Autor: Silas Bollweg Martín

Traductor: Andrés J. Quesada Cedeño.

Nuestros primeros padres vivían en un estado de paz y comunión con Dios en el jardín del Edén. Ahí disfrutaban de la compañía íntima de Dios y de todas las cosas que necesitan para su sustento, estaban completos.

En medio de la paz y armonía que caracterizaba la relación con su creador un mandamiento les fue dado: “De todo árbol del huerto podrás comer; más del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás (Gn 2:16-17a)”. Pero dicho mandamiento también vino con una advertencia muy seria: “porque el día que de él comieres, ciertamente morirás (Gn 2:17b)”.

La advertencia fue clara y la consecuencia bien explicada. Sin embargo, la serpiente (Satanás) le dijo a Eva que no morirían sino que obtendrían conocimiento y sabiduría llegando a ser como Dios. Entonces Eva comió del fruto y le dio a su marido Adán y ambos murieron —espiritualmente.

No hubo mentira alguna en las palabras de Dios; no hay contradicción. Alguien pudiera pensar: “pero ambos comieron y no murieron sino que vivieron por muchos años más”. Esto es algo que algunas personas no entienden. Y es que Dios estaba hablando de un tipo de muerte inmediata que quiso negar la serpiente con su gran mentira: “no morirán, sino que serán igual a Dios”.

Dios estaba hablando de lo que la Biblia llama “muerte espiritual”, cosa que realmente ocurrió en el mismo instante en que ambos desobedecieron a Dios al comer del fruto.

¿Qué ocurrió? Simple, la muerte espiritual tomó lugar y trajo como resultado separación entre el hombre y el creador, la relación de armonía y comunión que hasta ese momento había existido quedó rota. A pesar de que el hombre fue creado para vivir en eterna comunión con su creador, el pecado trajo división y enajenación del hombre hacia Dios.

La muerte espiritual comenzó entonces un proceso de corrupción, enfermedad y deterioro en el hombre hasta llegar a la muerte física. De modo que la muerte física no es más que la obra exterior, la consecuencia, de la muerte espiritual. Entonces, ¿Quién le dijo la verdad a Adán y a Eva, Dios o Satanás?

Dios le dijo lo que realmente pasaría si desobedecían lo que les había mandado. Mientras que la serpiente torció las palabras de Dios y los indujo a la desobediencia que trajo la condenación al mundo entero (Ro 5:18a). Pero ya antes de la fundación del mundo Dios había previsto la caída y trazado un plan de redención. Dios había prometido, cumplido el tiempo, enviar un salvador que haría posible la reconciliación del hombre con Dios.

En el mismo momento de la caída Dios quiso mostrar que debido a su justicia perfecta sangre debía ser derramada para el perdón de pecados —alguien debía pagar. Entonces Dios sacrificó un animal (Gn 3:21) y vistió con la piel sus cuerpos desnudos cubriendo así el pecado que evidenciaba la conciencia que tenían de su desnudez.

Es necesario que entendamos correctamente los sacrificios de animales en el Antiguo Testamento. Todo el sistema mosaico de sacrificios instituido por Dios apuntaban al gran sacrificio: la cruz de Cristo. No eran más que un tipo, o una sombra, que anunciaban al verdadero sacrificio.

Estos sacrificios solo eran eficaces en virtud de la relación que guardaban con el sacrificio de Cristo. Es por eso, que los teólogos han afirmado que la muerte de Cristo fue tanto retroactiva como retrospectiva. Los santos del Antiguo Testamento no fueron salvos en base a los sacrificios de animales sino en base a la realidad futura que prefiguraban: Jesús, el cordero de Dios. Está institución solo fue para dar una idea de lo que Dios haría, llegado el tiempo, con su hijo para salvar la humanidad.

No mucho tiempo después de la transgresión, Adam y Eva tuvieron dos hijos. Estos crecieron y desarrollaron profesiones diferentes, unos fue pastor de ovejas y el otro labrador de la tierra. En cierta ocasión ofrendaron a Dios del fruto de su trabajo y la Biblia nos relata que la ofrenda de Abel fue aceptada mientras que la de Caín fue rechazada. ¿Por qué? Muchísimo se ha especulado al respecto pero la Biblia no nos dice explícitamente el por qué.

La Biblia solo nos dice que Abel le ofrendó a Dios lo mejor de sus animales pero no nos dice absolutamente nada con respecto al estado de la ofrenda de Caín. Génesis 3:7 parece sugerir algo negativo en la actitud de Caín con respecto a la ofrenda. Podemos inferir que no ofrendó lo mejor de los frutos de su trabajo, pero solo sería una inferencia, nada más.

En lo personal creo, mirando el contexto redentor de toda la Escritura y los contenidos diferentes de las ofrendas, que Dios nos está enseñando algo importante desde el mismo principio: solo la sangre de Jesús, el cordero de Dios —la ofrenda de Abel— es aceptada por Dios, no nuestras obras —la ofrenda de Caín.

Caín se enfadó tanto que terminó asesinando a su propio hermano. El hecho de que Dios no acepte “buenas obras” como mérito para otorgar la salvación sino solamente le fe en Cristo, hace que las personas religiosas y legalistas se enfurezcan porque ellos hacen muchas “buenas obras” y esperan ser reconocidas y recompensadas por ellas. Quieren ganarse la entrada al cielo confiando en sus buenas obras y no en Cristo y su perfecta obra en la cruz del calvario.

Cuando Abraham fue probado para que sacrificara a su amado hijo Isaac Dios proveyó un cordero que tomó su lugar y salvó la vida del muchacho. Luego los israelitas ofrecían sacrificios de animales en la tienda del arca del pacto y posteriormente en el templo de Jerusalén. Pero cuando llegó el tiempo de Dios, está institución que no eran más que sombra de lo venidero, cesó y Dios entregó a su hijo: el cordero que quita el pecado del mundo (Jn 1:19).

Nacido en un establo. Predicó como nadie jamás lo había hecho. Realizó maravillas, milagros sobrenaturales y expulsó demonios. Como colofón de su ministerio fue a la cruz y pagó el precio por nuestros pecados para que pudiésemos ser reconciliados con Dios.

¡Pero la salvación no es algo automático! Depende de la libre voluntad de cada quien el recibir o no a Jesús en su vida. Nunca nadie será secuestrado y llevado al cielo en contra de su voluntad. Cada quien es responsable de aceptar o rechazar la oferta de amor de Dios.

Dios promete a todo aquel que ponga su fe en Cristo la vida eterna. Pero aquel que confía en su propia bondad y “buenas obras” y desprecia el regalo de Dios no será aceptado y la ira de Dios está sobre él.

Sí no conoces a Cristo la ira de Dios está sobre ti. No harías nada más sensato que reconocer tú pecado y rebelión y entregar tu vida a Jesús. ¡Hazlo ya y no pierdas tiempo!

Dios te bendiga