Después de estas cosas, Jesús se fue al otro lado del mar de Galilea, el de Tiberíades. Y lo seguía mucha gente, porque veían las señales que hacía en los enfermos. Pero Jesús subió al monte y se sentó allí con sus discípulos. Y estaba cerca la pascua, la fiesta de los judíos. Jesús pues, alzando los ojos y observando que venía hacia Él mucha gente, dice a Felipe: ¿De dónde compraremos panes para que coman éstos? (Esto decía para probarlo, porque Él sabía lo que iba a hacer.) Le respondió Felipe: Doscientos denarios de panes no bastarían para que cada uno tome un poco. Le dice uno de sus discípulos, Andrés, hermano de Simón Pedro: Aquí está un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos pececillos, pero, ¿qué es esto para tantos? Dijo Jesús: Haced recostar a los hombres; y había mucha hierba en el lugar. Se recostaron pues los varones, en número como de cinco mil. Entonces Jesús tomó los panes, y habiendo dado gracias, los repartió a los recostados; e igualmente de los pececillos, cuanto quisieron. Y cuando se hubieron saciado, dice a sus discípulos: Recoged los trozos sobrantes para que no se pierda nada. Y de los cinco panes de cebada, recogieron y llenaron doce cestos de trozos que sobraron a los que habían comido. Juan 6:1-13

Queridos hermanos y hermanas, cada vez que pienso en esta historia, veo a dos héroes. Uno por supuesto que es Jesús, porque Él realizó uno de sus más grandes milagros sobrenaturales, pero hay otro héroe que muchas veces pasamos inadvertido, y este héroe no era uno de sus discípulos! Hablo del niño que se menciona en el versículo 9. Sin este niño, nada habría sucedido.

Este niño se fue a ver a Jesús y no leemos nada acerca de sus padres. Tal vez tenían que trabajar, no lo sabemos, pero sabemos que el niño tenía algo de comida consigo. Tenía cinco pedazos de pan y dos peces. Cuando Pedro y Juan, y todos los demás discípulos, andaban desesperadamente buscando comida para alimentar a 5000 personas, el muchacho se acercó y les ofreció su comida. ¡Ahora llego al punto! ¿Crees que ese niño era el único de los 5000 que tenían algo que comer con él? ¡No puedo creer eso! Seguramente había muchas más personas que tenían algo de comida, pero ellos fueron egoístas, arrogantes, o sencillamente no le importaba compartir la poca comida que tenían con otra persona.

¡Cuánto mejor actuó aquel niño! Uno de 5000. Pero lo que ofreció a Dios fue suficiente para alimentar a aquellas 5000 personas y que se dieran cuanta que con lo poco que tenían, puesto en las manos de Jesús era suficiente para que fueran satisfechos y que sobraran 12 cestas. Si aquel niño no hubiese dado lo poco que tenía, tal vez Jesús no hubiese realizado este milagro. Así mismo como hizo este niño, nosotros, hermanos y hermanas, somos hoy los que debemos poner todo lo que tenemos al servicio de Dios, debemos ponerlas en las manos de Jesús.

Si no actuamos de esta forma y damos lo que tenemos a Jesús, él no puede tomar el control de nuestra situación, el no va a realizar un milagroso en nuestras vidas. Jesús es un caballero que está a la puerta, tocando tu corazón pero si no le abrimos esa puerta entonces Él no entrará y cenará con nosotros. Por eso hermanos, si no predicamos el evangelio de la salvación por la sangre de Jesucristo, nadie se salvará; si no oramos y ponemos las manos sobre los enfermos, nadie será sanado; y si no damos nuestras finanzas y todo nuestro ser para el trabajo en el viña del Señor, ningún ministerio funcionará correctamente.

Dios trabaja junto con nosotros, es una relación de pareja, Él hará hasta donde nosotros le pongamos límite, vivamos nuestras vidas entregadas a Dios y seremos bendecidos en gran manera, de esta forma Él podrá multiplicar nuestro ministerio, nuestros dones, Él  podrá multiplicar nuestros panes y nuestros peces.

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