicamente hablar de señales y prodigios: zarzas ardiendo, mares abriéndose, astros detenidos, lenguas angelicales, sanidades extraordinarias, etc.

La corriente vida ética por el poder del Espíritu Santo en la vida del creyente no es considerada gran cosa y son estas experiencias extraordinarias y vívidas las que apuntan a un verdadero conocimiento de Dios. Packer pone el dedo en la llaga sobre el particular:

Cuando hablamos de conocer a Dios, hacemos uso de una formula verbal, y las fórmulas son como cheques; no valen para nada a menos que sepamos cómo cobrarlos. ¿De qué estamos hablando cuando usamos la frase «conocer a Dios», de algún tipo de emoción? ¿De estremecimientos que nos recorren la espalda? ¿De una sensación etérea, nebulosa, propia de los sueños? ¿De sensaciones alucinantes y excitantes como las que buscan los drogadictos?

¿Qué es lo que ocurre? ¿Se oye algo? ¿Se ven visiones? ¿Es que una, serie de pensamientos extraños invaden la mente? ¿De qué se trata? Dichas cuestiones merecen consideración, especialmente porque, según las Escrituras se trata de un área en que es fácil engañarse, en que puede llegar a pensarse que se conoce a Dios cuando en realidad no es así. Lanzamos por tanto la siguiente pregunta: ¿qué clase de actividad o acontecimiento es el que puede acertadamente describirse como el de “conocer a Dios”?[1]

Sin negar lo milagroso y extraordinario en la vida cristiana tampoco podemos caer en una engañosa teología afanada en experiencias sensacionalistas y espectaculares como el criterio para medir el verdadero «conocer a Dios» pues la misma Biblia nos advierte para que no seamos arrastrados hacia el engaño con estas cosas (Mt 24:24; Mt 7:22-23). Packer prosigue con pensamientos muy perspicaces sobre la cuestión y desemboca en la siguiente conclusión:

El conocer a Dios comprende; primero, escuchar la palabra de Dios y aceptarla en la forma en que es interpretada por el Espíritu Santo, para aplicarla a uno mismo; segundo tomar nota de la naturaleza del carácter de Dios, como nos los revela su Palabra y sus obras; tercero, aceptar sus invitaciones y hacer lo que él manda; cuarto, reconocer el amor que nos ha mostrado al acercarse a nosotros al relacionarnos consigo en esa comunión divina.[2]

 

(Continuaremos con el tema en una segunda parte)

 

[1] Packer I. J. Hacia el conocimiento de Dios, pág. 34.

[2] Ibid, p. 37.