Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos(Mt 5:3).

Sin duda alguna el pronunciamiento de las bienaventuranzas debe haber provocado una fuerte impresión en las personas que escuchaban a Jesús aquel día. Las cosas que Cristo estaba mencionando eran extrañas a los oídos de ellos; el programa de gobierno de este mesías tan esperado por siglos resultaba incomprensible. ¿Cómo pueden ser felices los pobres, los que lloran, los mansos (débiles), los hambrientos, los misericordiosos (bobos), los limpios de corazón (ilusos), los pacificadores (flojos), los que son maltratados y perseguidos?

Esto no tiene ninguna lógica, pensaban muchos seguramente: “en este mundo para ser feliz hay que conseguir riquezas y poder, y eso solo se puede hacer si eres fuerte, decidido, implacable, con cierta pisca de maldad y malicia, de lo contrario, el mundo te tragará vivo”. Las cosas que Cristo exalta en este sermón son rechazadas y ridiculizadas por el hombre natural.

Cristo habla en este sermón de un reino que está en completa oposición al reino de este mundo. En este reino no se trata de subir sino de bajar, no se trata de ser primero sino de ser ultimo, no se trata de mandar sino de obedecer, no se trata de ser servido sino de servir, no se trata de ganar sino de perder, no se trata de tener sino de ser. Lo que estas personas ignoraban es que Cristo había venido a establecer un reino espiritual en el corazón de los hombres y mujeres, no se trataba de una liberación física del yugo romano.

En este artículo terminamos nuestra serie sobre la bienaventuranza “pobres en espíritu” y lo haremos tratando de responder la siguiente pregunta: ¿Cuáles son las características de aquellos que son pobres en espíritu?

En primer lugar, el pobre en espíritu recibe a un Cristo completo. ¿Qué significa eso de recibir a un Cristo completo? Bueno, la insinuación es obvia: muchas personas reciben a un Cristo incompleto.

Cuando realmente estamos necesitados de algo que es fundamental para nosotros y no podemos adquirirlo de ninguna forma, no ponemos condiciones cuando alguien se dispone a obsequiarnos eso que tanto necesitamos. De la misma forma, la persona que ha entendido su necesidad de salvación, que no merece nada de parte de Dios aparte de Su justa ira y enojo y que no posee ningún merito propio que presentar delante de Dios, recibe al Cristo de las escrituras con todas sus demandas y exigencias. Esta persona no pone condiciones. No trata de llegar a algún acuerdo que le permita conservar parte de su vida pasada.

Las escrituras presentan a Cristo como Rey, Profeta y Sacerdote. El pobre en espíritu le recibe de forma completa. Como Rey a de gobernarnos. Como Profeta nos dice cuál es la voluntad de Dios. Como Sacerdote no solo murió por nosotros, sino que ahora intercede por nosotros.

Muchas personas reciben a Cristo únicamente como sacerdote. Reciben con alegría la verdad de que Cristo murió por sus pecados y que su sacrificio provee la base del perdón y aceptación delante de Dios. También reciben con agrado la idea de que Cristo intercede por nosotros, de esa forma apodemos pedirle las cosas que deseamos. Estas personas le reciben como sacerdote pero guían su andar conforme a su propia sabiduría y el “yo” reina es sus vidas. Un Cristo que solo es sacerdote, sin ser rey y profeta al mismo tiempo, no es el Cristo de las escrituras. Y aquellos que abrazan a este “cristo”  escucharan un día las terribles palabras de Jesús: “apartaos de mi, nunca os conocí…”

En segundo lugar, el pobre en espíritu solo confía en Cristo y su gracia. El pobre en espíritu sabe muy bien que si ha sido aceptado en la familia de Dios ha sido únicamente en base a los méritos de Cristo. Por el contrario, el que en realidad no ha nacido de nuevo aprovechará cualquier situación para proclamar sus “méritos propios”, o sea, los méritos que cree que tiene, porque no tiene ninguno.

El pobre en espíritu reconoce sus carencias, el sabe que no hay nada de que jactarse. Cuando alguien le alaba por su buen desempeño, se gloria en Dios. Cuando alguien le dice lo increíble y maravilloso que es su matrimonio, se gloria en Dios. Cuando alguien lo felicita por lo buen predicador que es, se gloria Dios. Cundo alguien alaba la crianza que le ha dado a sus hijos, se gloria Dios.

Esta persona está plenamente consciente de que si Cristo no lo hubiese rescatado de las tinieblas y lo hubiera trasladado a Su luz admirable no habría ninguna diferencia entre su vida y la vida de aquellos que están muertos en delitos y pecados. Todo lo logrado ha sido por la gracia de Dios, no hay lugar alguno para la jactancia, ni el más mínimo.

Y en tercer lugar, el pobre en espíritu lamenta su condición espiritual delante de Dios. La bienaventuranza dice “los pobres en espíritu”, presente, no dice “los que fueron pobres en espíritu”. El tiempo presente en el griego indica la idea no solo de algo que se está haciendo, sino también, que continuará haciéndose.

El pobre en espíritu está consciente de la obra de gracia que Dios ha hecho en su vida. Pero cuando mira la corrupción que aun reside en él, clama a Dios por más. Esta persona lamenta con profundo dolor su corrupción interna y esto le mueve a decir como el apóstol Pablo: “¡Miserable de mi! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?”. Esta pobreza lo acompañará todos los días de su vida.

Por eso, anhela con todas las fuerzas de su corazón crecer en santidad y ser mejor. Pero no para utilizar su crecimiento y mejora como fundamento de su aceptación delante de Dios. No, el sabe que es aceptado por Dios en base de los méritos de Cristo únicamente, y su gozo y alegría descansa en eso. Lo hace porque Dios se ha convertido en el objeto supremo de su deleite. Así que, no importa cuánto avance, siempre que mire la santidad de Dios se verá lejos de la meta.

Por el otro lado, el hipócrita solo habla de sus logros,  el pobre en espíritu sabe que aún le falta. El hipócrita se sienta satisfecho a disfrutar lo que cree que ha logrado, el pobre en espíritu se expone a los medios de la gracia para alcanzar lo que no tiene todavía. Mientras otros se quejan porque no tienen más zapatos, más ropa, tal o más cual cosa que está a la moda y luce bien. El pobre en espíritu va continuamente al trono de la gracia en oración para rogarle a Dios que Él (Dios) nunca deje de ser el objeto supremo de su deleite.

Dios te bendiga.