Texto: Mt 5:6

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.

 

 

Sabemos que una vez que nos hemos arrepentido y creído en el evangelio somos salvos, pasamos de muerte a vida. Pasamos de ser reos de condenación a hijos amados. Sabemos que desde ese instante nuestra salvación esta en las manos de Dios, no en las nuestras. Pero a partir de ese momento comienza en peregrinaje donde vamos siendo  conformados a la imagen y semejanza de Cristo de forma progresiva. Este peregrinar es nuestra  vida de piedad y en ella anhelamos todo el espectro de la salvación ofrecida por Dios, no solamente escapar de las llamas del infierno.

Deseamos conformar cada área de nuestra vida a la voluntad de Dios. Deseamos ser cada día más santos y limpios delante de Dios. Gemimos por ser liberados, cada día más, de los efectos del pecado en nuestras vidas. Dios se vuelve el centro de nuestros deleites y lo que más anhelamos con todo el corazón es vivir una vida que le glorifique. En palabras sencillas: Él se ha vuelto nuestra porción. Es a  este tipo de justicia  que JesUs se refiere en este pasaje. El verdadero creyente tiene hambre y sed de vivir una vida que glorifique a Dios en todas las áreas de su vida, aunque eso le pueda traer problemas en este mundo.

Amado lector, si eres alguien que se identifica delante de los demás como cristiano y desconoces ese anhelo y la lucha que provoca en el creyente cuando ve sus imperfecciones. Si eres indiferente a la pasión por glorificar a Dios que debe caracterizar a cada creyente, solo puedo decirte algo: o no eres creyente y estas engañado, o estas pasando por un periodo de decadencia espiritual terrible.

Quisiera apuntar una frase que condensa de forma magistral la enseñanza de Jesús en la bienaventuranza. Se trata de una frase del ministro escocés del siglo XIX, Robert Murray M´Cheyne:

Señor, hazme todo lo santo que pueda ser un pecador salvado.

El 20 de abril de 1889 el matrimonio conformado por Alois Hitler y Klara Plözl recibieron, seguramente, con mucho entusiasmo y alegría la llegada de su tercer hijo: Adolfo Hitler. Aquellos que hemos tenido la oportunidad de tener hijos, sabemos, que el ver llegar a nuestro pequeño o pequeña a este mundo es algo mágico. Es una sensación de gozo y felicidad que se torna indescriptible.

Sin embargo, estos padres no vivieron el tiempo suficiente para ver el monstro en que se convirtió su pequeño Adolfo ─estoy dando por sentado que el lector conoce quién fue Adolfo Hitler y los horrores que perpetró. Podemos preguntarnos: ¿cómo llegó a eso? ¿Qué determinó dicho accionar?

Desde muy joven Hitler  fue influenciado por las lecturas pangermánicas[1] del profesor Leopold Poetsch llegando a formular en su corazón y en su mente el deseo de una hegemonía alemana en Europa. También, se veía como el salvador que necesitaba Alemania y veía en la destrucción de los judíos un medio indispensable para lograrlo. Estos anhelos y deseos le llevaron a empezar la segunda guerra mundial dejando detrás una ola de muerte y destrucción sin precedentes. También le llevó a la aniquilación de más de seis millones de judíos por el simple hecho de ser judíos y ser considerados por él una raza inferior.

La vida de Adolfo Hitler ilustra de manera negativa hasta donde es capaz de llegar una persona con tal de lograr los anhelos y deseos del corazón. Es por eso, que es muy importante que conozcamos los deseos y anhelos de nuestro corazón, pues estos, determinarán nuestro estilo de vida y las decisiones que tomamos.

Lo creas o no, nuestros deseos y aspiraciones juegan un papel fundamental en nuestra vida. Ellos establecerán la dirección que le damos a nuestro actuar en cada situación. Por ejemplo, cuando decidí que quería estudiar ingeniería de control automático, estaba consciente de que este anhelo determinaría en muchos sentidos mi proceder: tendría que viajar semanalmente hacia la universidad en Santiago de Cuba. Tendría que dedicar mucho tiempo a estudiar matemática, electrónica, física, programación, etc. Tendría que permanecer una semana fuera de las comodidades del hogar y separado de mis familiares. En fin, el cumplimiento de mi deseo implicaba también un determinado comportamiento. Esta es la idea presentada por el apóstol pablo en 1 Co 9: 24-25.

