Si alguno se cree religioso entre vosotros, y no refrena su lengua, sino que engaña su corazón la religión del tal es vana. : Stg 1:26

Una cosa que debe conocer por experiencia  todo aquel que expone las escrituras con regularidad es el hecho de que el tema que propone en su predicación no siempre será recibido con el mismo interés por todos los que le escuchan. A unos le parecerá interesante, a otros no tanto, y quizás a algunos, no les interese ni siquiera un poco.

Por ejemplo, si el pastor  anuncia a su congregación que hablará sobre la soltería, quizás la mayoría de lo que ya están casados no se sientan motivados por tal tema. Si anuncia que hablará sobre matrimonio, quizás los que están solteros y ven el matrimonio como algo todavía muy distante y lejano, no muestren mucho interés. Pudiéramos poner muchísimos ejemplos más, pero creo que el punto ha sido ilustrado. Este es un fenómeno que ocurre en todo lugar y todo predicador debiera tener conciencia de ello.  

A pesar, que lo que acabamos de explicar es algo real y sucede continuamente, hay temas de carácter universal donde nadie puede excusarse y decir: “no me toca”, “en este momento estoy libre de eso”. Uno de esos temas es el tema de la lengua. No la lengua como un don, sino la lengua como ese órgano que se encuentra en el interior de nuestra boca y que en coordinación con nuestros labios y cuerdas vocales nos permite emitir sonidos y comunicarnos a la vez. Este es un tema universal; nos toca a todos.

La comunicación es una necesidad universal del ser humano, son muy pocas las cosas que el ser humano hace más que hablar. Casi en todo momento nos estamos comunicando: si vamos de viaje, si estamos de compra, si estamos trabajando, si estamos en nuestro hogar, etc., etc… Aun aquellas personas que por algún traumatismo físico no pueden hablar utilizan un lenguaje de señas para comunicarse.

¿Por qué los cristianos debemos considerar  con seriedad y honestidad el uso que le damos a nuestra lengua? Quisiera compartir contigo cuatro razones del por qué debemos hacerlo.

Nuestro hablar muestra lo que hay en nuestro corazón.

En el capítulo doce del evangelio de Mateo se nos narra una historia bastante interesante: Jesús sana a una persona ciega y muda que estaba endemoniada. Al ver esto, los fariseos ─no contentos─ empezaron a decir que Jesús hacía estos milagros en el nombre del príncipe de los demonios (Beelzebú). Ante este ataque Jesús responde con contundencia y en el versículo (35) dice algo muy significativo: “¡generación de víboras! ¿Cómo podéis hablar lo bueno siendo malos? Porque de la abundancia del corazón habla la boca”. Jesús les hace ver que sus blasfemias y ataques provenían de sus corazones negros y podridos; una cosa es consecuencia de la otra.

Nuestras palabras revelaran lo que está en nuestro corazón: aquello que en verdad nos importa y amamos será el tema común de nuestras conversaciones. Es verdad que la hipocresía es un hecho; muchas personas tratan de esconder la realidad de su corazón tras sus palabras. Pero esto no anula lo que acabamos de decir. Tarde o temprano el hipócrita mostrará fisuras que dejarán ver lo que realmente hay en su corazón.

Nuestro hablar revela la veracidad, o no, de nuestra experiencia cristiana.

En esta carta Santiago está lidiando con el formalismo religioso y la fe que se basa solo en el mero conocimiento. La fe que solo se halla en la cabeza o en el intelecto no es una fe salvadora, y esta es la tesis que Santiago intenta transmitir a lo largo de todo la carta.

Santiago golpea ─como el martillo golpea al yunque─ con fuerza la ortodoxia estéril de estos “cristianos” profesantes: “¿tú crees que por creer que Dios es uno ya eres salvo?. ¡Pues no! Estas muy equivocado. Un mero conocimiento, por sí solo, no garantiza que verdaderamente has creído. Debe haber evidencias prácticas que avalen tal creencia. Déjame decirte que los demonios también creen y tiemblan, y sin embargo, están condenados para siempre”.

Una de esas evidencias prácticas radica en el control de nuestra lengua. Nuestro texto dice que aquel que es incapaz de refrenar su lengua y piensa que su religiosidad es verdadera, a pesar de esto, está engañando porque la realidad es todo lo contrario: su religión es vana. Si somos personas que a pesar de los años de habernos “convertido” todavía somos incapaces de controlar nuestra lengua: cuando nos molestamos maltratamos y ofendemos con facilidad, continuamos mintiendo deliberadamente, murmuramos todo el tiempo, etc., estamos engañados; nuestra religión es vana.

Nuestro hablar refleja nuestro crecimiento en la piedad.

¿Cuánto he madurado en mi vida cristiana? Alguno de los indicadores que Dios nos ha dado para poder medir nuestro crecimiento en madurez, es el uso que le damos a nuestra lengua. Santiago nos dice: “Si alguno no ofende en palabra, éste es varón perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo (Stg 3:2b)”.

La palabra “perfecto” no significa libre de toda actitud pecaminosa sino más bien “madurez”. No somos perfectos. Sin duda alguna pecaremos: habrá momentos en que ofenderemos, en que mintamos, en que murmuremos. Pero si realmente le pertenecemos a Cristo estos momentos serán casos aislados, no la regla de nuestra vida cristiana. Se supone que en la medida en que pasan los días, las semanas, los meses y los años, nos conformamos, más y más, a la imagen de nuestro Señor. Por tanto, nuestro hablar es como un termómetro que nos permite medir si hemos crecido en gracia o si estamos estancados.

El gran potencial que hay en nuestro hablar

En su carta, Santiago nos dice que aunque la lengua es un miembro pequeño tiene un gran potencial. Santiago usa tres imágenes para ilustrar esto: el caballo que es detenido por un pequeño freno, el barco que es dirigido por un pequeño timón, y por último, el inmenso fuego que es producido por una pequeña chispa. Nuestro hablar tiene un potencial tremendo, tanto para bien como para mal, pero sobre todo para el mal: una relación profunda y verdadera demora años en construirse, sin embargo, se puede destruir por una palabra.

Estas tres ilustraciones tienen mucho que decirnos pero quisiera hablar de la tercera. En esta, Santiago ilustra de forma bastante gráfica el poder destructivo que tiene la lengua comparándola con una pequeña chispa que inicia un gran fuego. Seguramente, muchos de nosotros hemos visto alguna vez en algún espacio informativo la devastación provocada por un incendio de gran magnitud: miles de hectáreas de vegetación destruidas, casas, centros de trabajo, vidas humanas,  y otros tipos de consecuencias negativas.

Contextualicemos esto: no hay un pecado que afecte más la vida de la iglesia en forma aguda y punzante que la murmuración. La inmensa mayoría de los problemas que se dan en las Iglesias tienen alguna relación con la murmuración. ¿Cuántas personas han dejado de congregarse por un comentario fuera de lugar? ¿Cuántas personas se han ido de una Iglesia para otra por algo que se dijo? ¿Cuántas personas en las Iglesias están llenas de amargura y resentimiento hacia otro hermano por algo que se dijo en el pasado? ¿Cuántas situaciones han llegado a extremos dañinos por las personas no saber controlar la lengua?.¡Qué Dios nos ayude a crecer en la piedad y de esta forma  madurar en nuestro hablar¡.   

Este artículo se ha leído [hits]veces