Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación. Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad. Bienaventurados los que  tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzaran misericordia. Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros,  mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros.

   Mt 5: 2-12

 El hombre fue creado como un ser perfecto a la imagen y semejanza de su creador. Fue puesto en el jardín del edén ─palabra hebrea que significa delicia─ donde gozaba del completo favor de Dios y tenía todas las cosas necesarias para vivir una vida feliz y plena; en perfecta armonía y comunión con su creador. A pesar de estos privilegios inmejorables, Satanás engañó a nuestros primeros padres, llevándoles a pensar que Dios no les había contado toda la verdad, y que había un nivel más alto de conocimiento y realización que ellos no conocían y que solo podrían conocer si se independizaban de Dios. Todos conocemos el resto de la historia: el hombre pecó, y con el pecado toda la creación quedó trastornada. Lo que Satanás no le dijo a nuestros ilusos primeros padres era que desobedecer a Dios y actuar por cuenta propia les llevaría a un estado en que serian esclavos del pecado, esclavos de las pasiones y esclavos de Satanás.

Aunque toda la creación quedo trastornada por el pecado, hay algo que no ha cambiado: el deseo del hombre de ser feliz y su poder para lograrlo. El hombre fue creado a la imagen y semejanza de Dios y aunque esta imagen ha sido trastornada por el pecado, sigue estando en el hombre. Las escrituras claramente nos muestran a Dios como un Dios bienaventurado, un Dios bendito, aquel que es infinitamente feliz y que preserva su eterna y completa felicidad haciendo todo lo que hace para su gloria.

Por consiguiente, el hombre desea con todas sus fuerzas ser feliz. Como muy acertadamente cita el pastor Sugel Michelén en uno de sus sermones: “la felicidad es el blanco al que todas las personas apuntan”, aun cuando el pecado ha traído consecuencias tan negativas sobre este mundo. No hay un lugar en este planeta que no esté siendo afectado por los embates del pecado y la maldad del hombre. El hambre, la miseria, el dolor, las enfermedades, las guerras, y toda clase de males, son los ingredientes permanentes en esta gran cocina llamada mundo. Pero por más negativa que sea su situación, el hombre no pierde la esperanza de ser feliz y todo lo que hace está orientado a ello: el soltero piensa que encontrará la felicidad cuando se case, el pobre cuando sea rico, el universitario cuando se gradué, el enfermo cuando se sane, algunos cuando su cónyuge muera, otros cuando sus hijos se vayan de casa.  Todos anhelamos ser felices. Y lo que nuestro señor Jesucristo enseña en este pasaje es que ciertamente eso es posible.

Aunque vivimos en un mundo maldito por el pecado, viven personas a las que Jesús llama bienaventurados (felices, plenos, dichosos, satisfechos). No se trata de un sueño inalcanzable. Estas no son personas escapistas o inmunes al dolor. Son seres humanos de carne y hueso, tan vulnerables como los demás a las desgracias y penas de esta vida. Pero a pesar de esto, han llegado a conocer por su experiencia lo que el puritano Jeremiah Burroughs llamó: “la extraña joya del contentamiento cristiano.” Estas personas tienen una cosmovisión correcta de la vida, una correcta relación con Dios y, por lo tanto, gozan de algo que las personas de este mundo no conocen.

Debemos reconocer que las cosas que Cristo menciona en las bienaventuranzas no se identifican con nuestro concepto carnal de felicidad. El mensaje que el mundo nos vende es totalmente contrario al mensaje de Cristo. El mundo nos dice: bienaventurados los que han alcanzado riquezas y pueden darse todos los gustos que desean, bienaventurados los que han llegado han ser alguien en esta vida y poseen la fuerza de carácter para lograr lo que quieren sin importar lo que tengan que hacer, bienaventurados los fuertes que no permiten que nadie los ponga en ridículo y les pase por encima. Una cosa es totalmente obvia: los dos mensajes no pueden ser verdaderos; porque son antagónicos. Mi amado hermano, aceptar el mensaje del mundo es llamar a Cristo mentiroso. ¿Estás llamando a Cristo mentiroso? Todas las cosas que el mundo exalta son rechazadas por Cristo.

El resumen de lo que Jesús nos enseña en las bienaventuranzas es: nunca encontraras la verdadera felicidad en los placeres y deleites que este mundo ofrece, porque todo lo que este mundo ofrece solo puede alimentar la carne pero jamás al alma. Todo lo que este mundo ofrece no es más que un engaño de Satanás. Los ofrecimientos de este mundo son la carnada que Satanás usa, son cosas que aparentan ser muy agradables pero que ocultan un gancho bien filoso para llevarte a la muerte. Él (Satanás) conoce al ser humano y sabe que este tiene la capacidad y el anhelo de ser feliz. Entonces, lo que Satanás hace es usar en su beneficio nuestros deseos, para alejarnos de Dios que es la fuente de toda felicidad verdadera.

Miremos a los actores y actrices de Hollywood, o a los cantantes famosos. Estas personas son el prototipo de lo que es ser una persona de éxito: tienen dinero, fama, se dan los gustos que quieren, viven en mansiones lujosas con todas las comodidades, sus vidas parecen sacadas de un cuento de hadas. Pero, sin embargo, lea la historia de la vida de la mayoría de estas personas y descubrirás que detrás de toda esa pompa y cache son personas miserables. Son personas con vidas marcadas por el desespero y la contienda. La inmensa mayoría se vuelve esclava de las drogas y el alcohol. Ve cómo mueren, cómo terminan al final de sus vidas cuando el glamour pasa y la cara empieza a arrugarse y la fama les abandona. Son exitosos a la luz de los hombres, pero eso no es más que una ilusión.

Tristemente, gran parte de la iglesia de hoy día se ha envenenado con esta visión materialista de la vida. Muchos pastores y evangelistas ya no son siervos del Dios altísimo, ahora son hombres de negocios. La mayoría de los cantantes ya no son salmistas que adoran al Dios vivo con pasión, ahora son artistas lucrativos. Esta sección de la iglesia le ha comprado al mundo su visión de felicidad y ha abrazado la idea de que nuestro cielo es este mundo y lo que aquí podamos obtener.

Amado hermano, no te dejes engañar. La verdadera felicidad consiste en conocer a Dios, en vivir en comunión con Él y en vivir en obediencia a sus mandamientos.

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