Eduardo escuchaba atento las palabras de mi papá. Del otro lado, mi mamá y mi hermano asentían con la cabeza, y añadían ejemplos de vez en cuando para aclarar la explicación. Abuela aportaba anécdotas personales de momentos en que Dios le había dado milagrosas salidas a sus problemas. Yo sonreía, angelical.

El ambiente parecía estar acomodado para que la palabra del Evangelio, por lo menos, conmoviera. La semilla era sembrada y nosotros, inflados de ese entusiasmo infantil que nos cae cuando logramos acercar a Dios un alma, andábamos casi cantando un aleluya.

No hubo cotas excesivas ni palabras rebuscadas. Y como mantuvimos el tono honesto, sin proselitismos, nos sentíamos más luces y sales que un bombillo incandescente sazonado. Sin duda, ¡éramos una familia de querubines esparciendo la santa Palabra! Hasta que a mi papá se le ocurrió mencionar que “Eduard, lo único que a ti te falta, mijo, es escuchar a Dios hablarte”.

Eduardo rompió el ritmo de la charla con esa risa burlona que los incrédulos parecen manejar tan bien, y nos espetó como un cañón: “Escuchar a Dios, ahí sí te volviste loco. ¡pero si Dios es invisible!, A ver, cómo es que tú oyes a Dios, yo quiero que tú me digas claro cómo es eso”.

Esa es la pregunta que suele interrumpir tantas veces la conversación con los no creyentes. Y si somos sinceros, es una pregunta legítima también para los que ya conocemos e intentamos practicar el Evangelio. Cómo escuchamos a Dios. Pero sin consignas ni versículos fuera del espíritu. Si tuviéramos que real, realmente responder a esa pregunta, sabiendo que ningún “pastor” nos va a calificar el examen, qué diríamos de todo nuestro corazón. ¿Cómo es que escuchamos a Dios?

La pregunta, y la reflexión, se pueden complicar más si recordamos, por ejemplo, que los hijos de Dios estamos llamados no solo a escucharlo un par de veces al año, como parte de algún evento relevante, sino cada día. Estamos llamados a vivir cada día en su voluntad, tomando las decisiones que a Él le placen. Pero si asumimos la sinceridad con que nos preguntaba Eduardo, —a la que mi papá no pudo responder en dos líneas— cómo hacemos realmente los que deseamos seguir a Cristo para escucharlo a través de las decisiones diarias, si es un Dios invisible a nuestros sentidos carnales.

Para este post me prometí no responder con versículos de la Biblia. Sobre todo, porque prefiero citar su espíritu completo y no un pasaje sacado de contexto, y además, añadirle la experiencia personal de lo que Dios me ha dado hasta hoy sobre este tema.

Foto tomada de Lifestyle

Cómo me habla Dios en un día

Lo cierto es que la pregunta es más que legítima. Sobre todo cuando comprendemos que uno de los asuntos esenciales de la vida, si no el esencial, son las decisiones. Durante un día tomamos cientos de decisiones. Qué usaremos para vestir, cómo cocinaremos el almuerzo, o lo compraremos, mejor. Cuándo cruzaremos la calle, antes de ese auto, o después. A quién llamaremos en la tarde para conversar, al amigo incrédulo con el que estudiamos, al hermano espiritual con el que no congeniamos, al líder, pero solo por deber, o al familiar que cumple años, pero que realmente no extrañamos tanto… Cómo asumiremos hoy el trabajo, desganados como si nos mataran, o con una actitud de excelencia… En fin, las decisiones son constantes y centrales para definir cuál será el resultado de nuestro día.

Si somos cristianos, al menos, si lo intentamos diariamente de corazón, las decisiones serán mucho más importantes. Se ven desde el ángulo de su trascendencia total. De las acciones diarias, los hábitos, de estos, el carácter, y la identidad, y al fin, de todo, la conservación o perdición de nuestra alma redimida.

Se trata de decidir en medio de una batalla espiritual que bombardea nuestros sentidos y pensamientos para alejarnos de nuestro objetivo. Las decisiones entonces tendrán que aliarse al poder espiritual de Dios, con un sentido de urgencia.

¿Nos levantaremos temprano a orar o lo dejaremos para luego? ¿Lavaremos ese montón de ropa que lleva días acumulado o lo dejaremos para mañana con tal de ponernos a cuentas con Dios, porque hace rato no lo hacemos con seriedad? ¿Reaccionaremos impulsivamente a ese vecino molesto que nos gritó, o respiraremos profundo y dejaremos que el Espíritu responda por nosotros? ¿Cederemos a ese pensamiento impuro, o desviaremos la idea a algo que nos saque de la trampa?… Cada decisión en el día de un hijo de Dios reviste otras dimensiones espirituales más complejas, por eso pasan a primer plano de importancia.

Pero en medio de ese rollo que es decidir en Dios o en la carne durante toda la jornada, se impone en algún momento a todo creyente esa duda real: ya sabemos qué debemos hacer. Pero qué hay del cómo. Cómo debo decidir en el Espíritu si tomo decisiones a cada instante.

No es lógico, ni saludable, hacer una larga oración ante cada decisión con tal de andar en la Voluntad. Sería una locura, por ejemplo, orar cinco minutos para recibir confirmación sobre qué ropa ponernos hoy, o sobre qué cena preparar. Sería cuando menos, absurdo.

Entonces se trata de decisiones pequeñas y otras más relevantes. Y solemos preocuparnos más por el ritmo espiritual de las grandes decisiones.

En lo personal, muchas veces he hallado conductas supersticiosas entre el mismo pueblo de Dios que tratan de responder a esa pregunta. Se trata de acciones que rozan el absurdo, pero que nacen muchas veces del deseo genuino de agradar a Dios, y terminan generando una especie de “espiritismo evangélico”, como suele decir un conocido mío.

