Texto: Mt 5:6

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.

En capítulo tres de filipenses el apóstol Pablo estaba tratando con el problema de los judaizantes. Aunque estos hombres reconocían la importancia de la obra de Cristo para la salvación del alma, no obstante, insistían en que no era suficiente. Ellos predicaban una salvación conjunta, o sea, entendían que la salvación era una mezcla de la gracia de Dios con mérito humano. Poniendo el énfasis en el mérito humano y no en la gracia de Dios.

Para combatir esta terrible herejía el apóstol les da su propio testimonio (versículos 4- 6). Donde les deja ver que si la salvación dependía de ciertas y determinadas cosas, entonces, nadie estaba mejor capacitado que él para recibirla.

A continuación les aclara que a pesar de los supuestos méritos que poseía, no era más que un pobre y miserable desventurado aferrado a cosas que no tenían ningún valor eterno. Pero un día la gracia del altísimo le iluminó y le dio un entendimiento correcto de su corrupción y maldad y de lo vano de su religión basada en los méritos humanos.

Desde ese momento todo su sistema de auto justicia se hizo añicos y para mostrarles a estos judaizantes la realidad del cambio efectuado en su vida expresó lo siguiente:

Pero cuantas cosas eran para mi ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo todo por basura, para ganar a Cristo. Y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe (Fil 3:7-9).

Algo había pasado en la vida de este hombre. Ya no era aquel, inflado por el orgullo y su propia justicia. Ahora era alguien con hambre y sed de justicia, pero no la suya, sino de Dios.

Quizás te preguntes: ¿Cómo puedo saber si tengo hambre y sed de justicia? ¿Cómo puedo evaluarme? ¿Cuáles son los criterios que me permitirán saber con seguridad si conozco el hambre y la sed de justicia de la que habla este texto?

Bueno, una de las cosas que está presente en aquellos que tienen hambre y sed de justicia es que tienen plena consciencia de la ineficacia de cultivar la justicia propia.

La inmensa mayoría de los incrédulos reconocen el hecho de que son pecadores. El obstáculo que impide que acepten el evangelio no es que ignoren tal cosa. Toda persona que tiene las neuronas funcionado adecuadamente tendrá que admitir la evidente verdad de que constantemente hace cosas incorrectas: hace lo que no debe hacer y no hace lo que si debe hacer.

Si escogiéramos una persona incrédula, de forma completamente aleatoria, y le preguntáramos si sabe que es pecador, es muy poco probable que nos topemos con alguien que diga que no. Sin embargo, si a esa misma persona le preguntamos si irá al infierno la respuesta será en la mayoría de los casos: ¡claro que no!

¿A qué se debe esta contradicción? Por un lado afirman que son pecadores, pero por el otro niegan merecer el infierno.

Esta contradicción se debe a que el hombre natural no ve el pecado en toda su crudeza y maldad. Para ellos el pecado no es algo tan grave. También, el hombre natural ve con complacencia su propia justicia. No importa los pecados que cometa, esta persona con su entendimiento entenebrecido y caminando en la vanidad de la mente siempre se verá como alguien bueno en quien esas “pequeñas” cosas malas no son suficiente para borrar todo lo “bueno” que hace y condenarlo.

Aterricemos este punto: ¿Cómo te sientes cuando otros alaban tus buenas obras, tus dones, tus habilidades? ¿Has llegado a pensar que Dios te debe algo por tu buen desempeño?

Querido hermano, si piensas que Dios te debe algo, entonces, no has comprendido que nuestras mejores obras son como trapos de inmundicia delante de Dios si están hechas con la intención de ganarse su favor. Eso también dice que estas en graves problemas, porque Dios solo ha prometido saciar a los que tienen hambre y sed de justicia. Y solo pueden tener esta hambre los que no están llenos de su propia justicia.

Otra cosa que está presente en aquellos que tienen hambre y sed de justicia, es un deseo profundo de santidad interna.

Cuando hemos entendido correctamente el evangelio no nos conformamos con una simple obediencia externa a la ley de Dios. Anhelamos una santidad real en nuestras vidas; una santidad que brote desde lo más profundo de nuestro ser.

El salmista declara:

He aquí tu amas la verdad en lo intimo, Y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría (Sal 51:6).

El que tiene hambre y sed de justicia no está interesado en una apariencia de santidad. No intenta impresionar a los hombres con meras apariencias, pues sabe que se estaría engañando a sí mismo (Ga 6:7a). No procura una santidad mecánica, sino una viva, que realmente glorifique a Dios. EL apóstol Pablo nos dice lo siguiente:

Así que, hermanos, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios (2Co 7:1).

La verdadera santidad se manifiesta de adentro hacia afuera. No es que se limite únicamente a lo interno, pero comienza en lo interno y luego se hace visible externamente. Tristemente muchos muestran una “santidad” externa que nos es más que un maquillaje que intenta ocultar la podredumbre que los carcome por dentro.

Entonces mi hermano, procuremos una santidad real en nuestras vida y no nos conformemos con vivir proyectando una mera apariencia.

Y por último, los que tienen hambre y sed de justicia evitan todo aquello que pueda alejarlos de las cosas espirituales.

Hay muchas cosas que no son malas en sí mismas, pero si no le damos el lugar apropiado pueden terminar haciéndole mucho daño a nuestra vida espiritual.

Por ejemplo, ¿crees que hay algo malo en jugar ajedrez? Por supuesto que no, de hecho, sería bueno que todas las personas aprendieran a jugar ajedrez y lo practicaran en ocasiones. Pues está demostrado que la práctica de este deporte expande la capacidad de pensamiento y análisis de las personas que lo practican.

No obstante, algo bueno como el ajedrez se puede convertir en algo malo. En mi caso particular, soy un gran admirador de este deporte. Pero hubo un tiempo en que el ajedrez se convirtió en todo mi mundo. Todo mi tiempo libre se lo dedicaba al estudio y práctica de este deporte. Durante ese tiempo no tenía vida espiritual. Si, tenía una rutina religiosa pero toda mi pasión y atención se lo llevaba el ajedrez. Entonces, algo que no era malo en sí mismo, se convirtió en una piedra de tropiezo para mi vida espiritual.

Quizás te ha pasado algo similar en algún momento de tu vida. Hay muchas cosas que no son malas, pero debemos tener mucho cuidado con la cantidad de tiempo que le dedicamos. Se trata de que seamos capaces de percatarnos si existe algo en nuestra vida que nos esté haciendo perder el apetito por las cosas de Dios. Si existe algo, aunque no sea malo, debemos evitarlo. Dios te bendiga.