¿Recuerdas la frase: “Donde pongo el ojo, pongo la bala”? Era dicha refiriéndose a una excelente puntería. En realidad, para tratar de dar en el blanco debes mirar bien; así mismo para poder llegar a determinado destino, es preciso dar pasos que te lleven hacia él.

Dicho de otra manera, sólo caminas hacia donde enfocas tu dirección; donde está tu interés, hacia allá diriges todo tu esfuerzo y empeño. Donde pones tu vista, pones tu vida. “Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón”, dijo Jesús según Mateo 6:21.

 

El pueblo de Israel salió del monte Hor para continuar su camino por el desierto y se desanimó. Entonces habló nuevamente contra Dios y contra Moisés. Jehová mandó serpientes ardientes, venenosas, que mordían al pueblo y muchos morían. Entonces el pueblo reconoció su pecado y pidió a Moisés que clamara a Dios que quitara esas serpientes. Dios ordenó a Moisés levantar una serpiente de Bronce. “y cualquiera que…mirare a ella, vivirá.” (Nm21:8)

¿Quitó Dios las serpientes ardientes? No. Dios decidió desafiar al pueblo a creerle, si querían librarse de la muerte. Las serpientes seguirían mordiendo por un tiempo, pero todo el que mirare conforme al plan de Dios, viviría. Y así fue. Dependía de ellos mismos mirar para tener vida, o no mirar y tener  muerte. Donde ponían su vista, ponían sus vidas. Si alguno más murió fue por no mirar al blanco que Dios dispuso para su salvación. Todo el que miró en obediencia a la palabra de Dios, vivió. Dios fue fiel.

Elías, un profeta como ningún otro, hombre de Dios, quien había sido capaz de confrontar a todo el pueblo, retar a los profetas de Baal hasta la muerte y afrontar al mismo Rey de Israel más de una vez, ahora huye ante un mensaje de Jezabel. ¿Cuál era el peligro? Jezabel amenazó con matarle y Elías huyó; dejó a su criado atrás, se fue por el desierto, se sentó debajo de un enebro y deseó morirse. Notemos que huyó por salvar su vida y al final deseaba morir, ¿Cuál es el asunto? Si quería morir, ¿Para qué huir? podía haberse quedado tranquilamente. Además, ¿Acaso no hubo peligro de muerte antes? ¿Qué pasó con Elías? “Viendo, pues, el peligro…” (1R19:3) Este hombre de fe y fuego dejó que su corazón se inclinara al miedo, y el peligro que nunca antes le había intimidado, ahora le hace huir. Cuando puso su vista en la amenaza, entonces debido al miedo dudó y como resultado corría en dirección opuesta a la que Dios quería.

Pedro junto a otros discípulos vio al Señor venir hacia ellos caminando sobre las aguas, y enérgico como siempre dijo: “Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas. Y él dijo: Ven.”

Su primera reacción a la palabra de Jesús fue “Voy.” Pedro demuestra que si es el Señor quien da la palabra, quien da el mandato, cualquier cosa es posible. Y sin pensarlo dos veces, salió de la barca en medio del mar en tormenta y saltó a las aguas para andar sobre ellas. ¡Y caminó sobre las aguas! Pero ¿Dónde estaba puesta su mirada en esos momentos? Y ¿Dónde la puso luego? Primero miró al Señor y enfocado en su palabra le fue posible lo naturalmente imposible. Pero al ver el fuerte viento…” (Mt14:30) Cuando puso su vista en la tormenta, entonces tuvo miedo y dudó. Como resultado comenzó a hundirse. Donde puso su vista, puso su vida: si en Jesús, tuvo un milagro; si en la tormenta, se estaba hundiendo.

Juan 3:14 y 15 dice: “Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda mas tenga vida eterna.” Hebreos 12:1-3 dice: “Por tanto, nosotros tambiéndespojémonos… del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera…, puestos los ojos en Jesúspara que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar.

Es preciso fijar nuestra vista en Jesucristo, afirmar nuestro corazón hacia la eficacia de su sacrificio y someter nuestra voluntad a la suya por el poder de su gracia.

Poner tu vista en el Señor Jesucristo significa confiarle tu vida con la plena certeza de que él tiene el control de todo; implica depender de él para toda decisión y acción, y someter a él todo pensamiento y sentimiento pues él siempre obrará lo que es mejor para quienes le aman y confían en él.

¿Cómo hacer esto? Alimenta y atizona tu vida con los “leños” de las promesas de La Palabra de Dios, para que recobres fuerza y tu fe crezca. Aviva el fuego que el Espíritu Santo puso en ti, con los “soplos” de la oración. Camina con Jesús, no como uno más en la multitud que quiere ver o recibir algún milagro; sino como verdadero discípulo y hermano, para conocerle y ser conocido por él, ir con él mano a mano y aprender de él a hacer la voluntad de Dios.

Aprendamos de los ejemplos anteriores y que ningún viento de tormenta, por fuerte que sea, ni malas noticias, ni siquiera la muerte, nos hagan apartar la mirada de nuestro Salvador y Señor. Cualquiera sea la aflicción, aunque parezca ser el final, no mires a ella. No temas, ni desmayes por la situación que estás viviendo, mira a Cristo y vivirás. Tu vida no dependerá jamás de las circunstancias, sino de Su buena voluntad, agradable y perfecta.

Abre tus ojos espirituales y mírale en todo tiempo, con Él estarás seguro, serás más que vencedor  y heredero de grandes promesas. Afirma tu fe y tus pasos, guiándote por Su palabra fiel y verdadera. Donde pones tu vista, pones tu vida.  Apunta hacia Cristo, Él es el blanco perfecto de fe y vida. Atesórale en tu corazón y vive. Jesús te bendice con toda bendición espiritual.