Cuando la critica se vuelve ineficaz

Definitivamente muchos necesitan encontrar la diferencia entre violar un principio bíblico y utilizar la mente para llevar al mundo perdido las buenas nuevas del evangelio

La Iglesia, a lo largo de los años, ha sido víctima de todo tipo de agresiones. Quizás la más común de las críticas, por aquellos que no simpatizan con ella, ha sido la de tildarla de falta de intelectualidad. La han acusado de hacer que sus adeptos “dejen el cerebro en la puerta”, es decir, de mutilar la capacidad de pensar de sus miembros.

La Biblia también ha recibido fuertes embates. Ha sido criticada, burlada, escudriñada para mal. No es de sorprender que esto suceda. Sin embargo, sorprende que dentro de las propias filas eclesiásticas se estén levantando hombres con el deseo desmedido de criticar hoy en la iglesia, hasta lo inimaginable.

Si la iglesia ha sufrido bajo los ataques de quienes se le han opuesto a través de la historia ¿qué se puede esperar con la ofensiva desde adentro de quienes dicen amarla, pero que en sus acciones manifiestan lo contrario? Tal es el caso de lo que sucede con el ataque despiadado a las tradiciones evangélicas.

Algunos líderes evangélicos acusan a las tradiciones de ser las causantes del ‘fracaso histórico de la Iglesia’. Le atribuyen a la mentalidad tradicionalista el freno para alcanzar el mundo para Cristo.

En el banquillo de los acusados están: Navidad, Semana Santa, Día de los Enamorados, Día de las Madres, celebraciones de bodas, celebraciones de cumpleaños, celebración de la Santa Cena; todo ha sido criticado por personas que se dicen hacerle un favor a la iglesia. Primeramente buscan en las raíces “paganas” que algunas de estas celebraciones supuestamente tienen, y después niegan cualquier beneficio que ellas hayan traído a lo largo de la historia.

Pero los críticos de las tradiciones no sólo han atacado las celebraciones. Se oponen además a la presente organización eclesiástica, a los departamentos, a la liturgia, a los reglamentos y dogmas, a terminologías usadas dentro de la iglesia, al trabajo de los diáconos, a la estructura jerárquica; y la lista puede continuar, pues cada cierto tiempo aparece algo nuevo que criticar.

Cierto es, y Jesús lo enfatizó, que en ocasiones se invalidó la Palabra por las tradiciones de los hombres (Mr 7:6-9). Los judíos tenían muchas tradiciones religiosas, algunas de ellas eran orales, es decir, no estaban escritas en la ley. Estas daban dirección en algunos detalles que la ley no mencionaba. Sin embargo, con los años, los fariseos y escribas ponían por encima de la Palabra revelada de Dios, sus tradiciones. Algunas de estas poco a poco no sólo ampliaban la ley sino que contradecían la misma.

Realmente el hombre tiene la tendencia a preferir los rituales por encima de obedecer la ley espiritual y moral de Dios. Sin embargo, esto nada tiene que ver con las tradiciones que la iglesia tiene hoy y que lejos de invalidar los mandamientos de Dios, han servido de bendición a su pueblo. Bien pudiera preguntarse: ¿qué mandamiento de Dios invalida el hecho de celebrar el nacimiento de Cristo? ¿Qué mandamiento queda anulado al recordar la muerte y resurrección del Señor en Semana Santa? ¿Dónde dice la Escritura que los enamorados no pueden tener un día para celebrar, o que las madres no pueden ser agasajadas en un día especial?

Jesús se opuso a las tradiciones a las cuales se aferraba el pueblo y quebrantaban los mandamientos de Dios (Mt 15:3; Mr 7:9 y 13), pero honró las tradiciones de los judíos que no interferían con mandatos divinos (Mt 7:24:27). Participó en sus celebraciones, y criticó a los guías ciegos que colaban el mosquito pero se tragaban el camello (Mt 23:24). Lamentablemente hoy muchos siguen los pasos de estos turbados guías.

Tristemente el deseo de renovar (que pudiera ser genuino), ha tomado el camino de la crítica infructuosa, dolorosa, sin sentido, ineficaz. Con el pretexto de atacar a la tradición, se atacan a los líderes, se les ridiculiza, se les culpa de inculcar un espíritu de conformidad y de seguir con ceremonias cargadas de ritualismo vacío, que aunque es necesario aceptar que realmente existen casos lamentables de ceremonias frías y sin propósito, y se corre el peligro de convertir algo beneficioso en no más que ritualismo humano desposeído de su esencia bíblica, esta no es la generalidad. No obstante, aunque ese fuera el caso, la opción no es quitar lo que no hace daño, sino más bien llenar de verdadero significado, si se nota que se ha perdido, cada celebración cristiana.

Para nadie es un secreto que Cristo no nació un 25 de diciembre, pero la Iglesia escogió este día para recordar y celebrar el nacimiento del Salvador. ¿Qué puede haber de negativo en semejante celebración? Decir que la Iglesia ‘cristianizó’ fiestas paganas y no celebrar estos cultos por esa razón, tiene más de negativo que de positivo. Definitivamente muchos necesitan encontrar la diferencia entre violar un principio bíblico y utilizar la mente para llevar al mundo perdido las buenas nuevas del evangelio. Necesitan saber cuándo se quebranta un mandamiento y cuándo se usa la sabiduría que Dios le dio a su pueblo.

No obstante, bien cabe la pregunta: ¿Siempre son buenas las tradiciones? Definitivamente no. Si éstas quebrantan los mandamientos de Dios, si contradicen la Escritura, si impiden el desarrollo de su pueblo, si imposibilitan cambios necesarios, si frenan la verdadera espiritualidad, si logran que sea la rutina la que prime en la iglesia, si le quita significado y eficacia a eventos importantes, entonces la tradición es perjudicial (Col 2:8).

Es útil aclarar que nunca será negativo que lo malo salga a la luz. Se necesita mejorar todo lo que tenga que ser mejorado. Lo que realmente es antibiblico, y por lo tanto dañino o mortal, debe ser sacado fuera de la iglesia. Pero la crítica, para que produzca los resultados esperados, tiene que estar bien fundamentada. No se debe criticar por el placer de contradecir lo establecido, por hacerse un nombre o por el deseo de impregnar en las mentes de los cristianos la rebeldía, la oposición, la insubordinación.

Los reformadores de todos los tiempos se caracterizaron por una piedad profunda, un genuino deseo de que la Palabra tomara el lugar que le corresponde, una vuelta al cristianismo bíblico. Nunca el verdadero siervo de Dios se opuso a la tradición para conformarse a la cultura mundana de los tiempos en que vivió. Algo que tristemente ocurre con los antitradicionalistas de hoy.   Una cosa es ser un genuino reformador y otra muy diferente es ser un nocivo destructor.

¡Qué el pueblo de Dios le pida a su Señor sabiduría para que restaure todo lo que tenga que ser restaurado, y conserve todo lo productivo, lo útil, lo bíblico!

Fotografía: Ernesto Herrera Pelegrino

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