Así, hay quien abre la Biblia de golpe para hallar una respuesta a su pregunta. Otros, prefieren sacar un cartoncito de un promesario para ver qué piensa Dios sobre mi día.

Si vamos a La Biblia, también el pueblo de Dios tuvo que afrontar esa cuestión de las decisiones diarias. El uso del Urim y el Tumim, para recibir confirmaciones fue muy habitual en la etapa precristiana, y consultar al sacerdote en el templo para saber si Dios apoyaba un paso era también cotidiano, según el relato del Antiguo Testamento.

En lo personal, la lógica que Dios me dio cuando me diseñó me llevó a tomar decisiones en base a la comunión espiritual y no ante cada instante. O al menos, dejando las grandes preguntas para la oración y asumiendo las decisiones rápidas según la comunión con Dios.

Por eso es tan central encomendar cada día a vivirlo en el espíritu y no en la carne, esa oración matutina que nos centra en el vivir espiritual y no quedarnos solo ene l cascarón de la carne y el primer impulso.

Cuando oramos en las mañanas y pedimos genuinamente andar en Dios y que Él tome el control de cada cosa que aparezca, tenemos más paz para usar nuestros sentidos al momento de surgir un conflicto. Entonces, estaremos utilizando nuestras percepciones, por supuesto, pero desde la visión que Dios pone en ellas, y no en el cascarón vacío de nuestra humanidad sin Él.

Reservaremos, por supuesto, la oración instantánea para cuando surjan repentinamente problemas de mayor envergadura, que requieran un tiempo más consagrado para buscar la voluntad, sobre todo en cuanto a aquellas decisiones que marcan el futuro de manera drástica, como las relaciones, un viaje, un conflicto familiar, etc.

Pero todas esas ideas guían la parte nuestra, la de quien busca ayuda, no nos dicen aún cómo habla Dios. Cómo le escuchamos. ¿Está en una señal que aparece casualmente y debemos interpretar?¿o en ese relámpago que cayó a lo lejos?¿Cómo sabemos que nos responde con la seguridad de que es Él?

Las voces de Dios… que yo he escuchado

Desde mi experiencia personal con Dios, ha habido no una, sino varias maneras de escuchar su voz sintiendo seguridad de que es él quien me habla.

Una de esas maneras ha sido, en pocas pero inolvidables ocasiones, oír un mensaje profundo y convincente que aparentemente viene de lo interno, pero que te deja la certeza de que viene de Él.

En lo personal, me ocurrió principalmente durante un conflicto muy complejo que estaba atravesando y por el que había orado en repetidas ocasiones. Llevaba, de hecho, varias semanas orando por la resolución de ese problema, y dedicaba largas sesiones de adoración para estar en sintonía con Dios. Por eso el día en que explotó otra situación debido a ese problema, pude sentir claramente la voz del Espíritu Santo dándome una indicación  muy precisa de qué hacer. No me quedó la más mínima duda de su identidad.

A los pocos días, Dios reiteró su indicación con la misma claridad, de nuevo respecto al mismo asunto, y reforzó su primer consejo, por si quedaban dudas.

En los momentos en que Dios hace esas intervenciones radicales para alertarte de algo grave, su voz no tiene que ser precisamente audible a la percepción física, pero lo que sí es seguro es que deja un convencimiento muy profundo en el alma, sin sombra de inquietud.

La voz desde fuera

Sin embargo, esta no es la única forma en la que Dios me ha hablado. En otras ocasiones, Él ha sido contundente por medio de otra persona que usa en el momento justo para darnos una guía muy específica.

Al respecto de esto, no estoy hablando de supersticiones con disfraz de evangelismo, ni de la falsedad de que cualquiera profetice, una tendencia que tristemente ha cobrado fuerza en muchas iglesias de corte carismático principalmente. Estoy hablando de experiencias en que en un momento climático del alma, y tras un clamor profundo, uno ve respondida con gran exactitud su petición, muchas veces, sin que esa misma persona sepa que está respondiendo.

Esto me sucedió específicamente una vez, en medio de un drama profundo por una situación de violencia que estaba viviendo.

En medio de la desesperación salí a caminar por las calles sin poder contener el llanto, y desde lo interno clamaba a Dios por un milagro, una salida, un consuelo.

La respuesta llegó con una velocidad pasmosa cuando encontré una calle en que había una iglesia y entré y me quedé al fondo, tratando de ocultar mi llanto del resto de la gente, que participaban en una especie de festival, o un culto muy alegre. Minutos apenas después de llegar, recuerdo que una mujer tomó el micrófono para compartir una palabra bíblica, y eligió un pasaje de Isaías que respondía con detalle y exactitud a mi situación en ese momento.

Yo no tuve ni tiempo de dudar que era la respuesta a mi desespero. Sobre todo porque meses después, volví a escuchar el mismo pasaje en un contexto muy parecido, como confirmación de las promesas que contenía para mí.

En ese tipo de comunicación, noté que Dios había usado una voz externa, la primera que tenía a mano, porque mi alma estaba muy abatida para escuchar su espíritu desde adentro. Y porque necesitaba el impulso extra de la congregación. Fueron dos momentos de comunicación tan impactantes, al borde del escalofrío. Esos instantes en que uno recibe evidencia contundente de que Dios no solo te ha estado acompañando y escuchando, sino además de su delicadeza y amor para responderte rápidamente ante la urgencia de tu corazón.

Es un pasaje que hasta hoy atesoro, por lo especial de esa respuesta divina.

Siga con nosotros en la próxima entrega para un rastreo desde la Biblia y otras experiencias sobre este tema