Texto: Mt 5:6

Bienaventurados lo que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.

Algunas religiones paganas enseñan que la felicidad solo puede obtenerse a través de la supresión de los deseos. El que no desea nada ─dicen ellos─ tiene que ser feliz. Porque el que no desea nada jamás será defraudado por nadie ni por nada.

Pero llegar a un estado donde no se desee nada es llegar a ser más miserable que los zombis que nos presentan las películas de terror; es llegar a ser un muerto viviente.

La Biblia no enseña semejante disparate. Pero sí enseña que el anhelo principal de un creyente debe ser el ser santo: conformarse cada vez, más y más, a la imagen y semejanza de nuestro señor Jesucristo (Rom 8:29). Y que este deseo principal debe ser el eje sobre el cual giren los demás deseos y aspiraciones.

La razón para esta clarificación es que quizás alguien que haya leído los tres artículos anteriores publicados en esta serie y haya percibido el claro énfasis en el hambre y sed de justicia ─santidad─ que debe tener el cristiano tal vez se pregunte: ¿acaso lo único lícito que puede desear el creyente es tener hambre y sed de justicia? ¿Acaso no puede desear otras cosas?

Si te estás preguntando eso, la respuesta es: ¡claro que puedes desear otras cosas! No está mal que una joven desee casarse. No está mal que un joven desee ir a la universidad a estudiar una determinada carrera. No está mal desear practicar algún deporte. En fin, hay muchísimas cosas que el cristiano puede desear. Pero como dijimos hace un instante: el deseo de ser santo debe ser el eje sobre el cual giren los demás deseos y aspiraciones del creyente. Veamos qué significa en la práctica.

Supongamos que dos jóvenes enamorados anhelan fervientemente casarse. Eso es algo bueno, pero ese anhelo debe ser guiado por el deseo que debe tener cada uno de forma particular de crecer en santidad cada día más. Esto significa que cada uno exigirá en primer lugar, que su pareja sea creyente, pero no solo eso, sino que debe ser un creyente que le sirva de estimulo y que sea un instrumento en las manos de Dios para ayudarle a no poner su mirada en la feria de las vanidades sino en el reino celestial.

Esto es muy importante, porque como dijimos en un artículo anterior de esta serie: debemos cuidar nuestro corazón de desear cualquier cosa a un nivel mayor de lo que deseamos vivir una vida santa delante de Dios. Debido a que nuestros deseos y aspiraciones determinan como vivimos.

Siguiendo el ejemplo de la pareja que anhela fervientemente casarse: ¿Cuántas veces muchos jóvenes cristianos se unen en matrimonio sin que el deseo de ser santos sea el eje sobre el cual gire su deseo de casarse? ¿Cuántos horrores se ven debido a que las “hormonas todopoderosas”  son las que se convierten en el eje sobre el cual gira dicho deseo?

Si queremos ser creyentes que glorifican a Dios, debemos procurar cultivar el hambre y sed de justicia en nuestras vidas. Debemos cultivar el deseo de ser cada día más santos.

¿Cómo hago eso? Seguro preguntaras. Bueno, quisiera darte tres consejos que de seguro te ayudarán.

1 Medita constantemente en lo que significa la justicia de Dios.

El apóstol Pablo nos dice en la carta a los romanos:

Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios (Rom 10:3).

Pablo está hablando aquí del pueblo de Israel y de su orgullosa actitud al rechazar la justicia de Dios ─Cristo─ para permanecer anclados a la justicia de manufactura humana. Es irónico el hecho de que el pueblo que se presumía celoso de la ley de Dios y apasionado por su gloria sea el que haya rechazado la más grande manifestación de Dios en la historia humana: Cristo. En su comentario a los romanos el erudito Evis L. Carballosa dice algo sencillo al respecto pero profundo:

La justicia de Dios es Cristo. Despreciar a Cristo equivale a despreciar la justicia de Dios.

En su comentario a los romanos Calvino dice lo siguiente:

Quien desee justificarse a sí mismo no sometiéndose a la justicia divina se equivoca, pues para obtener la justicia divina es preciso renunciar a la justicia propia.

Todo sentido de autosatisfacción proviene de ignorar la justicia de Dios. La ley divina es como una larga cadena y romper un eslabón no te convierte, en el que rompió un eslabón, sino, en el que rompió la cadena. Santiago nos dice:

Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos (Stg 2:10).

Todos nosotros hemos transgredido algún mandamiento de la ley, por lo tanto, nos hemos convertido en transgresores de toda la ley. Y eso trae consigo cargar con la culpa y el juicio divino. ¿Quién puede ser salvo? Debemos reconocer que bajo este estándar nadie puede ser salvo.

Necesitamos ser salvados por alguien más; alguien que haya obedecido de forma perfecta las demandas de la ley de Dios. Sin haber fallado en el más mínimo aspecto. Pero no solo eso, ese alguien tiene que pagar la deuda que los pecadores han contraído con Dios por sus incontables fallas.

Hay una sola persona que reúne esas condiciones: nuestro Señor Jesucristo; la perfecta justicia de Dios para el pecador. Si eres creyente, estas en Cristo. Y eso significa que estas revestido con la justicia más perfecta que pueda existir. Meditar constantemente en lo que eso significa, inflamará tu corazón con el deseo de ser cada vez mas santo para agradarle a tu redentor.

Imagen tomada del sitio Psicología online

2 Considera que desear ser santo tiene mas valor que cualquier otra cosa.

Cuando nos damos cuenta que en nuestras vidas no hay pasión por la santidad debemos reconocer que eso se debe a que hemos puesto nuestro apetito en otras cosas. Cristo nos dice que no podemos servirle a dos señores, porque cuando amamos a uno aborrecemos al otro.

En primera de Timoteo capitulo 6 el apóstol pablo nos dice que como siervos de Dios debemos perseguir la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre. Debemos huir de todo aquello que nos aleja de Dios. Satanás nos lleva a ese monte alto y nos presenta los reinos de este mundo con todas las grandiosas distracciones que podemos disfrutar; todas las riquezas que podemos obtener. En pos de que quitemos nuestra mirada de las cosas santas que Dios ha preparado para que nos deleitemos en ellas.

Escuchemos la advertencia del pastor Sugel Michelen:

Cuando lleguen a las puertas de la eternidad, muchos se darán cuenta de que todas esas cosas eran vanidades. Y qué triste será reconocer que han perdido sus vidas buscándolas, cuando echaban a un lado lo verdaderamente importante.

Imagen tomada de Steemit

3 Medita en la promesa que se da a los que desean la justicia.

Cristo dice que solo los que tienen hambre y sed de justicia serán saciados. Eso implica que todos los demás, no importa lo que puedan aparentar, vivirán vidas miserables y desgraciadas.

Solo los que anhelan la santidad de Dios en sus vidas serán bienaventurados: felices, plenos, satisfechos, dichosos. En cambio, los que corran tras los placeres y deleites que este mundo ofrece, no solo tendrán vidas estériles aquí en la tierra, sino que pasaran una eternidad de eternidades lamentándose en terrible sufrimiento.

Amado hermano, procura cultivar el deseo por la santidad en tu vida. No dejes que ninguna cosa te distraiga de esta empresa fundamental. Dios te bendiga.