Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, que habéis de comer o que habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, que habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?

(Mt 6:25).

En un país de gran pobreza económica y necesidad como el nuestro la vida del día a día se vuelve todo un desafío. Son muchas las necesidades y las escaseces que tiene la familia cubana de manera general. Esta realidad conlleva a que en muchas ocasiones la ansiedad y preocupación se adueñen de nosotros y desaparezcan el gozo y la paz que nos deben caracterizar como hijos de Dios que somos.

Es cierto que es complicado y difícil mantener la calma y la serenidad cuando carecemos aun de las cosas más básicas para nuestro sustento: el alimento y el vestido. El problema se agranda considerablemente cuando otros dependen de nosotros para conseguir las cosas que necesitan para poder vivir ─los hijos por ejemplo.

Sin duda alguna es difícil y podemos llegar a olvidarnos de que Dios cuida de nosotros y que tiene en cuenta nuestras necesidades. Él no nos invita a la pereza, pero si a descansar en el hecho de que él está en control de todo. Que le debemos buscar primeramente a él y él suplirá las cosas que verdaderamente necesitamos. El puritano John Flavel ha tocado la nota que me encanta escuchar:

Hay un gran deleite para el pueblo de Dios en observar la providencia divina. La providencia no solo les lleva al cielo, sino también, trae el cielo a sus corazones ahora. El más sabio Dios dirige todo providencialmente para su propia alabanza y la felicidad de su pueblo, aunque todo el mundo esté ocupado moviendo sus velas y remando en una dirección contraria a los propósitos de Dios. Es un enorme placer fijarse en como el mundo lleva a cabo los propósitos de Dios oponiéndose a ellos; como hace su voluntad resistiéndola; como multiplica su Iglesia esparciéndola.[1]

¿Estaba Jesús consciente de las necesidades materiales de aquellos que le escuchaban? Claro que sí. Jesús conocía a fondo la gran pobreza material que tenían la mayoría de los que escuchaban sus palabras ese día. El “por tanto” al principio del verso es un conector lógico que lleva nuestra atención hacia lo precedente: los tesoros materiales no satisfacen ni perduran (Mt 6: 19-21), la oscuridad moral y espiritual que produce el amor a las riquezas (Mt 6: 22-23), elegir entre Dios y el dinero (Mt 6:24). La tesis fundamental de Jesús es que no nos preocupemos por las cosas materiales.

Pero, ¿qué pasa con nuestras necesidades? Seguramente se preguntaban los presentes. Está muy bien eso de no ir detrás de grandes riquezas y obsesionarse con el dinero, pero yo tengo una esposa y un hijo que mantener. Yo no quiero grandes riquezas, quiero darle lo necesario a mi familia. Como ya dije, Jesús no obviaba las necesidades materiales de aquellos que le escuchaban, pero quería enseñarles algo de suma importancia:

En realidad, Jesús responde que, igual que las posesiones terrenales pueden convertirse en un ídolo que depone a Dios, convirtiéndose en algo sumamente importante, también las necesidades terrenales se convierten en una fuente de preocupación que destrona a Dios al fomentar la desconfianza. La lealtad a los valores del reino rechaza toda servidumbre a las cosas temporales, tanto si adopta la forma de acumulación excesiva de estas como si es del tipo caracterizado por una búsqueda frenética, falta de fe y angustiada de las cosas básicas.[2]

Foto: Maykel Espinosa Rodríguez

Cuando Jesús nos dice “no os afanéis por vuestra vida” nos está exigiendo ese tipo de vida que todos quisiéramos tener: una vida libre de ansiedad y preocupación y llena de paz y gozo. ¿Pero cómo espera Jesús que esta demanda se haga realidad en la vida de sus discípulos cuando las circunstancias son difíciles y las necesidades tantas?

Bueno, en esta sección de la Biblia ─Mt 6:25-34─ Jesús aclara que podemos y debemos mantenernos gozosos aun cuando no vemos de qué forma serán satisfechas nuestras necesidades. El punto de Jesús en esta sección es que no estemos afanados, y es algo que nos repite varias veces en esta porción de las Escrituras. Jesús nos exhorta a buscar primeramente el reino de Dios y con esto nos está diciendo que cuando pensemos en todas las necesidades que tenemos: comida, ropa, y todas aquellas otras cosas que nos preocupan, que no nos martiricemos. Sino que hagamos todo lo contrario, hagamos de Dios el rey de todas esas situaciones. Esto es, que entreguemos en sus poderosas manos nuestras necesidades y circunstancias difíciles. Y que lo hagamos con la confianza de que  él trabaja para suplirlas. Si en verdad creemos que nuestro Padre celestial reina soberanamente sobre todo lo creado, entonces no estaremos ansiosos por nada.

¿Por qué se nos hace tan difícil creer con el corazón  cuando Jesús nos dice que la vida es más que comida, que el cuerpo y que el vestido? ¿Por qué es que nos afanamos tanto por estas cosas al extremo de dañar  nuestras vidas espirituales? ¿Qué significa que la vida es más que comida, cuerpo y bebida?

