Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también  todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás.

Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con el nos resucitó, y así mismo nos hizo sentar  en los lugares celestiales con Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales preparo de antemano para que anduviésemos en ellas (Ef 2:1-10).

En el capítulo uno de esta carta el apóstol Pablo deja claro que aquellos que hemos sido redimidos y hechos hijos de Dios mediante la fe en Cristo, disfrutamos de privilegios especiales. Nos dice:

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin manchas delante de él, en amor habiéndonos predestinados para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad (Ef 1: 3-5).

Pero ahora, comienza el capítulo dos dándonos una lección con el objetivo de que apreciemos esta gran salvación dada por Dios como realmente debemos apreciarla. En este capítulo el Apóstol pasa a explicar el grandioso cambio que se ha efectuado en nosotros los creyentes: hemos sido sacados de un estado de muerte y completa miseria espiritual a un estado de vida y plenitud espiritual.

En los versículos del 1-3 nos explica de forma muy gráfica la condición en que estábamos antes de ser salvos. Luego, en la sección del versículo 4-6 nos habla acerca de la posición actual que disfrutamos ahora que somos salvos y finalmente en los versículos del 7-10 nos enseña el propósito de Dios al salvarnos.

Nuestro antiguo estado (Ef 2: 1-3)

El apóstol describe el estado en que nos encontrábamos antes de ser salvos con una retórica muy gráfica y expresiva. Categóricamente nos dice que estábamos muertos en delitos y pecados, que vivíamos en un estado de ruina total. Vivos físicamente, pero no espiritualmente. Ajenos por completo de la vida de Dios, sumidos en la corrupción y putrefacción carnal que alimentaba nuestras vidas con las cosas de este mundo. Controlados por un deseo idólatra de autonomía que se constituía en la base misma de nuestra rebelión y desprecio hacia Dios.

Éramos como cadáveres; insensibles e incapaces de percibir las cosas espirituales de Dios por lo que realmente son. No veíamos nada de belleza y dulzura en la cruz de Cristo. No había nada de atractivo en ella para nosotros, solo se proyectaba burla y desprecio de nuestra parte. La cruz no era más que un sinsentido.

Hay algo que debemos entender, en este estado el hombre se deleita y corre detrás de todo aquello que se opone a la ley de Dios. Es un completo esclavo del pecado que vive una vida vana y sin sentido. Alejado completamente de Dios y caminando hacia el infierno con un gran sonrisa en la cara. No es más que una marioneta de Satanás y sus demonios.

Esta es la razón por lo cual el apóstol usa una figura tan radical y expresiva. Él quiere que entendamos la gravedad del asunto, la profundidad de maldad y corrupción en que vive todo aquel que no ha sido regenerado por el Espíritu Santo de Dios. El objetivo es que valoremos apropiadamente la salvación que Dios ha efectuado en nosotros, salvación de la que no somos autores en el más mínimo sentido. Para que entonces podamos con corazones agradecidos dar toda honra y gloria a Dios por su gran salvación.

Nuestro estado actual (Ef 2 4-6)

Ahora el apóstol hace una transición para que contrastar ambos estados. Comienza diciendo, “Pero Dios”. ¡Esto es una frase de transición! El apóstol quiere que entendamos que si hoy no nos encontramos en ese estado de muerte y condenación se debe única y exclusivamente al actuar de Dios. Nada había en nosotros que nos hiciera merecedores de la salvación que Dios dispuso darnos. Solo es Dios quien en su gran misericordia quiso salvarnos.

Los creyentes hemos sido resucitados juntamente con Cristo. El mismo poder que operó en la resurrección de Cristo fue el que nos dio vida cuando estábamos muertos en delitos y pecados. Hemos sido trasladados del churre y la peste a estar sentados en lugares celestiales al lado de Cristo ─nuestra posición actual. Ahora tenemos nueva vida y un nuevo propósito por el cual vivir. Ya no somos hijos de ira, ahora somos hijos amados que desean obedecer la voluntad de su Padre celestial. Nuestra ciudadanía no es la del infierno, sino la de los cielos.

Propósito y resultados (Ef 2: 7-10)

¿Tiene algún fin la salvación que Dios ha efectuado en nosotros? ¿Qué implica el cambio de estado que en nosotros ha ocurrido? En esta sección el apóstol da respuesta a estas preguntas.

Lo primero es reconocer que Dios no has salvado para su gloria. No hay nada que Dios ame más que su propia gloria. ¡Dios no es idólatra! Lamentablemente en la mayoría de las iglesias se está presentando una caricatura de Dios, un dios que es idólatra. Su amor hacia el hombre es tan grande que niega su santidad, justicia y soberanía. En nuestros días se estila mucho en las iglesias la predicación del “evangelio social”; el centro de todo es el hombre. Dios ha dejado de ser Dios para convertirse en un tipo de mesero espacial que está presto en todo momento a llevar los pedidos de los comensales narcisistas.

Pero la razón principal por la que Dios ha hecho esta grandiosa obra de salvación en nosotros es para mostrar las abundantes riquezas de su gracia. Dios lo ha hecho en última instancia porque desea glorificarse eternamente a sí mismo a través del pueblo que ha creado para la alabanza de su gloria. Somos salvos para reconocer y manifestar por toda la eternidad la inescrutable gloria y grandeza de Dios. Es por eso que en romanos 11: 36 Pablo nos dice:

Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.

Pero también hemos sido salvados para que en la vida presente andemos en las buenas obras que Dios de antemano preparó para que anduviésemos en ellas. Y este andar en ellas solo es posible gracias a que somos hechura Suya; Dios nos ha dado las herramientas para que realicemos las obras que nos ha encomendado.

Somos nuevas criaturas en Cristo y por lo tanto debemos andar como Cristo anduvo ─no hablo de perfección absoluta. Esto no significa que  nuestras obras nos otorgan puntos para la salvación, nada de eso. Todos los puntos de nuestra salvación ya fueron ganados por la obra más grandiosa que se ha hecho en esta tierra: ¡la cruz de Cristo! Pero si verdaderamente somos nuevas criaturas en Cristo, entonces hemos sido creados para buenas obras. Ese es el resultado ineludible.

Estamos conscientes de que aun en la verdadera vida cristiana hay lugar para el fracaso y el pecado. Estamos en un proceso creciente de santificación y la batalla es dura. No obstante, los verdaderos hijos de Dios dan muestra de crecimiento con el paso del tiempo. Y a pesar de que aun luchan con el pecado, es visible en ellos el crecimiento y deseo de agradar a Dios. Es por ello que si estas obras no están presentes en la vida de alguien que proclama haber nacido de nuevo tiene que analizar si realmente hay nueva vida en Cristo en su ser.

Dios te bendiga.