Nuestras metas influenciarán todo nuestro vivir. Haremos esto o aquello en dependencia de nuestros anhelos y deseos: los lugares donde vamos, los temas que conversamos, las personas con que nos reunimos, etc. Todos estos aspectos están condicionados por lo que queremos.

Entonces, habiendo dejado bien establecida esta realidad quisiera preguntarte: ¿Cuáles son tus anhelos y deseos? ¿Tienes hambre y sed de justicia? ¿Deseas que cada área de tu vida sea regida por la voluntad de Dios? Déjame decirte que solo los que tienen hambre y sed de justicia, solo aquellos que anhelan verse liberados por completo de la influencia del pecado y desean ser conformados a la imagen y semejanza de Jesús, esto es, una santidad creciente en sus vidas, serán saciados. El resto está condenado a vivir vidas vacías e insatisfechas sin importar lo que puedan adquirir en este mundo.

Este mundo exalta a las personas que tienen hambre y sed de cosas como: fama, dinero, reconocimiento, intelectualismo, éxito, etc. Vivimos en una era completamente existencialista y materialista, donde dichos fenómenos han venido infiltrándose poco a poco en la iglesia y en gran parte se ha adoptado este estereotipo de hombre y mujer bienaventurados. Déjame preguntártelo de otra forma: ¿anhelas la santidad de Dios? ¿Sientes que tu vida se consume si le (a Dios) fallas? Seré sincero contigo: si no estás anhelando la santidad en tu vida y luchando contra el pecado, entonces estás anhelando y deseando las vanagloria de este mundo, no hay términos intermedios aquí. Si no estás con Dios estas en contra de Él.

Quisiera terminar con una nota de equilibrio y aplicación: sabemos que en muchas ocasiones somos víctimas de la frialdad y la indiferencia. Hay momentos en que examinamos nuestro corazón y podemos palpar que las cosas no andan bien. Reconocemos que nuestras aspiraciones y deseos no están orientados en la dirección correcta. Sin embargo, en medio de tal deplorable condición estamos esperando que nuestros deseos y anhelos cambien por arte de magia. Pensamos que un día nos echaremos una siestita después de almuerzo y nos despertaremos completamente diferentes: con pasión por leer las escrituras, con un amor sobrecogedor por los hermanos de la iglesia, con deseo de predicarle a los que se pierden, con un gran dominio propio, etc. Si estas esperando que algo como eso suceda, déjame decirte que estas esperando en vano. Las cosas no funcionan así en el reino de Dios.

Si tus deseos y anhelos están orientados en la dirección equivocada y estás esperando que por arte de magia las cosas se arreglen, estás haciendo el ridículo delante de Dios. En este pasaje y muchos otros de las escrituras se nos enseña que tales bendiciones solo llegarán en el contexto de una profunda hambre del alma por estas cosas. Para poder ser saciado es necesario tener hambre primero.

Si no posees esta hambre tus deseos no van a cambiar. Entonces, la solución no es esperar a que de forma misteriosa y esotérica la situación cambie. Si estás en esa situación es simple y sencillamente porque te has distanciado de Dios. La solución bíblica es muy simple: “Acercaos a Dios, y Él se acercará a vosotros (Stg 4:8a)”. ¿Cómo puedo acercarme a Dios? Haz lo que Él te dice en su palabra: lee y medita en las escrituras. Saca tiempo para tener comunión con Él a través de la oración. Dedica tiempo al ayuno. Es necesaria la práctica de estas y otras disciplinas espirituales para poder acercarnos a Dios. El resultado: Dios se acercará a nosotros dándonos esa hambre y sed de justicia de la que habla nuestro texto. Una vez ocurrido esto nuestros deseos cambiarán, y con ellos, nuestra vida práctica. Dios te bendiga.

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Movimiento ideológico y político partidario de la unificación de todos los “pueblos alemanes”.