Es obvio y no amerita aclaración de ningún tipo el hecho de que como seres humanos de carne hueso y que viven en este mundo necesitamos ciertas y determinadas cosas para poder vivir. Pero detrás del afanamiento se esconden las garras filosas y cortantes de la humanidad caída que aun reside en nosotros. De esa humanidad que constantemente se siente tentada a buscar apoyo y satisfacción en las cosas visibles de este mundo y no en el Dios invisible. Detrás se esconde la filosofía mundana de que estas cosas son el todo de la vida. John Stott nos hace un comentario interesante al respecto:

Una preocupación exclusiva por la comida, la bebida y el vestido sólo podría justificarse si la supervivencia física fuera todo y el fin de todo en la existencia. Simplemente vivir por vivir.[3]

¿Acaso no es esta la filosofía del mundo caído? Las personas que nos rodean hacen de estas cosas el todo de la vida. Pero Jesús espera que nosotros pensemos y actuemos diferente. Por tanto, el afán muestra que no estamos conformes con lo que Dios nos está dando. Se nos olvida imitar el ejemplo de uno de los más grandes hombres de Dios cuando dijo: “He aprendido a contentarme cualquiera que sea mi situación (Fil 4:11)”. No está mal querer mejorar. Pero afanarse y caer en un estado de decadencia espiritual, por haber desplazado a Dios del primer lugar, es algo que debemos evitar.

Esto puede llegar a ser algo muy sutil y son miles los creyentes que han regalado a Dios a un segundo plano y están afanados en las cosas de esta vida bajo el lema “quiero mejorar”. Ellos no solo desean lo necesario, también luchan por todo tipo de comodidades sacrificando su relación personal con Dios en el proceso. Esto no es un fenómeno local, ni algo que ocurre en una sola congregación.

En cada iglesia se puede ver este tipo de creyente, que todo el tiempo está afanado en los negocios y enredos de este mundo y a penas se congrega debido a ello y el día que lo hace testifica maravillosamente de como Dios lo ha bendecido y prosperado. ¿No es esto increíble? ¿Cómo puede alguien que se ha desatendido de Dios por ir detrás de las cosas de este mundo sentirse tan satisfecho?

Cuando Dios no es el centro de nuestros anhelos este tipo de cosas esclavizan a las personas en un afanamiento constante porque siempre habrá algo “mejor” que obtener.

Jesús nos dice que si estamos afanados por las cosas de este mundo temporal hemos perdido de vista la verdadera grandeza de esta vida. La vida no se nos ha dado primariamente para los placeres físicos: comer, beber, vestir. Sino para algo mucho más sublime: el disfrute de Dios (Lc 12:21).

La vida no se nos ha dado, primariamente, para la aprobación de los hombres: honores, títulos, aplausos, popularidad. Sino para algo mucho más grande: la aprobación de Dios (2Tim 2:15). La vida no se nos ha dado, primariamente, para vivirla en este mundo temporal. Sino para algo mucho más grande: vida eterna junto a Dios en la era por venir (Jn 3:16).

Así que no debemos afanarnos por lo que comeremos, beberemos o vestiremos porque ninguna de estas cosas pueden darnos lo mejor de esta vida: el disfrute de Dios, la búsqueda de su bondad, la esperanza de una vida eterna en su presencia. Aferrarnos a estas es perder de vista el principal propósito de vivir una vida centrada en Dios.

Considero necesario en este punto escuchar nuevamente a John Stott con una nota de equilibro para que no vayamos al extremo apuesto: la vagancia y la insensatez:

He mencionado ya que la Biblia elogia a la hormiga. También las aves, que Jesús alaba, se proveen para el futuro construyendo sus nidos poniendo e incubando sus huevos, y alimentando a sus hijos. Muchas emigran hacia climas más cálidos antes del invierno, lo que es un ejemplo sobresaliente de previsión prudente –aunque instintiva, y algunas hasta guardan alimento, como los pájaros alcaudones que surten su propia despensa clavando insectos e las espinas. Así que no hay nada aquí que impida a los cristiano hacer planes para el futuro o dar pasos sensatos por su propia seguridad. No. Lo que Jesús prohíbe no es ni la reflexión ni la previsión, sino el pensamiento lleno de ansiedad.[4]

Cuando nos centramos en Dios y buscamos primeramente su reino él trabaja para proveernos las cosas que necesitamos. “Todas estas cosas” no significa todo lo que nosotros pensamos que necesitamos, sino lo que realmente necesitamos. Y lo que realmente necesitamos está determinado por lo que Dios nos ha llamado hacer, no lo que nosotros queremos hacer por nuestra propia  cuenta. Dios nos dará todas las cosas que necesitamos para cumplir su llamado en nuestras vidas.

El punto principal de todo lo que Jesús enseña en esta porción es claro e inconfundible: Jesús no quiere que sus seguidores estemos afanados y turbados por las cosas de este mundo. Él no quiere que estemos empantanados en el lodo de la preocupación. Todo lo contrario. Él quiere que su reino se vuelva más central cada día en nuestras vidas porque en la medida que eso pase, menor será nuestro afán y ansiedad y más grande nuestro gozo y deleite en Dios.

Dios te bendiga.

 

[1] Flavel, John. El Misterio de la Providencia, pág. 2.

[2] Carson A. Donald. El Sermon del Monte: Una exposición bíblica de Mateo 5-7, pág. 106.

[3] Stott, John. El Sermon del Monte: Contracultura cristiana, pág. 188.

[4] Ibid, p. 189.