Te sientes desgastado y robótico. Andas en la rutina diaria, y ya te sabes todos los pasos.

No significan nada.

Los haces una y otra vez porque sabes cómo, y porque todos esperan que los repitas hasta el cansancio. Y desde afuera, se ve como un verdadero éxito cumplir esa rutina. Pero dentro de ti no sientes nada.

Si te preguntaran el porqué de eso que haces tan productivamente, no estás seguro de qué decir. Probablemente soltarías una consigna repetida. Algo como: «Yo sirvo en ese ministerio desde hace tantos años», o «El Señor me dio la posibilidad de usar mis talentos en esto»… Un bla blá cortado a molde.

En algún momento tuviste la alerta de que estabas actuando por afán, para la vista de otros, sin sentido para ti o para Dios. Pero seguiste sin hacer ningún cambio, lo pospusiste para pensarlo luego, tal vez el fin de semana siguiente. Y luego nada pasó.

Llegó el lunes y volviste a hacer los pasos sin que significaran nada aún. Porque cualquier salida de esa rutina genera decepciones en gente importante, y puede que  creas que hasta a Dios. Se romperían muchas cosas que dependen de ti. Perderías éxitos conquistados. Tal vez volverías a sentirte pequeño, sin estatus. Después de todo, te costó llegar a aquí. Así que seguiste autoengañándote a que esto es lo correcto, y ahora ya ni sientes. Mucho menos recuerdas por qué empezaste en primer lugar. O lo más importante, por quién.

Pero hoy te atreviste a pedir consejo a los más confiables. Hasta los mejor intencionados te llenan de más y más presión, sin darse cuenta.

«Empieza mañana con más deseos»; «Míralo desde otro ángulo»; «Respira e imagínate en la meta»; «Esa prueba viene porque se acerca una bendición»; «Podrás vencer el obstáculo con la ayuda de Dios, búscalo»…

Esás seguro de que todas esas ideas vienen de corazones de fe y con mucho amor, pero te cuesta encontrar una voz que calme la tormenta interna. Que se atreva a aconsejarte lo más valiente: simplemente parar, ¡no hacer nada!

Es que puede sonar a no pasar la prueba, a vago. Ya te imaginas al grupito entusiasta, no le faltarán pasiones para tildarte de satánico o apartado. Así que sigues otra y otra y otra vez hasta tener los sentidos embotados y el corazón no sospeche ni de lejos ya el recuerdo de Él.

Queda aún una esperanza: que sabes que extrañas algo, pero no sabes qué.

Para de una vez.

Para…

Apaga el teléfono…

Cierra las puertas…

Respira…

Siente…

Escucha…

Recuerda…

Sintoniza…

Es un rumorcito de agua cuando al fin una voz en el Espíritu tiene el coraje de sugerirte, en este mundo de carreras, que hagas un alto para detenerte, así sin más.

Si tu servicio dejó de ser devocional y es profesional, si la Biblia, Dios, y todas las frases gastadas sobre el Evangelio no son ya más que eso, frases gastadas para ti; si dejaste de sentir la persona de Dios visceralmente, en las entrañas, más allá de las letras de su nombre… es hora de, simple y llanamente, ¡parar!

Ten el valor de romper las expectativas de esos líderes que esperan tanto de ti. Ten el coraje de decir no a los que están acostumbrados a tu productividad, ten la inteligencia espiritual de ver por encima del jefe y del pastor, por encima de la costumbre y el ritmo, por encima de la falsa sensación de normalidad, de que todo depende de ti como el mundo a los hombros de Atlas.

Para de pensar que esa máscara de éxito y respeto satisfará tu alma como lo hacía… encontrarte con Él.

Te cuento un secreto: Dios no te necesita. Y sobre todo, no valora un falso servicio, que no nace de tu corazón gozoso. !No te lo está contando! ¡No lo quiere! Es solo aire para tu ego y perdición progresiva para ti. Serías parte de ese triste grupo que termina por decir «en tu nombre hicimos…»  pero es apartado de Él, de su olor, de su manera de reir, de su manera única de estar…

Está bien, ¿sabes? No se acaba nada si lo sueltas. Si dejas ir toda esa carrera.

Has perdido el rastro de Cristo, y ya ni te acuerdas de cómo se sentía su rostro, estar junto a Él, esa tibia sensación de estar en casa cuando entrabas a estar a su lado. Recuerdas muy de lejos aquella canción que le cantabas antes de las iglesias, de la gente, de las cargas… cuando eran solo tú y Él. Nadie lo sabe más que tú. El hueco que deja. Pero contigo es suficiente.

Maranata hoy te dá un consejo diferente, y no vamos a citar Biblia para decírtelo, ni vamos a poner ejemplos de pasajes ni a nombrar profetas para demostrarlo. Nuestro consejo es simple, es sencillo, y es difícil como un torno de huesos:

!Para! Tan solo, detente. No hagas absolutamente nada.

Ten el valor de… ser improductivo. Entra allí donde no eres líder, ni pastor, ni consejero, ni !nada!

Respira. Y ahí en calma, siéntate de nuevo, cuéntate los dedos, mírate los cabellos, respira mil tres veces ante el espejo, vuelve a ser lo que realmente eres: un hijo. Un hijito desnudo entre miles de millones de galaxias y estrellas, entre miles de miles de años, entre decenas de siglos y milenios de generaciones llenas de gente, de personas, de nombres… donde tú y todo lo que haces simplemente desaparece. Mírate desde allá arriba y recuerda que solo uno permanece, y está por encima.

Y luego de vencer esa prueba, amigo, siente el rumor pausado de sus pies llegando, abriendo la puerta para venir a verte.