Texto bíblico: Mt: 5:3

Bienaventurado los pobres en espíritu porque de ellos es el reino de los cielos.

Imagina por un momento que un día tarde en la noche tu pequeño hijo va hasta tu cuarto y te dice con lágrimas en sus ojos y en un tono sollozante, “papi tengo un fuerte dolor de cabeza”. Al ver el dolor de tu pequeño le dices a tu esposa, “vamos corriendo para el hospital que este no es un dolor de cabeza cualquiera, esto parece ser algo serio”. Rápido se preparan y parten hacia el hospital.

Cuando llegan planteas el cuadro a los médicos y apresuradamente empiezan a hacerle las pruebas pertinentes. Después de varias horas de espera e inquietud por fin un médico se dirige hacia ustedes para darle noticia de los resultados. El médico los mira fijo a los ojos y con una sonrisa de oreja a oreja les dice, “tengo magnifícas noticias: vuestro hijo tiene un tumor cerebral en fase terminal y no hay nada que podamos hacer. Le quedan unas dos semanas de vida máximo”.

¿Cómo crees que te sentirías en ese momento? ¿Cómo crees que reaccionarías? De seguro te sentirías desconcertado y pensarías: ¿esto debe ser una broma? La información que este hombre está dando no se corresponde con su actitud. ¿Cómo puede este doctor llamar “buenas noticias” a tan devastadora realidad para estos padres? Esa misma debió ser la  impresión de los que escucharon a Jesús aquel día cuando comenzó a pronunciar las bienaventuranzas.

Durante muchísimo tiempo la nación de Israel había estado sufriendo opresión de las naciones vecinas y en el momento específico en que Jesús predica este sermón se encontraba bajo la dominación del Imperio Romano. Un Imperio sumamente cruel y despiadado que no veía con buenos ojos el celo monoteísta[1] judío debido a su politeísmo[2].

La única esperanza con que este pueblo se consolaba era en recordar los éxitos pasados y las promesas que Dios había hecho de enviar un mesías que restauraría la gloria pasada de la nación y, no solo eso, sino que la habría de llevar a un tiempo de prosperidad mucho mayor. La espera había terminado. El mesías prometido había llegado y se disponía a dar su discurso inaugural. Las multitudes se reúnen porque anhelan escuchar el programa de gobierno de este rey tan esperado por siglos.

Su primera palabra es: “bienaventurados (felices, dichosos, satisfechos, plenos)” y la multitud estalla en júbilo. Oh si, piensan: “el tiempo de las bienaventuranzas ha llegado, ya no mas opresión y desdicha. Seremos libres del yugo romano y volveremos a ser una nación poderosa y rica”, pero ocurre un giro inesperado. Jesús prosigue su discurso y dice: “los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”. De inmediato un silencio abrumador se hace presente. La multitud atónita se pregunta: ¿es acaso esto una broma? ¿Está este hombre consciente de lo que estamos sufriendo? ¿Cómo podemos ser felices en este estado de pobreza y sumisión?

Estas preguntas y, muchas más, deben haber pasado por la mente de muchos aquel día. En esta serie de artículos veremos qué fue lo que quiso decir Jesús con “pobres en espíritu” y cómo se manifiesta esta “pobreza” en la vida del cristiano.

En este primer artículo vamos a ver el aspecto negativo de esta bienaventuranza: se trata de una especie de definición negativa en aras de despejar el camino hacia al significado correcto de dicha expresión.

En primer lugar, “ser pobre en espíritu” no es tener un espíritu pobre. Por más similitud que haya en la estructura gramatical de estas frases la semántica que se esconde debajo de cada una es antagónica a la otra. Estas dos cosas, no significan lo mismo.

Hay personas que viven en un estado de bajeza espiritual tal que solo disfrutan cosas carnales. Cosas que solo pueden ser percibidas por los sentidos físicos: el gustar, el oír, el tocar, el ver, etc. El apóstol Judas llama a esas personas sensuales, que no tienen al Espíritu (Jud 19).

