“Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina…”. (1 Timoteo 4:16)

Siempre creí, y aún creo, que mantener pureza en la doctrina es punto fundamental para una práctica de fe saludable. Por lo que frente a la exhortación del apóstol Pablo a Timoteo: “Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina…” mis ojos siempre habían ignorado las primeras palabras al ser tan significativa la segunda. O mejor dicho, creía que la vigilancia sobre la doctrina era todo lo que el apóstol quería trasmitirle en este caso a su discípulo. Grande error.

Desde luego que cuidar y mantener la sana doctrina contra tanta avalancha de falsos maestros que se ofrecían y que aún hoy se ofrecen a darnos la “última revelación” es cosa seria. Pero el texto hace la división para exhortar a Timoteo no solo a preservar y trasmitir todo lo que había aprendido, sino también a mantener una estricta vigilancia sobre su vida espiritual. “Ten cuidado de ti mismo…” es una exhortación demasiado significativa como para obviarla. Coincido con quien ha dicho que:una vida piadosa sin una sana doctrina no es posible, pero una doctrina sana sin una vida piadosa no tiene valor.

Para el joven Timoteo en su tiempo, y para cada uno de nosotros hoy, la  necesidad de cuidar nuestra vida espiritual es esencial. Constantemente los hijos de Dios estamos cuidando vidas ajenas; alentando a unos, exhortando a otros; enseñando, corrigiendo conductas negativas, y en esta labor tropezamos con verdaderos desalientos, nos enfrentamos a la dureza del corazón del hombre que puede deprimirnos y, en ocasiones lamentables, hacer que nos acostumbremos tanto a la maldad que terminemos siendo parecidos a aquellos a quienes tratamos de exhortar.

Si realmente queremos ser instrumentos al servicio de un Dios santo necesitamos llegar cada día a su presencia con nuestra alma al descubierto, mirarnos por dentro, predicarnos el sermón primero a nosotros para luego llevárselo a la congregación, poner nuestro cuerpo en servidumbre no sea que, como dijera Pablo, habiendo sido heraldo para otros, vayamos a ser eliminados (1 Co 9:27). De ahí la importancia de no permitir que el enemigo de nuestra salvación nos engañe ni que nuestra carne nos juegue sucio al darle lugar al chisme, a la lujuria, al acomodamiento, la mentira, la constante crítica, la amargura de espíritu.

Es bueno recordar además que endurecernos ante el dolor y la necesidad ajena nos hace no aptos para servir al Dios que tanto amó al mundo hasta enviar a su Hijo unigénito a morir por él. Me temo, sin embargo, que una buena dosis de todo esto se va sembrando poco a poco en el corazón de algunos siervos de Dios.

Tener cuidado de nosotros mismos es una necesidad imperiosa, urgente y constante; mucho más en aquellos que tienen algún liderazgo y sirven de guía a  personas necesitadas de alimento espiritual no contaminado y de todo lo que Dios pueda darles. Pablo le decía a Timoteo: “…sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza”. (1 Timoteo 4:12)  Si nuestra propia vida está envenenada ¿qué alimento sano podemos dar? ¿Qué servicio podemos brindar al desvalido, desorientado, incrédulo, atado, si nosotros mismos estamos en igual condición aunque no sea tan evidente ni tan expuesta nuestra propia necesidad?

Spurgeon decía: “Para el heraldo del evangelio, el estar espiritualmente desarreglado en su propia persona, es tanto para él mismo como para su trabajo, una verdadera calamidad; y con todo, hermanos míos, ¡Cuán fácilmente se produce este mal! ¡Cuánta vigilancia por lo mismo se necesita para prevenirlo!”

“Conócete a ti mismo” rezaba el antiguo adagio con no poca sabiduría. Claro que para conocernos necesitamos examinarnos. Pero no termina ahí. Al refrán yo le agregaría: “Conócete a ti mismo y haz los cambios necesarios”. Alguien  expresaba: la mano que limpia algo es menester que está limpia.

La Biblia recoge las fuertes palabras del Señor en Mateo 7:3“¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo? ¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo? ¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano”.

Para examinarnos y reconvenirnos no importan los años y la experiencia, no importan los títulos ni las apariencias, solo nosotros podremos conocer nuestro hombre interior y recordar que frente a Dios estamos al descubierto. Ciertamente Él conoce cuánto puede existir aún de aquella vieja naturaleza en nosotros queriendo hacer valer sus sucios principios, sus celos, sus angustias y sus bajezas.¡Despertemos! No sigamos el juego. Cuidemos nuestra vida nueva en Cristo como el regalo más preciado. Dejemos que el Espíritu nos redarguya, nos reprenda, nos muestre el camino; y no lo contristemos haciendo caso omiso de él.

Examinemos nuestras vidas a menudo, considerémosla a la luz de la Palabra de Dios sin pasarnos la mano en señal de autocompasión. Detengámonos a cada rato de la carrera que tenemos por nuestros asuntos (aunque estos sean relacionados con el Reino)y dejemos que el Espíritu nos repita que la santidad conviene a su casa.

No nos permitamos colar el mosquito y tragarnos el camello. Con un examen constante y la ayuda oportuna del Espíritu Santo, impidamos que el Señor nos diga lo que a aquellos fariseos“… por fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad” (Mateo 23:18).

Verdaderamente, Ten cuidado de ti mismo son palabras para no olvidar, principalmente cuando tan a menudo nosotros somos nuestro peor enemigo.