Dios y los débilesEs cierto, los hay mejores, no somos insuperables, pero somos los que Dios escogió para mostrar su misericordia y contarle al mundo la grandeza de su nombre.

“…sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es a fin de que nadie se jacte en su presencia.” (1Co 1:27-29).

Miedo, humillación, enfermedad, arrepentimiento, debilidad, son algunas de las palabras que menos le gustan a nuestra generación. Nadie quiere sentir temor, nadie quiere sentirse humillado, nadie quiere sentirse débil. Sin embargo, nadie se escapa de estos sentimientos y situaciones en algún momento de su vida.

El hombre se convirtió en un ser débil después que el pecado entró en la raza humana. Todos tenemos una buena cantidad de imperfecciones. Vivimos enfrentando toda una serie de circunstancias que no podemos controlar y que de alguna forma nos debilitan. Pueden ser situaciones familiares, financieras, físicas, emocionales, académicas, etc. Muchas de las tentaciones que afrontamos nos hacen recordar lo débiles que somos. En fin, el hombre que tan fuerte se cree, en realidad no lo es tanto.

El mundo por su parte valora a los fuertes, a los capaces, a los que alcanzan posiciones encumbradas, y relega a un segundo plano a quienes no llenan la medida de sus expectativas. Sin embargo, como Dios tiene conceptos que no se guían por los estándares de este mundo, a él le complace usar y bendecir a los débiles.

Pablo tenía un aguijón en la carne. No era de su agrado, lo hacía verse humillado, débil. Por él había rogado a su amoroso Padre, y sabemos la respuesta de lo alto: “Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad”.

Ciertamente Dios tiene una perspectiva diferente a la nuestra. Bien dice la Escritura: “Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos…” (Is 55:8). Esto hace que en ocasiones se actúe de manera diferente a como esperamos, e incluso a veces de manera opuesta. En una ocasión leí algo así:

Pedí riquezas y obtuve pobreza

Pedí salud, recibí enfermedad

Pedí cosas para disfrutar la vida,

Dios me dio la vida para disfrutar de las cosas.

No recibí nada de lo que pedí

Sin embargo, hoy soy el hombre más ricamente bendecido.

Al hombre le impresiona la riqueza, la fuerza, la valentía, la inteligencia, a Dios le impresiona la obediencia, la fidelidad, la humildad, la mansedumbre. Dios es impresionado por un corazón que reconoce su incapacidad, su debilidad, su necesidad de él (1 Co 1: 26-28).

El Señor siempre ha mirado de lejos al soberbio, se complace con los humildes. Si reconocemos (no con falsa modestia) que no podemos, que somos débiles, Dios interviene para decirnos: Tú no puedes, pero yo en ti sí. De manera que tenemos el poder del evangelio en estos vasos de barro (2 Co 4:7), así las personas pueden reconocer que este poder proviene solamente de Dios.

Cuántas veces, si somos honestos con nosotros mismos, pensamos en todas nuestras limitaciones y nos sentamos a decir: “Dios nunca podrá usarme”, “Nunca seré o podré hacer lo que hace mi hermano” y es verdad, nunca seremos como otros porque cada creyente es un ser diferente y especial. Pero hermano, la Biblia está llena de ejemplos de cómo Dios ama, usa y bendice a las personas más comunes y ordinarias, y las lleva a hacer cosas extraordinarias para la gloria de su nombre. Como diría Rick Warren: “Si Dios usara sólo a personas perfectas, nada sería hecho”.

El misionero Hudson Taylor dijo: “Todos los gigantes de Dios fueron personas débiles”. Así vemos en la Escritura a Moisés con un temperamento que lo llevó a matar a un egipcio, romper las tablas de la ley, golpear la roca antes de hablarle; a un Moisés tartamudo liderando un gran pueblo, y al final transformándose en el hombre más manso de la tierra. (Nm 12:3) Vemos a Abraham, siempre temeroso, mintiendo sobre Sara su esposa para protegerse (Gn 12:11-13), y finalmente reconocido como el padre de la fe. Vemos a Pedro impulsivo, de débil voluntad, cambiante, diciendo que no negaría al Señor, para momentos después hacer precisamente lo que dijo que nunca haría. Este hombre frágil fue transformado en una “roca” (Mt 16:18). Vemos a Juan, llamado hijo del trueno, convirtiéndose en el apóstol del amor.

¿Paradójico verdad?, pero cierto. Dios escoge a los que se reconocen débiles, los usa y los transforma ante las bocas abiertas de todos y las miradas incrédulas de muchos. Bien dice la Escritura: “He aquí que Dios es grande pero no desestima a ninguno”. (Job 36:5-6)  

Recuerda: tenemos metas, tenemos propósitos, tenemos cosas que hacer en la obra del Señor. Es cierto, los hay mejores, no somos insuperables, pero somos los que Dios escogió para mostrar su misericordia y contarle al mundo la grandeza de su nombre. Nuestra respuesta no debe hacerse esperar: “…Heme aquí, envíame a mí” (Is 6:8).

Fotografía: Ernesto Herrera Pelegrino

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