El Espíritu Santo establece en aquellos que lo poseen la capacidad de disfrutar cosas espirituales: la lectura y estudio de la biblia, el ayuno y la oración, la comunión con los hermanos, la meditación en las escrituras, la adoración publica en la iglesia, etc., etc.

Por el otro lado, los sensuales solo se deleitan en aquellas cosas que se perciben por los sentidos. La felicidad de estas personas depende de que los sentidos sean alimentados: una buena comida, una buena película, una buena música, una buena serie, una buena novela, una buena bebida, en fin, cosas de este tipo.

En segundo lugar, “ser pobre en espíritu” no es ser reservado o introvertido. Hay personas que son así por naturaleza: calladas, tímidas, no sobresalen como otros.

Pero no debemos confundir esto con la pobreza espiritual de la que está hablando Jesús. La conducta de estas personas es algo temperamental. Podemos afirmar que ningún temperamento es bueno o malo en sí mismo. Dios puede usar para su gloria personas introvertidas como el joven Timoteo o  el apóstol Pedro. Todos los temperamentos tienen fortalezas y debilidades, pero no es de eso que se está hablando aquí.

En tercer lugar, “ser pobre en espíritu” no es ser pobre económicamente. Cristo no está diciendo aquí que el reino de los cielos es únicamente para las personas que tienen carencias de bienes materiales como enseña la Iglesia Católica. Interpretar este texto de esa forma nos llevaría a aceptar dos cosas que la Biblia nunca afirma: todos los pobre son salvos, y todos los ricos están condenados. La Biblia no apoya semejante conclusión.

El mundo está repleto de hombres y mujeres pobres que están sumergidos en el pecado y con sus corazones endurecidos hacia Dios. Por otra parte, hay miles de hombres y mujeres con gran riqueza que se han arrepentido de sus pecados y de su rebelión, y ahora viven para la gloria de Dios. La pobreza no es un signo inequívoco de espiritualidad, así como tampoco, la riqueza es un signo inequívoco de carnalidad. En la Iglesia Primitiva habían ricos y pobres, y todos participaban de la misma salvación dada por Dios (1ra Tim 6:17-18). Resumiendo este punto: la pobreza de la que habla Jesús aquí no tiene nada que ver con la situación económica de la persona.

En cuarto y último lugar, “ser pobre en espíritu” no es ser humilde en palabras. Muchas personas en la Iglesia han aprendido el lenguaje de la humildad y han confundido esto con la pobreza en espíritu de la que habla Jesús en este texto. El pobre en palabras no tiene problema ninguno en decir cosas negativas de sí mismo. Cuando esta persona esta orando o hablando en público no escatimará en usar calificativos denigrantes contra sí mismo: señor soy un gusano, son alguien vil, no tengo nada que ofrecer, no hay nada bueno en mí, soy un miserable pecador, etc., etc.

Ahora bien, los pobres en espíritu usan ese mismo lenguaje cuando describen su condición delante de Dios. ¿Dónde está la diferencia? La diferencia está en cómo reaccionan cuando alguien más dice eso mismo acerca de ellos. El pobre en palabras puede decir todas esas cosas y, mucho más, sobre si mismo pero no tolera que alguien más las diga. Cuando alguien más dice esas cosas esta persona se llena de odio y amargura. No acepta que nadie manche su imagen delante de los demás.

En cambio, el pobre en espíritu también es manso cuando alguien le trata de ese modo. Esto es tan sutil que muchas veces usamos el lenguaje de la humildad para alimentar nuestro orgullo. “Hermano necesito que haga tal cosa” –nos dice alguien–  y respondemos: “yo no puede hacer eso, no tengo el talento” pero lo que estamos buscando con ese lenguaje humilde es que nos digan: “claro que puedes, tu eres la persona ideal, tienes el talento suficiente”, alimentando así nuestro orgullo y soberbia.

En el próximo artículo veremos la definición positiva de “pobres en espíritu”. Dios te bendiga.

[1] Creencia en un solo Dios

[2] Creencia en múltiples dioses

 

Este artículo se ha leído [hits]veces