Dos barcos, dos destinosEn la mañana 10 de abril de 1912 se abría paso entre las majestuosas aguas del océano Atlántico, el que sería considerado la embarcación más lujosa y colosal de su época. La prensa , la radio y los medios de difusión alucinaban ya con los laureles que recibiría una vez terminado su viaje inaugural, a lo que su constructor, seguro de su pompa y gloria exclamó :”Ni Dios puede hundirlo” . Así se echaron a mover los motores, avanzando rumbo al sueño americano. Los primeros 4 días de la travesía transcurrieron sin dificultad, pero llegada la noche del 14 de abril, por negligencia, o quizás descuido, la nave colisiona contra un iceberg inundando los 4 primeros compartimentos y haciendo inminente el hundimiento de tan majestuoso navío. Cerca de la madrugada del 15 de abril de 1912 quedan sumergidos bajo las aguas oceánicas los restos del insumergible RMS Titanic dejando un saldo de 1514 personas de las 2223 que conformaban la tripulación. Así quedó enmarcado para la historia universal como el mayor desastre marítimo en tiempos de paz. En la historia aparece otro buque, este más antiguo aún, lo podemos encontrar en el libro de Génesis. Se narra que la maldad de los hombres se había intensificado tanto que Dios planeó enviar un diluvio para borrarlos de la faz de la tierra, y para proteger a los fieles, mandó a construir un navío. Esta nave fue construida con los planos divinos, no tenía cubiertas sofisticadas ni lujosas, sino mas bien establos cuidadosamente diseñados para ser llenados de toda clase de animales y personas que aceptaran el llamado de advertencia. El mensaje del diluvio se predicó por 120 años y cada persona tuvo su oportunidad de escoger. Llegó el momento indicado, y solamente 8 personas montaron en la única esperanza de vida que Dios había provisto para la humanidad. Luego vino el diluvio y se los llevo a todos. La historia de la humanidad nos presenta dos embarcaciones con dos finales diferentes. El primero majestuoso, lleno de lujos y donde muchos habían depositado su confianza. El segundo, un navío grande espacioso, grotesco y quizás un poco rústico sobre el cual solo decidieron confiar su vida el constructor y su familia. El primero terminó en las ruinas, sepultado y olvidado bajo las olas, pero el segundo fue la vía que Dios utilizó para salvar a la raza humana de semejante desastre. Hoy Dios nos pide que escojamos nuevamente entre dos embarcaciones, la hermosura de este mundo o la difícil travesía hacia el cielo. Una nos llevará a la muerte eterna y definitiva, la otra al cielo para vivir eternamente junto a nuestro Salvador. Y tú querido lector, ¿a cuál de las dos barcas deseas subir?

Escogería antes estar a la puerta de la casa de mi Dios,
que habitar en las moradas de maldad  – David

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